17 de julio de 1918: Asesinato al absolutismo

Fin del absolutismo

La familia Romanov en sus últimos minutos de vida.

Nicolás II arriba detenido, a la localidad provinciana de Ekaterinburg. Lo acompañan su esposa, la zarina y una de sus hijas, la gran duquesa María, a las que pronto se unirán los restantes miembros de la familia imperial: el zarévich Alejo y las princesas Olga, Tatiana y Anastasia. También acompañan al ex monarca varios integrantes de su antiguo séquito. Desde el norte, los abetos se contornean en una danza de viento estival. “La vida no era tan aciaga, después de todo lo vivido”, piensa Nicolás.

Los bolcheviques del sóviet local instalan al Zar y su familia en una amplia casa perteneciente al ingeniero Ipatiev. Refiriéndose a esta morada, Nicolás II, mientras su esposa lo mira con ternura complaciente, escribirá en su diario: “Es una casa  bella y bien tenida. Tenemos a nuestra disposición cuatro habitaciones grandes, un dormitorio, un baño, un salón y un comedor”.

Al mismo tiempo, cerca de la morada real,  durante todo el mes de junio de 1918 se liberan violentos combates entre los rojos y las fuerzas checas secundadas por los rusos blancos, quienes tienen la intención de rescatar al zar de su cautiverio.

El espíritu de la revolución está en marcha, pero la actividad contrarrevolucionaria no da tregua.

Y así es como el soviet de los Urales adopta la siguiente resolución:

“Es absolutamente necesario liquidar al zar, a su familia y a todos aquellos que por propia voluntad han permanecido a su servicio”.

Fue así que Belobodorov, presidente del soviet de los Urales; Jorvski, comisario militar; Voikov, comisario de abastecimientos y Ermakov, jefe de la Cheka tomaron la decisión de ejecutar a la familia cuanto antes.

Todo se cumpliría en el más absoluto secreto para que no quedasen restos mortales que pudieran ser utilizados por los blancos como “sagradas reliquias”. La ejecución se llevaría a cabo en la misma casa y los cadáveres serían luego quemados en el bosque de Koptiaki, cercano a la ciudad.

El 15 de julio los integrantes del comité celebraron un proceso final en el cual juzgaron y condenaron oficialmente a muerte al zar, su familia y sus acompañantes.

El 16 de julio es el día señalado. A la tarde, Jurovski y Volkov se dirigen a la casa de Ipatiev y determinan que la ejecución será en el subsuelo de la residencia.

Todo el mobiliario es retirado de esa habitación, con excepción de tres sillas.

En el ínterin, la guardia habitual ha sido reemplazada por un pelotón de guardias rojos letones y húngaros. Por la noche, la operación se pone en marcha. El zar y su familia, ajenos por completo al destino que los aguarda, se encuentran entregados al sueño. El pelotón de ejecución compuesto por nueve milicianos armados con fusiles Máuser y pistolas Nagan toma posiciones en el subsuelo. Hacia la medianoche, Jurovski sube las escaleras y despierta a las víctimas, comunicándoles que deben vestirse inmediatamente para ser trasladadas a otra residencia, ya que en esa corren peligro. Junto con la familia real se aprestan para lo que creen un nuevo viaje el doctor Botkin, la camarera Ana Demidova, el camarero Trupp y el cocinero Charitonov. Todos son conducidos a la sala del subsuelo con la excusa de que van a sacarles una fotografía.

El zar deposita a su pequeño hijo, todavía semidormido, en una de las sillas. El, se coloca a su lado y sobre el otro flanco se ubica el doctor Boltkin, el resto de la familia real y sus servidores se agrupan detrás, contra la pared.

Debido al fuerte bullicio de la habitación, el niño despierta y mira perplejo a su padere, quien lo abraza con ternura.

Entonces, ante la horrible sorpresa de todos, Jurovski pronuncia súbitamente la sentencia de muerte:

“Nicolás Alexandrovitch, por decisión del Soviet regional de los Urales, habéis sido condenados a muerte”.

Acto seguido, Jurovski, cortando de cuajo las palabras del zar, extrae su pistola y dispara a quemarropa apuntando a la cabeza de Nicolás II. Inmediatamente Volkov da la orden de fuego y una descarga general se abate sobre el grupo apiñado contra la pared. Todos los integrantes de la familia imperial, al igual que sus servidores, sucumben bajo las balas.

Conducidos en un camión al bosque de Koptiaki, los cadáveres fuero allí quemados y sus restos diseminados hasta no dejar vestigio alguno. Esa mañana del 17 de julio nadie lloró. Solo el aullido quejumbroso de un lobo estepario acompañó el último adiós de la familia imperial. Así, mediante la sangrienta mano de “la dictadura del proletariado” desapareció el último representante del régimen autocrático que, durante siglos, había gobernado a Rusia.

«La multitud, cuando ejerce su autoridad, es más cruel que los tiranos de Oriente». (Sócrates)

De «Historia de las Revoluciones». Cuántica S.A. Ediciones. 1973.

Dramatización literaria: Alejandro Lamaisón

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