DESPERTAR PARA SOÑAR

La ignorancia como dispositivo para manipular

EXISTE UNA NUEVA GENERACIÓN CARENTE DE VISIÓN CRÍTICA, FACILISTA, IGNORANTE Y GROTESCAMENTE MANIPULABLE

EN BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD

Según el sátiro Silenio, a medida en que aumentamos nuestros saberes se incrementa nuestra insatisfacción vital.

Precisamente, el historiador Plutarco en su escrito “Consolación a Apolonio”, cita la famosa leyenda de Sileno en donde dice: “Una vida vivida en el desconocimiento de los propios males es la menos penosa”.

Asimismo, Emile Cioran, el escritor rumano catalogado como un pesimista recalcitrante, directamente deplora la condición racional de los hombres, sugiriendo que la conciencia es la fuente de su desgracia: “Una constatación que puedo, muy a mi pesar, hacer a cada instante: solamente son felices quienes no piensan nunca, es decir, quienes no piensan más que en lo es estrictamente necesario”, escribió.

Por el contrario, hay una larga tradición filosófica en occidente que identifica felicidad con sabiduría, en la línea de Platón, Sócrates y Aristóteles, para quienes el conocimiento es una virtud.

En la “Ética a Nicómaco”, Aristóteles afirma que “el pensamiento, ausente en los animales, es la facultad del hombre más elevada y más próxima a los dioses”.

En este sentido, ambas posturas pueden ser verdaderas de acuerdo al contexto en que se las aplica, pero de ninguna manera pueden tener validez ambas en lo que respecta al progreso del ser humano en seno de la vida social y a su desarrollo individual frente a los desafíos del mundo moderno.

De esta manera, la ausencia del pensamiento reflexivo puede ser muy eficaz a la hora de compartir un divertimento con amigos, un espectáculo deportivo o una relajada noche de tinte romántico, pero resulta fatal en el momento de elegir a nuestros gobernantes.

Por este  motivo, mantener a la sociedad en la ignorancia es una de las estrategias que utilizarán siempre los políticos para manipular a las masas en el momento de votar.

RESPONSABILIDAD CIUDADANA

Cuanta más despreocupación por los problemas económicos, políticos y sociales tengan los ciudadanos, más fácil será controlar su subjetividad cuando llegue el momento de elegir a quienes los gobiernen.

Esto, sumado a la propaganda mediática, el elogio social a la liviandad y el desprecio a la profundidad conceptual origina que la tarea de ilustrarse resulte tediosa y hasta vergonzante ante una  sociedad anestesiada por el consumo.

Aquí es cuando empieza la responsabilidad del que tiene al menos un mínimo bagaje cultural, o bien una pizca de inquietud social propia de la naturaleza humana.

Es obligación del instruido no dejar en paz al que vive en la ignorancia, no sólo porque con su voto azaroso se perjudica él, sino porque directamente me perjudicará a mí y a mis seres queridos.

Tenemos la responsabilidad de convencer a nuestro entorno que se tome en serio un derecho que ha costado mucho universalizar y por ende que se tome en serio a sí mismo.

Debemos hacer entender a nuestros compañeros de la vida cotidiana a la manera de una obligación y un deber patriótico que su voto mal utilizado condenaría a toda una generación a repetir los mismos errores del pasado empeñando el presente y el futuro de toda la sociedad.

REALIDAD VERSUS UTOPÍA

El esfuerzo será faraónico, ya que  según reveló recientemente un estudio de la Universidad de Stanford, el 82% de las personas no sabe distinguir entre una noticia verdadera y una falsa, pues existe una nueva generación carente de visión crítica, facilista, ignorante y grotescamente manipulable.

Si la culpa la tuvieran las redes sociales, sería fácil cambiar el rumbo de las cosas enfrentando a las mismas. El problema es que la responsabilidad de esta inoperancia ciudadana es de nosotros mismos.

La culpa apunta al ejemplo que le estamos dando a nuestros hijos y a la apatía con que alimentamos nuestra propia estupidez.

Allá donde quiera que vamos, llevamos el celular como una prolongación de nuestro cuerpo, chateando por WhatsApp, o entrando 25 veces al día, si no es que más, a nuestras cuentas de Facebook, Instagram o Twitter para ver el número de ‘likes’ que ha recibido nuestras publicaciones.

El tiempo se nos va en cuestiones que poco le aportan a nuestro cerebro pero mucho a las empresas propietarias de las redes digitales.

A este paso, los ignorantes van en aumento, solo repitiendo conceptos creados, agachando la cabeza ante las mentiras de quienes nos gobiernan y aceptando que “así es la vida”, de que “todos los políticos son una mierda y de que no se puede hacer nada”.

Los simplotes no pueden ver que la vida que llevamos no es natural, sino cultural, que es un sistema creado para dominar y que si hubiera otro sistema, otra sería la vida.

No quieren ver los noticieros, porque no les gusta la política; pues, esa es la vida que nos está dando este sistema. Pero, el ignorante convencido por el sistema sólo ve un mundo binario, no puede barajar alternativas estructurales o alteridades, no puede creer en algo más. No tiene más utopías, sueños, pues según él, es realista.

Si nos ponemos a discutir con alguien sobre algún tema, nos va a soltar una serie de clichés en forma de frases, es decir, de creencias que se han establecido como “sentido común”, no porque hayan profundizado o analizado críticamente algo, sino porque repiten mecánicamente lo que el sistema ha creado como verdades.

UN SÓCRATES MODERNO

Será una tarea difícil intentar cambiar el formato mental de quien, convencido por las propagandas de la TV y el bombardeo constante de Facebook, Twitter o Instagram se ha adaptado a vivir en una comunidad líquida, una sociedad de comida rápida, un mundo con la felicidad del idiota al servicio del statu quo.

Esta castración de la creatividad que produce el sistema ha generado un estado de alienación generalizado poco visto en la historia de los procesos sociales, corroborado diariamente en las redes, en donde se repiten frases hechas que el poder hegemónico las ha establecido como verdades absolutas.

Paradójicamente, si la gente ya no sueña es porque está adormecida por un régimen perverso que impide que despierte para evitar que vuelva a soñar.

Por este motivo estaremos siempre, como “el tábano ateniense”, dispuestos a molestar a nuestro entorno para que salga de la zona de confort que el sistema le brinda astutamente con el fin de que al momento de votar, lo haga de manera errática y en contra de sus propios intereses y necesidades.

Sin duda seremos fastidiosos, antipáticos, aburridos, agoreros, plomazos, molestos e infumables, pero es nuestro deber y compromiso intentarlo.

Quizá todavía estamos a tiempo de luchar para que a las utopías y los sueños no las devore el espantoso relato de la realidad.

Alejandro Lamaisón

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