Así cómo Friedrich Nietzsche anuncia la muerte de Dios tras siglos de exceso de religión, Jean Baudrillard declara la muerte de la realidad tras el exceso de evidencias.

CUANDO UNA REALIDAD SE REPRODUCE HASTA EL CANSANCIO, DICHA REALIDAD DEJA DE EXISTIR

EXCESO

NINGÚN EXCESO TERMINA BIEN

Así cómo Friedrich Nietzsche anuncia la muerte de Dios tras siglos de exceso de religión, Jean Baudrillard declara la muerte de la realidad tras el exceso de evidencias.

La diferencia entre ambos es que la muerte de Dios es simbólica, mientras que la muerte de la realidad está basada en un exterminio.

¿Por qué un exterminio?

Porque en un exterminio ni siquiera quedan los cadáveres y todo desaparece.

Baudrillard dice que esta aniquilación es el crimen perfecto, dado que no se le puede imputar a nadie porque todos somos culpables del asesinato de la realidad y al mismo tiempo todos somos víctimas de la masacre.

Precisamente, somos víctimas y victimarios en su anverso y reverso, como si fuera una cinta de Moebius de causa y efecto en donde todos estamos atados al problema de la hiperrealización.

En este sentido, si la hiperrealidad es un exceso de realidad, entonces ¿Qué es la realidad?

El problema surge cuando aparece la posverdad, como una forma distorsiva de percibir la realidad en donde ya no hay manera de saber que es lo real y que es la copia o el simulacro.

Baudrillard sostiene que la realidad es un concepto o un principio, por ende, deberíamos considerar la realidad cómo un conjunto de valores ligados a dicho principio.

En consecuencia, el problema de hoy no es que haya ausencia de realidad, sino que hay una sobreexposición de la realidad.

Una cosa es la comunicación en sí, pero si le añadimos los medios de comunicación más las redes sociales, al inundar de comunicación sobre un hecho nuestra esfera perceptiva, ¿adónde queda la realidad?

Si se inunda una ciudad, lo primero que empieza a escasear es el agua. Si se inunda el mundo de verdades, lo primero que empieza a escasear es la verdad.

La hiperrealidad de Baudrillard es un concepto que describe la condición de la sociedad contemporánea, en donde dicha realidad ha sido sustituida por imágenes y simulaciones que no tienen relación con lo real.

Según Baudrillard, los medios de comunicación son los principales responsables de crear y difundir estas imágenes y simulaciones, que se presentan como más reales que la realidad misma.

De esta forma, los medios de comunicación alteran el esquema de la comunicación tradicional, que se basa en la relación entre un emisor, un mensaje, un canal y un receptor.

El esquema de la comunicación tradicional supone que el emisor tiene una intención comunicativa, que el mensaje tiene un contenido y un significado, que el canal es un medio neutro y transparente, y que el receptor es un sujeto activo y crítico. Sin embargo, en la hiperrealidad, este esquema se rompe y se invierte.

El emisor ya no es un sujeto individual o colectivo, sino un sistema impersonal y omnipresente. El mensaje ya no tiene un contenido o un significado, sino que es una pura forma o un código. El canal ya no es un medio neutro y transparente, sino que es un simulacro que produce y reproduce las imágenes y las simulaciones.

Por último, el receptor ya no es un sujeto activo y crítico, sino que es un objeto pasivo y fascinado.

EXCESO DE REALIDAD

En este esquema de la información, el exceso de comunicación o hiperrealidad se convierte en una simulación de comunicación, donde no hay intercambio de información ni de sentido, sino solamente de signos vacíos. La comunicación en la hiperrealidad no busca transmitir o compartir algo real, sino generar o consumir algo hiperreal.

En consecuencia, la comunicación en la hiperrealidad no busca crear o transformar la realidad, sino imitar o sustituir la realidad, o dicho de otra manera, la comunicación en la hiperrealidad no busca revelar o cuestionar la realidad, sino ocultar o negar la realidad.

Baudrillard critica la hiperrealidad como una forma de alienación y dominación que nos impide acceder a la verdad y a la crítica. Según él, vivimos en un mundo de ilusiones que nos manipulan y nos hacen conformarnos con una realidad falsa.

Si bien Nietzsche dice que no hay hechos, sino que hay interpretaciones, ¿cómo queda la realidad cuando sobre un hecho hay 50.000 formas de decir lo que ocurrió?

Evidentemente hay un exceso de comunicación que ha matado la realidad de este hecho.

Lo que sucede es que no hay tiempo para que las cosas reales ocurran. Todo está siendo precedido por su virtualización, porque las cosas están tan aceleradas que ya no se inscriben en una temporalidad lineal, es decir, si vemos el tiempo cómo una línea, ya las cosas no se inscriben ahí porque se van reinscribiendo de una forma tan acelerada y transversal que se produce una superposición de causas y efectos.

Antes ocurría un hecho que era una causa y eso llevaba luego a un efecto. Ahora todo se ve de manera entramada, como una urdimbre, superpuestas tanto las causas cómo los efectos, donde no se puede percibir claramente lo real.

El problema que nos está mostrando Baudrillard tiene mucho que ver con copiar la realidad, a semejanza con el mundo de Disney. Queremos hacer una copia de lo que es real y de ahí surge el tema de la inteligencia artificial, el de la robótica, y donde a estos problemas ni siquiera la verdad les puede dar una solución.

En esta sobreexposición de realidad, ya lo verdadero carece de sentido. Cuanto más avancen los sistemas políticos, económicos, educativos, filosóficos, cada vez más estarán deconstruyéndose a sí mismos, tratando de buscar para sí la perfección.

Esta búsqueda de la perfección es lo que trae aparejado una sobreexposición de la realidad, lo que JB llama hiperrealidad, en donde ocurren un montón de simulacros que son meras copias de la realidad, donde incluso ya el problema de la sociedad no es que haya un exceso de destino o de peligro, sino que hay una ausencia de destino.

En definitiva, lo que hay es una ausencia de ILUSIÓN. No es el problema que la sociedad esté entrando en un oscurantismo como en la edad media. El problema es que hay una sobreexposición de claridad. Quedamos tan cegados por la realidad, tan encandilados que no podemos ver la ilusión de lo ideal.

Al igual que Nietzsche nos hablaba de la visión dionisíaca del mundo, Baudrillard nos dice que tenemos que rescatar un mundo más ininteligible, un mundo más enigmático, o dicho de otra manera, tenemos que rescatar la metáfora, tenemos que recuperar más la ilusión del destino, tenemos que reivindicar el valor poético y enigmático del pensamiento, dado que hemos creado un mundo de exceso de positividades y de exuberancias de cosas concretas.

Precisamente, hemos perdido la fascinación por lo oculto, el hechizo por lo enigmático; incluso JB hace una crítica a Marx diciendo que, si el filósofo dijo que el proletariado sería la emancipación del mismo proletariado, paradójicamente, también sería protagonista de su autodestrucción, por el perfeccionamiento del sistema, la totalización del procedimiento y su sofisticación.

Afortunadamente aún quedan las trincheras del poeta que siempre piensa y la locura del artista que siempre sueña, para evitar a través del misterio de la duda, la implosión final de la realidad.   

Alejandro Lamaisón

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