Hombre prisionero

Encadenado y torturado

Desde el este la suave brisa marina anticipaba el calor de la mañana tropical y de las mohosas veredas y parques  brotaba una neblina tan espesa que daba la sensación de que llovía de abajo hacia arriba. Como todos los días a la misma hora nueve hombres con grilletes en sus tobillos y el torso desnudo eran escoltados por un grupo de guardianes para obligarlos a juntar los restos de basura, ramas y deshechos que los propietarios de las suntuosas viviendas dejaban al borde de la acera. Cada uno de los reclusos tenía asignado un número del uno al nueve dado que habían sido despojados de sus nombres en el momento de perder la libertad. Las gorras azules con escudos dorados, los elegantes uniformes y los rostros perfectamente rasurados de los guardianes contrastaban con la roñosa semidesnudez de los reos, que exhibían impúdicamente al sol sus espaldas cubiertas de horribles cicatrices producto del lacerante látigo de los jóvenes aspirantes que descargaban sus frustraciones de liceo sobre los reclusos. Casi todos tenían las manos libres para que pudieran trabajar con mayor eficacia, excepto el número Ocho cuyos reiterados intentos de fuga lo hacían pasible de llevar las manos esposadas y un cinturón de cuero ceñido a la cintura, atado a una larga cadena sostenida por un guardia en el otro extremo. Su espíritu indómito le había costado la pérdida del ojo derecho y fruto de los latigazos salvajes unas escoriaciones en la espalda similares a las escamas de un reptil.

A veces, durante las celebraciones religiosas, un grupo de metodistas solicitaban a las autoridades de la prisión que se les facilitara tres o cuatro reclusos para que el pueblo descargara su furia contra ellos a la manera de expiación. En este caso estaba prohibido el uso de accesorios, limitándose el castigo solamente al empleo de  puñetazos y patadas. En consecuencia, sólo Seis y Tres conservaban  algún diente sano, mientras que los demás los habían perdido hacía ya tiempo, desde los primeros años de festejos.  

Casi siempre, en las agónicas noches de dolor, mientras se frotaba las cicatrices infectadas de su cuerpo, Ocho intentaba en vano recordar su nombre, y la mayor parte del tiempo se mantenía en un sueño insomne producto de ejercer involuntariamente el pensamiento abstracto. Sabía que negarse a ser simplemente menos que un animal no  le permitiría aceptar su infausto destino,  pero los años de vejación constante borran de  la memoria todo vestigio de humanidad y finalmente se quedaba dormido.

Como en un bucle temporal, día tras día la cuadrilla de condenados repetía incesante el miserable trabajo mientras los castigos se repetían ad infinitum. Sólo rompía la monotonía ignominiosa alguna que otra intervención de los civiles que se dirigían temprano a sus empleos y que consistía en insultar o escupir a los reos y a veces hasta golpearlos con el látigo que les facilitaban los guardias. Luego daban las gracias y se marchaban silbando satisfechos dispuestos a comenzar la jornada.        

Con el paso del tiempo un hecho extraño comenzó a producirse la vida de Ocho cuyas consecuencias podrían llegar a complicarle la ya ominosa existencia si alguien se daba cuenta de la situación: las escamas de su espalda habían crecido de manera desproporcionada y una incipiente pelusa comenzaban a extenderse sobre ellas. Intentó ocultarlas inútilmente con los harapos de su celda, pues temía que alguno de los guardias o de los mismos reclusos lo descubrieran y por miedo a una enfermedad contagiosa lo eliminaran., pero al día siguiente los trapos le fueron arrancados nuevamente para castigarlo y empujarlo a la repetida vejación matutina. Afortunadamente el tiempo pasaba y nadie notaba el incremento de la mutación de las cicatrices, ya que la propia inercia de la vida aciaga de los carceleros y el abatimiento moral de los reos habían vaciado de todo tipo de perspicacia o espíritu crítico al grupo.

Una mañana, en medio de las cotidianas actividades de limpieza y el ruido de uno que otro latigazo sobre los dilapidados cuerpos, Siete y Seis comenzaron a gritar como locos mientras señalaban hacia arriba. Toda la cuadrilla quedó absorta mirando el cielo mientras un barco gigante sobrevolaba sobre sus cabezas, ensombreciendo las calles del poblado y alucinando a los pocos transeúntes que no podían creer lo que veían. La nave flotó unos minutos en semicírculo y comenzó su descenso sobre el predio de la vieja planta de gas.

La orden no demoró en llegar a los guardias. El LZ 127 Graf Zeppelin, por culpa del capricho de un grupo de acaudalados pasajeros dispuestos a la aventura, había partido desde su lugar de origen sin realizar la carga total de combustible. Dado que sus tripulantes temían no llegar a destino decidieron realizar un descenso de emergencia para abastecerse de helio, a sabiendas de que en ese poblado no se contaba con mástiles de contención para anclar la nave. Por ese motivo las autoridades inmediatamente ordenaron que los nueve reclusos que se encontraban trabajando en las calles sostuvieran el Zeppelin a mano con las cuerdas laterales de anclaje, mientras los guardias vigilarían atentamente el operativo. Cuando llegaron frente a la nave creyeron que estaban soñando. El coloso de los aires tenía casi una cuadra de largo y desde los pequeños ventanucos laterales se distinguía el movimiento nervioso de los pasajeros que se asomaban para curiosear. Las autoridades distribuyeron a los reos cada treinta metros, cuatro hombres de un lado, cuatro del otro y uno en la cola mientras sostenían con fuerza las cuerdas de amarre de la imponente nave que se balanceaba como un gigantesco cetáceo a punto de remontar vuelo. El movimiento era tan fuerte que los guardias debieron colaborar en la contención de la nave aferrándose a las múltiples sogas que colgaban desde la proa, salvo el que sostenía tensa la cadena de Ocho, pues siempre sospechaba del espíritu indómito del castigado recluso.

Una vez realizada la carga, la nave remontó vuelo rápidamente y todos soltaron las cuerdas, excepto el hombre de  la cadena en la cintura. El guardia trató de retenerlo pero  al comenzar a subir en pocos segundos tuvo que soltar la cadena y fue así como Ocho  ascendió a los aires balanceando su cuerpo de un lado a otro, pero sujetándose fuertemente a la soga de la libertad. Ninguno se atrevió a disparar ya que las balas hubiesen perforado la tela de la nave y esta se hubiera precipitado a tierra.

Desde el salón comedor, los pasajeros de Zeppelin, todos ellos vestidos con ropas de fiesta y embriagados con champán miraban horrorizados desde los ventanales panorámicos al reo colgado de la cuerda que se balanceaba peligrosamente. Algunos intentaban hacer caer al pobre infeliz, arrojándole botellas vacías y hasta parte la vajilla de cristal, pero el hombre se aferraba como salvaje a la zigzagueante soga. Trepó hasta el ventanal y al mirar a la cara a los tripulantes notó que estos retrocedían asustados como si vieran a un fantasma. Casi sin sorpresa sintió un cosquilleo en las cicatrices de su torso y vio reflejado en el ventanal que las escamas de su espalda se habían transformado en  dos gigantescas alas cuyo espeso plumaje se retorcía  por efecto del viento. En ese momento vio una bandada de aves multicolores que pasaba por debajo suyo en apacible vuelo,  miró por última vez a las personas que lo observaban perplejos y les brindó una amplia sonrisa sin dientes. Al momento de soltar la soga recordó que su nombre era Aquilón, desplegó sus alas con el regocijo de un pájaro en primavera y tras rodear en vuelo rasante el contorno del Zeppelin ascendió hacia el cielo iluminado de sol hasta perderse en la inmensidad del espacio infinito.

Alejandro Lamaisón

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *