Cuando se propagó la pandemia de Covid y de un día para el otro todos quedamos encerrados en nuestras casas, creímos que de ahí en más algo tenía que cambiar.

EL NEOLIBERALISMO HA MUTADO EN LA ULTRADERECHA "LIBERTARIA". INOCULARLO EN LA MENTE ES TAREA DE LOS MEDIOS HEGEMÓNICOS

Cuando se propagó la pandemia de Covid y de un día para el otro todos quedamos encerrados en nuestras casas, creímos que de ahí en más algo tenía que cambiar.

Así como estaba, el mundo capitalista marchaba hacia su propia destrucción.

Incluso llegamos a especular que, al verse resentida la tasa de ganancias de las empresas por las restricciones sanitarias,  las superestructuras políticas, sociales e ideológicas del planeta se desmoronarían como un castillo de naipes arrastrando con ella valores e instituciones.

Imaginamos que de existir una vacuna el mundo entero estaría a salvo y que los presidentes que pusieran todo su empeño ejecutivo a favor de la logística sanitaria serían reelegidos o elogiados por el resto de sus vidas.

Eso no sólo no sucedió, sino que potenció las cualidades más inhumanas del capitalismo, denunciadas por Naomi Klein en “La doctrina del shock”.

Los laboratorios que fabricaron las vacunas, pese a haber quintuplicado sus ganancias, no  liberaron las patentes para que los países de menores recursos pudieran tener la vacuna.

Los oficialismos de todo el mundo que enfrentaron la pandemia perdieron su imagen positiva y fueron derrotados en las elecciones presidenciales.

El neoliberalismo, causante de la destrucción de los sistemas de salud a nivel planetario, reapareció con más fuerza mutado en la ultraderecha.

Parecería que el impacto psicológico de la pandemia, al igual que el electroshock aplicado a los enfermos mentales, produjo tabula rasa en la mente de gran parte de la población mundial.

Aquí es, precisamente, el punto de inflexión donde el poder de los medios de comunicación hegemónicos utiliza su poder de generación de sentido para inocular en el imaginario social el nuevo relato.

A lo largo de la vida, nuestro cerebro recibe un cúmulo casi infinito de información, por lo tanto debe invertir recursos para administrarla y seleccionar las más adecuadas a su supervivencia.

Por lo tanto, es a través del mecanismo del relato que podemos ordenar y utilizar esa información

Este gran caudal de narrativas, para que sean asimiladas, requieren la simplificación de la información, con lo que a veces se corre el riesgo del reduccionismo y su derivación en sacar conclusiones falaces o infundadas.

A tal efecto, con el fin de simplificar y a la vez procesar rápida y eficientemente la información que recibimos, nuestro cerebro toma atajos cognitivos. Es decir, utiliza su experiencia para tomar decisiones sin que ni siquiera nos percatemos de ello.

La astucia de los medios concentrados consiste en aprovechar esos sesgos cognitivos para

manipular la visión que desarrollamos sobre un hecho en particular.

Teniendo en cuenta que los seres humanos somos por naturaleza «avaros cognitivos», lo que significa que preferimos pensar tan poco como sea posible, los medios nos proporcionan una manera rápida y fácil de procesar información.

Por lo tanto, la gente va a usar los filtros mentales mencionados anteriormente para dar sentido a los mensajes entrantes. Esto le da al remitente o creador de mensajes el enorme poder de utilizar estos esquemas para influir en la forma en que los receptores interpretan el mensaje.

Los grandes monopolios comunicacionales utilizan estos sesgos cognitivos a la manera de marco conceptual, de manera tal que nos puede llegar a convencer que un argumento es fuerte porque es creíble,  a enfocarnos solo en la información que confirma lo que se creía previamente, o bien, a preferir un resultado seguro aunque pueda ser perjudicial.

La potencia de ellos radica en que suceden tan naturalmente que demanda una enorme inversión de energía poder tomar conciencia de ellos, por lo tanto lo ignoramos.

A su vez, la verosimilitud del relato mediático muchas veces se convierte en una buena razón para pensar que es cierta y que por consiguiente el miedo, el odio o la frustración están justificados. Creemos así́ que nuestra conclusión es producto de un proceso racional, en el sentido clásico, cuando en realidad estamos justificando determinados posicionamientos.

De la misma manera, los ultraderechistas y los mal llamados “libertarios”, utilizando la falacia narrativa y el conjunto de valores que traen aparejado los sesgos cognitivos, manipulan las emociones de un electorado ávido de escuchar a alguien que les diga lo que quieren escuchar.

Las mismas falacias narrativas que usan los medios hegemónicos son las que utilizan las ultraderechas para inducir a un electorado desencantado con la política a que no sólo los voten, sino que odien toda forma de pensamiento diferente a lo que instintivamente ellos creen defender.

Si los partidos tradicionales insisten en ignoran esta situación y no logran activar la memoria colectiva y crear nuevas alternativas contrahegemónicas, terminarán favoreciendo las opciones más radicales y por ende, el triunfo definitivo del capitalismo de shock.

Alejandro Lamaisón

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