FELIZ DÍA DE LA (IN)DEPENDENCIA

9 de julio día de la (in)dependencia

Sello de la Embajada de EEUU

INDEPENDENCIAS ERAN LAS DE ANTES

Todavía rescato de mi memoria aquellos álgidos días de invierno en que éramos jóvenes y el mundo era joven, gozoso de fiestas patrias en las que orgullosos agitábamos nuestra bandera celeste y blanca para agasajar la gesta de la independencia.

Si bien el suave adagio de nuestro bello Himno Nacional aún me cierra la garganta y humedece mis ojos de patriótica emoción, no sucede ya lo mismo al ver los escenarios vacíos de desfiles marciales  y de dignatarios que me animen a la acción reverente del homenaje.

Los argentinos venimos sufriendo desde hace décadas la acción inversa de todo lo que pregonaban nuestros próceres con respecto a la independencia no sólo de nuestro pueblo sino de toda la américa del Río Bravo hacia el sur.

Lo peor de todo es que esta dependencia de nuevo cuño la padecemos, como una especie de síndrome de Estocolmo,  con nuestro propio consentimiento a través de las urnas.

Elegimos siempre en contra de nuestros propios intereses y necesidades votando gobiernos que a simple vista prometen trabajar exclusivamente para los interese de las grandes metrópolis y de las multinacionales.

La estructura de la dependencia es tan perfecta que tiene una sólida base material y económica  mediante el mecanismo de la deuda externa y una superestructura cultural e ideológica acorde a esos intereses extranjeros.

INDEPENDENCIA, DE ACÁ

La Argentina cuenta con alrededor de 70 puertos fluviales y marítimos dedicados a la actividad comercial. La mayoría de ellos son de uso privado,  propiedad de  empresas extranjeras dedicadas a exportaciones vinculadas con distintos sectores de la economía.

Hoy el 63 % de las empresas más grandes son de capital extranjero. Dentro de las 500 empresas que representan un tercio del valor agregado nacional, la participación extranjera excede el 55 por ciento. La reprimarización de la economía por acción de los últimos gobiernos neoliberales ha generado una dependencia total del monocultivo, sumado a que en las exportaciones de granos, 72 por ciento del negocio está en manos de cinco empresas de las cuales todas son extranjeras. Por otro lado, el avance del capital extranjero en plataformas exportadoras, le permite a 59 corporaciones extranjeras detentar el control  de la mitad de las exportaciones del país.

La fiesta de la (in)dependencia la festejaron sin duda aquellos que sumaron 120 mil millones de pesos durante todo el primer año de la gestión macrista como resultado de la quita de retenciones para todos los cultivos excepto la soja, para el cual se redujo en 5 puntos (de 35 % a 30 %), y de la devaluación del peso respecto del dólar.

Pero esa riqueza no quedó en nuestro país, pues la fuga de capital alcanzó su apoteosis en esos cuatro años de gobierno expoliador.

La devaluación fue también un regalo para los exportadores que ganaron en dólares y un ataque al poder de compra para los que cobran el sueldo en pesos.

Algo similar pasa con la extracción a gran escala de metales como el oro, plata, cobre, uranio que es manipulada por capitales estrictamente transnacionales y la cantidad que sale de nuestros puertos es controlada solamente mediante una simple declaración jurada.

Junto con la concentración económica, el capital extranjero dentro de las empresas líderes alcanza, ni más ni menos, casi en un 50 %. En el sector de empresas están las firmas agroalimenticias (Louis Dreyfus, Bunge, Kraft Food, Cargill, Quickfood, Nestlé, Coca-Cola, Cervecería Quilmes, Oleaginosa Moreno, etc.), de la industria química (Bayer, Dow, Dupont, Procter & Gamble, Syngenta, Solvay Indupa, Monsanto, etc.) y de la industria automotriz.

Los primeros seis meses en los que gobernó Cambiemos nombró en su gabinete la mayor cantidad de CEO’s  que representaban a compañías extranjeras de la historia de nuestro país. Fue así que implementó una batería de medidas económicas en favor de las corporaciones empresarias más concentradas, como la devaluación, la quita de retenciones, la suba de tarifas, y la de apostar a la llegada de la lluvia de dólares para inversiones productivas que jamás llegaron. Fue un Hood Robin perfecto por el cual se transfirió toda la riqueza y ahorros de los pobres a los ricos.

¡VIVA EL REY!

Este 9 de Julio de 2020, cuando miro por televisión las imágenes de centenares de personas protestando en contra de la cuarentena, del gobierno dictatorial de Alberto Fernández, de la crisis económica, de la falta de libertad de prensa mientras destruyen un móvil de C5N y la policía misteriosamente no aparece me pregunto:

¿Es el día de la independencia?

Todavía resuenan en mis oídos las palabras del ex presidente de todos los argentinos cuando, frente a la casa de Tucumán  declamó en uno de sus vanos discursos de Telepronter:

“Hoy estuvimos movilizados con los gobernadores resolviendo compromisos de futuro y tratando de pensar y sentir lo que sentirían ellos en ese momento, claramente deberían tener angustia de tomar la decisión, querido Rey, de separarse de España”.

Hoy, justamente el día de la independencia, vuelvo a escuchar esa misma voz y ese mismo discurso pusilánime, pero esta vez, cargado peligrosamente de odio y resentimiento:

“Los argentinos no podemos seguir soportando un gobierno que, con la excusa de una pandemia, avanza sobre las libertades individuales, la independencia de los poderes y de la propiedad privada”.

¿Tendremos realmente alguna vez una verdadera independencia en medio de esta colonización de la subjetividad a la que nos someten los medios de comunicación y las nuevas redes sociales publicando sólo lo que es beneficiosos para sus propios intereses?

MANUEL DE HISTORIA

“País sin historia donde todo es pura aspiración”: así define Octavio Paz a la República Argentina. En esa frase se inspiró Marco Denevi para escribir “Manuel de Historia”, crónica distópica de una Argentina colonizada cultural y económicamente por Estados Unidos. Su protagonista, un delegado norteamericano, se preguntaba por la anomalía histórica de un país que teniéndolo todo, sin guerras ni hambrunas, había cedido su soberanía sin mover un solo dedo para defenderla.

Para concluir, pregunto nuevamente ¿Podemos los argentinos festejar sin ruborizarnos el día de la independencia?

Al ritmo que van los hechos, es alarmante confirmar que, a pesar del esfuerzo de una ciudadanía que aún lucha por revalorizar y recuperar lo poco que queda de nuestra nación, la pesadilla de Marcos Denevi, ha comenzado.

Alejandro Lamaisón

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *