LA ATROFIA DE LA EXPERIENCIA

Nunca más

Entrega del informe de la CONADEP

LA ATROFIA DE LA EXPERIENCIA

EL FRAUDE NEOLIBERAL EN LA ERA DE LA COMUNICACIÓN

“Argentina, país sin historia donde todo es pura aspiración”

Octavio Paz

Resumen

Si escogemos la vida como el derecho humano fundamental sobre todas las opciones que se nos presentan, no hay discusión de que, inmediatamente después de asumir la presidencia, Raúl Alfonsín hizo lo correcto al crear la CONADEP. Indudablemente era prioritario investigar, juzgar y castigar a los responsables del proceso genocida de la última dictadura cívico- militar, sólo que los objetivos económicos, ideológicos y culturales de dichas políticas criminales gozan actualmente de absoluta impunidad. El neoliberalismo, teoría económica del Proceso de Reorganización Nacional, nunca ha sido juzgado. Intentaremos en este breve ensayo iluminar algunos de los aspectos más evidentes del sistema de apropiación neoliberal que comenzó en la década del 70 pero que en la actualidad se ha adaptado a las democracias de nuevo siglo apelando al marketing y al uso de las nuevas tecnologías. Este trabajo tiene como objetivo analizar y mostrar la otra cara de la misma moneda, la parte inconclusa del Nunca Más y la astucia inminente del capitalismo de shock para reinventarse constantemente, escamoteando el juicio de la memoria colectiva.

 

Introito

Según la percepción cotidiana, la experiencia es el conjunto de acontecimientos o circunstancias acumuladas a lo largo de la vida de una persona o grupo que por sus características trascendentales resultan dignas de destacar y guardar en la memoria.

Esta capacidad de recordar y asimilar dichas experiencias debería actuar como dispositivo de alerta para evitar repetir los mismos errores del pasado y replantearse el camino a seguir en el momento de tomar una decisión.

Sin embargo la historia demuestra todo lo contrario. A pesar de los daños irreversibles sufridos por los seres humanos tras siglos de guerras, de cambio climático producto de la polución industrial y del hambre global  generado por la voracidad insaciable del capitalismo salvaje, una y otra vez se  vuelven a repetir los mismos actos. Todas las teorías elucubradas  a lo largo de la historia para morigerar el flagelo de las inequidades propias de la naturaleza humana, paradójicamente parecerían disolverse a medida que avanzamos en la experiencia democrática de elegir a nuestros gobernantes. Rousseau sostenía que la desigualdad social y política no  es natural, que no deriva de una voluntad divina y que tampoco es una consecuencia de la desigualdad natural entre los hombres. Por el contrario, su origen es el resultado de la propiedad privada y de los abusos de aquellos que se apropian para sí de la riqueza del mundo y de los beneficios privados que derivan de esa apropiación. Con una visión más pesimista del espíritu humano, Hobbes decía que como “el hombre es el lobo del hombre” y el  individuo más fuerte explota o maltrata al más débil debería establecerse un contrato social. Este pacto otorgaría a cada individuo derechos y deberes a cambio de abandonar la libertad que posee en estado natural, para asegurar su sobrevivencia en la sociedad. Como tal, el contrato social es diseñado con la intención de establecer una autoridad, normas morales y leyes a las que estarían sometidos y deberían cumplir todos los individuos. 

Con el advenimiento de las democracias modernas las viejas consignas liberales parecerían difuminarse en la mente de los ciudadanos que, en el momento del sufragio eligen increíblemente a sus propios verdugos representados por gobernantes corruptos al servicio exclusivo de sus intereses y de los de su clase.

Las consecuencias de esta acción inconsciente quedan al descubierto inmediatamente pues los modelos económicos que se aplican son siempre los mismos: cientos de millones de personas que viven en la pobreza extrema mientras las élites más ricas reciben enormes ganancias. Según un informe de la ONG Oxfam Internacional publicado a fines de 2018, la concentración de la riqueza se acentuó a tal punto en el mundo que 26 familias de multimillonarios poseen más dinero que las 3.800 millones de personas más pobres del planeta.

¿Es entonces un acto concerniente a la estupidez humana el que nos lleva  a  reiterar lo que ya fracasó o existen fuerzas superiores que nos manipulan como títeres en el momento de discernir entre distintas opciones  a favor o en contra de nuestras necesidades?  

Hegel sostenía que los procesos históricos son una sucesión de luchas constantes de fuerzas opuestas cuyo resultado dará comienzo a un nuevo proceso en el que la síntesis del anterior dará inicio a una nueva tesis en cuyo contrario estará la esencia de la (r) evolución.

Despojándola de su caparazón idealista, el marxismo toma de la filosofía hegeliana el argumento de que la realidad y la historia son dialécticas, pero invierte el resultado de dicho proceso. Si para Hegel las ideas no son más que la consecuencia del reflejo de la realidad en el cerebro humano, para  el materialismo marxiano la realidad es objetiva y de origen material, independientemente de la conciencia. “Es el ser social el que determina la conciencia, no la conciencia la que determina al ser social”.  

La posmodernidad dio al traste con la ilusión dialéctica de un progreso constante y vaticinó en cambio la posibilidad de que la historia podía detenerse e incluso involucionar, derrumbando así la certeza de los grandes relatos iluministas y de la ilustración. Si tenemos en cuenta el desarrollo del siglo XX, con el advenimiento del nazismo, el fascismo y las sangrientas dictaduras totalitarias luego de la descolonización, no hay duda que la filosofía posmoderna es la más pragmática a pesar de su alto contenido individualista.  

En definitiva, el fin de la historia se parecería más al postcapitalismo actual que a las utopías pregonadas por los grandes filósofos del pasado.

La sociedad de masas y los medios de comunicación

Cuando en la noche de Halloween de 1938 Orson Welles emitió por la emisora RKO de Nueva York una teatralización de una invasión extraterrestre  parte de la audiencia norteamericana entró en pánico, los servicios de emergencia colapsaron y se dispuso la evacuación de numerosas poblaciones. A partir de este hecho quedó en evidencia la capacidad de los medios de comunicación para influir en la sociedad y modificar conductas. La industria cultural no sólo  generaba pingues ganancias sino que además otorgaba un poder casi imperial tanto a sus propietarios privados como a los gobiernos en la disputa por la hegemonía. Durante la mayor parte del siglo XX los mass media, a la par del estado, la iglesia y el sistema educativo fueron los principales formadores de sentido en una sociedad que migraba constantemente hacia las grandes urbes en busca de trabajo y una mejor calidad de vida. En este sentido los medios de comunicación funcionaron como el nexo entre las personas y su entorno, aglutinando las conductas y creando significantes estandarizados, tanto en  las expectativas de realización personal  como en los hábitos de consumo. La prensa, la radio, el cine y la televisión organizaban las agendas setting y decidían los temas de los que se hablaba y que otros no merecían la atención; que se mostraba y que se ocultaba.  A su vez el desarrollo de la publicidad reforzaba la tendencia al consumo masivo tanto de productos como de información. Algunas teorías veían al receptor como un sujeto pasivo susceptible de poder inocular en su cerebro maneras de comportamiento (teoría hipodérmica), otras como un canal de propaganda y de estetización de la política, principalmente durante el período de entreguerras. Este alerta sobre los efectos negativos de los mensajes mediáticos significó el estudio más importante del siglo respecto a la crítica sociológica de los medios. Orwell, alarmado por los abusos del stalinismo, imaginó una pesadilla en donde el medio de comunicación generaba el amor hipnótico de una sociedad hacia un líder (el Gran Hrermano) y el odio hacia un enemigo inventado.  

Otra teoría, llamada “de los efectos”, sostenía que las personas se dejan persuadir por los medios sólo si ellas quieren, y son éstas quienes deciden que quieren ver, cuando y como. Este modelo incorporaba la opinión pública a la estructura comunicacional, lo que implicaba la novedad de incluir al receptor en el esquema de la comunicación, destacando de esta manera la eficacia de la retroalimentación (feedback). También se comprobó que las personas, en base a la experiencia en el consumo, también eran receptores activos de la información, por lo que el positivismo sociológico no tardó en afirmar que a través de los medios de comunicación se lograrían aspectos positivos y benéficos para la sociedad, pues podrían cumplir con ciertos fines sociales que terminarían apoyando el desarrollo de toda la humanidad.

A principios de la década del 80 nacen las segmentaciones de audiencias y las mediciones del rating. El resultado fue la creación de maneras alternativas de informar y la multiplicidad de nuevos canales de comunicación. La información y el entretenimiento podía ser elegida por la gente de acuerdo a su gusto, pero la emisión del contenido se limitaba siempre a un reducido grupo de propietarios de los medios (generalmente en manos de las élites del momento). Durante este período, una corriente contestataria dio nacimiento a los medios alternativos como oposición al discurso dominante, pero siempre se mantuvieron al borde de la supervivencia por razones obvias: el pez más grande se come al más pequeño.   

A fin de siglo las grandes corporaciones y cadenas de noticias tenían el poder de manipular la totalidad de la agenda informativa, recreativa y cultural, pero surgió un nuevo medio de comunicación: anárquico, incontrolable, incensurable, contestatario y con una potencia de feed-back superior a cualquier medio conocido hasta entonces.

Ya no había posibilidad de ocultar o sesgar ningún tema, noticia o hecho que sucediera prácticamente a nivel planetario. Este milagro de la tecnología se llamó Internet.

Pero algo ocurrió.

Medios de hiper-comunicación

En el nuevo milenio la revolución digital y el desarrollo de la tecnología trajo aparejado un cambio de paradigma en materia de la cultura de masas y el desarrollo de los mass media.

Como si habitáramos la infinita biblioteca de Babel imaginada por Borges, todas las personas pudimos en poco tiempo acceder a noticias, textos, imágenes y sonidos de todo tipo sin ningún tipo de límite ni censura. Las nuevas herramientas tecnológicas y dispositivos inteligentes para los diversos consumos culturales permitieron no sólo la recepción de toda la información que hay en el mundo sino que también incentivaron la participación activa de los receptores en el cúmulo de posibilidades que otorgan los nuevos sistemas digitales.

En sus comienzos, cuando la industria cultural y los medios de comunicación intentaban posicionarse como formadores de sentido en la opinión pública, la escuela de Frankfurt estudió en profundidad los efectos nefastos de la manipulación mediática. Fue así que uno de sus representantes más lúcidos, el filósofo Walter Benjamin, anticipó los resultados apocalípticos de utilizar la tecnología como herramienta de propaganda en un mundo en que el fascismo se encontraba en pleno desarrollo. El siglo pasó y proféticamente la tecnología se adueñó de las comunicaciones, sin desechar que existe un fascismo implícito en la expansión de los multimedios.  

En este momento podría decirse que hay un uso indiscriminado de los medios de comunicación.  Todo se halla a la vista, los archivos están disponibles en cualquier momento y lugar en que se disponga de conexión. Los dispositivos de enunciación de la cultura actual no borran los archivos que quieren que no se sepan, sino que hacen obsoleta su función, propiciando una inconsistencia de la memoria que no opera, como en la censura, por borradura del soporte colectivo sino, según el filósofo Walter Benjamin, por atrofia de la experiencia. El pensador llega a ese resultado basándose en los cambios de principios del siglo XX, cuando comienza a masificarse la cultura a través de los medios de comunicación. Benjamin plantea la pérdida del aura en la reproducción técnica de la obra de arte ya que deja de existir el aquí y ahora de la misma, lo que trasladado a la política significa la destrucción del objetivo primordial por la que fue creada. La política como objeto de culto pasa a ser un consumo más de las masas. Precisamente esta atrofia progresiva de la experiencia estética tiene su paralelo en las posibilidades de la experiencia política. En la “aldea global”, la multitud,  bombardeada como homogeneidad indiferenciada por la masividad de las comunicaciones ha dado paso a una fragmentación en individualidades que, buscando refugio a ese asedio informativo, dificultan las posibilidades de representación política. Por consiguiente, los mensajes con los que se interpela a la población se tornan de una extrema ambigüedad discursiva, de manera tal que la distancia entre lo real y lo virtual resulta paralizante. Por ende, el ser humano desaparece.  Lo político pierde capacidad de ejercicio. Hablando a todos se dirige a ninguno.

¿Cómo es posible que, pese a que observamos en las redes y en los medios independientes la transferencia de recursos de los pobres hacia los ricos no reaccionamos?

¿Por qué no nos indignamos cuando el hambre mata como moscas a millones de niños mientras el planeta se destruye?

¿Cómo pudo el neoliberalismo resurgir en Argentina después del exterminio cívico- militar- eclesiástico de los 70?

La respuesta está sin duda alguna en el borramiento de la memoria como manera de estimular el inconsciente colectivo. No es casual que el macrismo haya ignorado hasta el paroxismo las fechas patrias y que durante su gobierno se haya quitado de la moneda argentina las imágenes de los próceres reemplazándolas por animales. Si se observaba con detención las oficinas públicas, casi ninguna exhibía la bandera argentina y en las currículas escolares se suprimió el llamado revisionismo histórico, herramienta fundamental para explicar las causas de la dependencia.

“Si se definen las representaciones radicadas en la mémoire involontaire, que tienden a agruparse en torno a un objeto sensible, los procesos se desarrollan ahora sin nosotros y la utopía máxima de cambiar el mundo ha cedido su lugar de privilegio a la utopía mínima de  sobrevivir”.

Se pude decir que si no hay una toma de conciencia individual difícilmente se logrará una verdadera toma de conciencia social.

Falsa conciencia

Según la concepción marxista el estado de alienación de las clases oprimidas se debe a la “falsa conciencia” que sus integrantes tienen respecto a la visión del mundo dado que las mismas se contradicen  con sus condiciones materiales de existencia. Son los mecanismos ideológicos los que ocultan al individuo cuáles son sus verdaderos intereses. En este sentido el neoliberalismo impone a través de los medios de comunicación las formas mentales de la clase dominante  (el sentido común) haciéndolas pasar como si fueran de toda la sociedad. Esta falsa conciencia se pudo observar en las elecciones  presidenciales argentinas, en la cual el cuarenta por ciento de la clase trabajadora votó por un candidato que durante cuatro años se dedicó a empobrecerlos no sólo a ellos, sino a la mayoría de los ciudadanos. Esos votantes, según la visión marxiana, carecen de conciencia de clase, ya que adoptan una visión del mundo que no concuerda con sus propias necesidades, sino con las del capitalismo financiero global.

¿Cómo se logra este estado de alienación?

Inoculando el odio.

En el inconsciente el votante sabe que un político del establishment  no mejorará su situación económica e incluso que empeorará, pero está dispuesto al sacrificio a cambio de que aquellos sujetos a los que odia la pasen peor que él. Es decir, el triunfo de los gobiernos neoliberales no garantizan una mejor calidad de vida para sus votantes, pero sí garantizan una vida peor para aquellos a quienes odian.

Empleados públicos, comerciantes, pequeños productores y hasta simples fontaneros reproducen el discurso dominante de que “se robaron un P.B.I.”, sin siquiera saber que quieren decir las siglas P.B.I. Odian a los desocupados que apenas sobreviven con un mísero plan de desempleo y a las mujeres que “se embarazan para cobrar la asignación universal por hijo” con un sadismo desproporcionado, propio del que carece de conciencia de clase. El servilismo inconsciente que genera el neoliberalismo, para lo cual cuenta con los medios concentrados de comunicación, algunos sectores del sistema judicial y los servicios de inteligencia del poder político de turno, proviene directamente de la condición de mercancía usable y desechable que el capitalismo le atribuye al ser humano. Ese odio, ese desprecio por la otredad, es el portador de una forma homogénea de pensar, de una cultura uniforme y universal en la que la reflexión deja de existir. Nuevamente entra a jugar aquí la atrofia de la experiencia explorada por Benjamin, sólo que esta vez a través del resentimiento y el rencor.

Unas de las tácticas del neoliberalismo para inocular el odio en la sociedad es apelar al sistema del chivo expiatorio. De esta manera se etiqueta a los líderes populistas de corruptos, se alimenta el racismo, la xenofobia, el machismo y el odio de clase hasta que el ciudadano ya no puede distinguir entre quién es el corrupto y quién es el decente. Se trata de dominar por medio de la violencia, la angustia y el miedo, elementos que atentan contra los lazos solidarios y alimentan la segregación. El objetivo es, sin duda, enfermar la cultura para destruir la opinión pública y finalmente colonizar la subjetividad de la sociedad civil.  Finalmente, el conflicto político termina convirtiéndose en una lucha de pobres contra pobres en la que sólo saldrá triunfante la eterna dependencia típica de los pueblos sometidos al capitalismo foráneo y a su principal representante: el FMI.

Los mass media y el odio como estrategia

A mediados del siglo XIV, la peste negra arrasó con más de un tercio de la población europea. Dicha enfermedad era transmitida por la propagación de pulgas y piojos que  transportaban las ratas y se contagiaba inmediatamente a las personas que, en su mayoría, vivían en pésimas condiciones de higiene. Las consecuencias sociales de la peste negra llegaron demasiado lejos: rápidamente se acusó a los judíos como causantes de la epidemia por medio de la intoxicación y el envenenamiento de pozos. El odio que creó la propagación de esta falsa información generó que en muchos lugares de Europa se iniciaran pogromos judíos y una extinción local de comunidades hebreas. La Iglesia había creado un enemigo a quien se le atribuían todos los males de la mortífera pandemia.

Desde hace cincuenta años, el neoliberalismo, como la peste bubónica, viene devastando cada país en el que se introduce a través de la propaganda de los medios de comunicación. Los efectos inmediatos de la enfermedad se caracterizan por una baja instantánea en la salud de la población y por el abandono de los servicios sociales. El contagio doctrinario  originado por los gurúes del monetarismo asegura que para sobrellevar la enfermedad y crear los anticuerpos necesarios para  entrar al paraíso es necesaria la caída del PBI, la destrucción del empleo y la pobreza “digna”.

Al igual que en la edad media, el mismo odio que se inoculó a la sociedad contra los judíos hoy tiene como blanco el estado de bienestar, también llamado “keinesianismo”. En colaboración con el poder judicial y los medios de comunicación se somete al escarnio público a sus dirigentes, se los encarcela y se borra de la memoria la experiencia. Finalmente, los países toman deudas siderales que jamás serán pagadas por sus gobernantes, sino por el pueblo más humilde, de manera tal que quedan sometidos de por vida a las instrucciones de la banca mundial, del FMI y de las decisiones hegemónicas de los países centrales.

Las nuevas estrategias comunicacionales tienen un fascismo implícito en cada noticia que generan, dado que siempre existe en ellas un enemigo malvado, inescrupuloso y causante de la suma de todos los males que aquejan a la sociedad. Sólo que la trayectoria y la imagen de ese supuesto enemigo llega  hasta nosotros ya decodificada de antemano, de manera tal que no nos permite pensar por nosotros mismos. Según los ingleses, en la época de la posverdad los hechos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones o las creencias personales. Es la mentira maquillada por la sociedad del espectáculo, en la medida que supone que la verdad se convierte en un elemento secundario e innecesario frente a la intencionalidad emocional. La comunicación ya no informa, sino que se expresa a través de metáforas y clichés como en una línea de montaje en la que las respuestas surgen de la boca de los gurúes liberales como confites arrojados a una masa de ciudadanos, hambrientos de respuestas que nunca llegan: “La luz al final del túnel”, “turbulencias del mercado” o “brotes verdes”. Los medios de comunicación han conquistado nuestra conciencia política, han colonizado nuestro sentido del mundo y nuestra capacidad de pensar de forma independiente de tal forma que la utilización del pensamiento concreto se hace tan difícil que terminamos eligiendo la comodidad del producto ya elaborado. En definitiva, terminamos siendo pensados por la sociedad de la información.

Aprovechándose de esta pasividad intelectual, se ha reflotado a través de la propaganda la estetización de la política. Entre la mentira y la perversión se ha puesto al hombre común como el responsable de la pobreza y la postergación social, colocando a los factores de poder fuera de escena. Por consiguiente el peronismo es malo, Lula es ladrón, bloquear a Cuba y a Venezuela es necesario y la pobreza es digna.

Es nuestra responsabilidad entender en forma urgente que para enfrentarnos al poder de las nuevas herramientas de propaganda neoliberal, primero debemos aprender cómo se usan dichas herramientas. Por tal motivo, es hora de desechar las antiguas estrategias panfletarias e intelectuales del siglo XX, que consistían  esencialmente en la propagación de textos contestatarios y el uso de un leguaje gutembergiano que ya  ha caído en desuso. Ya casi nadie lee un texto complejo. Si la computadora y la tecnología digital es hoy, según Mashall McLuhan una prolongación  del sistema nervioso central, pues usémoslo para combatir los avances de los medios hegemónicos y su estrategia de borramiento de la memoria.

“La humanidad, que antaño en Homero, era objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden”. Walter Benjamin anticipó en bella prosa el esteticismo de la política que el neoliberalismo propugna a través del aparato propagandístico dominante.  

Aquí y ahora

Muchas veces me he preguntado al mirarme al espejo si soy una persona de experiencia. Abundantes surcos alrededor de mis ojos habilitan la posibilidad de una  respuesta afirmativa aunque parcial, ya que  no sólo es el tiempo transcurrido el que nos da  el conocimiento del mundo, sino también nuestras acciones y la voluntad de  aprehender lo que el mundo nos muestra, con sus bondades y sus miserias.

Si analizamos que nos pasó en poco más de setenta años de terminada la última guerra mundial descubriríamos que la crisis del mundo nunca terminó, sino que se profundizó y que la dialéctica de la historia, lejos de culminar en la idealista síntesis de Hegel o en la materialista utopía de Marx se ha desmadrado en una transferencia constante de riqueza del proletariado hacia las clases dominantes. Lo peor de todo es que esta expoliación se realiza con el goce estético de la clase explotada y colocando al capitalismo más aberrante y depredador como una alternativa democrática. Esta falacia, esta tergiversación universal de la realidad es validada constantemente a través del fetichismo tecnológico que nos envuelve constantemente y que se manifiesta en las más oscuras reacciones humanas, tales como el odio, los prejuicios, la mentira y por supuesto, el márketing político. A modo de ejemplo:

Hasta el estallido social del octubre chileno la clase trabajadora del país del cobre ostentaba orgullosa la falsa conciencia de pertenecer a un estrato  similar al de la clase media pese a su explotación y endeudamiento de por vida. El goce de aceptar su destino bajo el imperio de una constitución heredada del golpe pinochetista era reproducido por los medios de comunicación como el país “más ordenado de sudamérica”.  

En el mismo sentido pero  por otros motivos, durante el golpe de estado de Bolivia, una carroza en la que el muñeco de un blanco pateaba el culo del muñeco de Evo Morales morocho era aclamada por miles de ciudadanos de rasgos indígenas, algunos de ellos con sus pequeños “cholitos” al hombro.

En la campaña política de Brasil, Bolsonaro se dirigió públicamente hacia una mujer afro descendiente y le manifestó en tono de burla  que  “las negras no sirven ni para ser violadas”. A la semana de este suceso arrasaba en las elecciones presidenciales gracias al voto de las mayorías populares y de raza negra.

A pesar de la experiencia nazi-fascista de la Europa de entreguerras, en los últimos años la derecha y la ultra derecha se imponen en las elecciones de la mayoría de los países del viejo mundo.

Algunos intelectuales atribuyen esta tendencia al fracaso de los populismos y a la decadencia de las izquierdas tradicionales, pero aún si así fuese ¿Cómo se explica que se vote en contra de las propias necesidades, de los propios intereses o de sí mismo como si se tratara de un suicidio en masa? ¿Estamos viviendo un paradigma masoquista en el que idolatramos las representaciones mediáticas de dioses cavernarios, en los que el placer del espíritu humano se manifiesta sólo a través del triunfo de Tánatos sobre Eros?. E aquí la sutileza de la nueva fase del capitalismo, creador de nuevos valores mediante la apropiación del sentido común  y de la vida de las personas en general. ¿Qué sucede con la democracia cuando  el libremercado concentra no solo el poder económico sino también el político y simbólico? ¿Qué sucede cuando de nada sirve la experiencia ante la evidente incompatibilidad y la creciente tensión entre el neoliberalismo y la democracia?

Todo lo que guarda la memoria colectiva y también la individual sobre los fracasos de los gobiernos liberales paradójicamente queda diluida antes tantas preguntas veladas por la sociedad de la información y  de la tecnología digital.   

¿Recordamos que vivimos un mayo francés en la década del sesenta cuyos planteamientos de libertad hizo sonrojar al sistema capitalista?

¿Cerraron de una vez por todas las heridas del proceso de exterminio cívico- militar- eclesiástico de los setenta sufrido no sólo por nuestros compatriotas, sino también por la mayoría de nuestros hermanos del cono sur?

¿Nos emocionamos en los ochenta cuando militantes europeos rompían a martillazos el vergonzante símbolo de la guerra fría, llamado “muro de Berlín”?

¿Aceptamos  en los noventa la globalización como una nueva forma de representación internacional y el comienzo de la tercera revolución industrial con el advenimiento de la computadora y la digitalización del trabajo?

¿Hasta dónde llegaremos en un siglo XXI que se nos presenta como la generación 4.0 en el que la conciencia humana puede guardarse en una nube a la espera de que un ser humano o un clon esté dispuesto a bajarla?

¿En dónde quedaron aquellas manifestaciones irrepetibles de una lejanía representada por el aura que transmitían los viejos objetos analógicos en contraposición al universo digital?

El vértigo en el que suceden los acontecimientos sin duda ha atrofiado, como anticipó Benjamin, nuestra experiencia cognitiva y estética, de tal manera que de nada vale la edad cronológica y la madurez a la que me refería al principio. El sabio que otrora predicaba el conocimiento adquirido a lo largo de su vida se ha transformado ahora en un triste analfabeto social, un ignoto sobreviviente de una revolución digital ajena a su vida cotidiana, cuyos contendientes se mezclan entre algoritmos matemáticos y fluctuaciones del mercado. 

Escamoteando la realidad 

En todas las discusiones sobre las bondades del neoliberalismo siempre se colocaba a Chile como el mejor ejemplo de estabilidad y crecimiento. Lo que no se decía es que Chile era y es el menos neoliberal de todos los países de Latinoamérica. Si tomamos como ejemplo uno de los preceptos básicos de esta doctrina económica la privatización de las empresas del estado es una de las más escuchadas. La empresa o corporación del cobre chilena, unas de las más importantes del mundo, mantiene su condición estatal desde el gobierno de Salvador Allende y aporta al tesoro chileno 1.700 millones de dólares al año. Incluso la cantidad de empresas estatales y el tamaño del estado han aumentado desde el primer gobierno de Augusto Pinochet.

En segundo lugar, Chile tiene un mercado financiero absolutamente regulado, de manera tal que es ilegal ingresar dólares para jugar en la bolsa y luego fugarlos, como sucede en la mayoría de los países suramericanos. Debido a esa regulación Chile no tuvo efecto tequila ya que casi un tercio de ese flujo financiero  foráneo tiene que permanecer por lo menos un año en su Banco Central. ¿En dónde queda la desregulación del mercado como base del neoliberalismo?

Por último, las diferencias sociales y la brecha abismal entre las cuatro familias más ricas de Chile con el resto de sus habitantes marcan una desigualdad congénita desde sus orígenes. Así, para una población total estimada de 18,6 millones de personas a fines de 2017, aquellas clases situadas en el pináculo de la pirámide social del capitalismo chileno (la burguesía, los cuadros directivos capitalistas y la clase dirigente estatal), las denominadas clases dominantes, no superan en conjunto el 1,5% de la población.

Como una repetición de la epopeya setentista que luchaba en contra del experimento de la escuela de Chicago se vislumbra hoy una represión sangrienta ante la rebelión espontánea de una Nación que finalmente recuperó su dignidad y su conciencia de clase. El final aún no está escrito.

Siguiendo con el intento de develar los mitos del libremercado, los países latinoamericanos que cumplieron a pie juntillas los preceptos neoliberales son los que actualmente están en peores condiciones dentro del escenario internacional. A continuación veremos un breve resumen de la situación:

Colombia: El objetivo principal del gobierno fue la privatización de los servicios de atención médica. Luego de 10 años de la implementación de esa medida se comprobó que los objetivos de cobertura universal y acceso equitativo a la atención médica, no sólo no se lograron sino que hubo un aumento descomunal en los costos y en los gastos públicos de salud. En consecuencia, más del 40 por ciento de la población quedó sin acceso a la salud y sin cobertura. En educación los resultados fueron tan desacertados en su aplicación como en la sustentabilidad de un modelo ajeno a las características propias de la economía colombiana. Finalmente, el plan de desarrollo de Duque hizo desaparecer la industria nacional, produjo la desaceleración del sector agropecuario y una reprimarización de la economía en base a la exportación del carbón y el petróleo.

Ecuador: Las políticas neoliberales en Ecuador se pueden explicar en un conjunto de medidas económicas de emergencia favorables a las corporaciones y la ejecución de privatizaciones a gran escala, con profundos recortes en el gasto social. Después de 25 años de una etapa neoliberal, se llegó a revelar la necesidad de materializar un modelo alternativo ante el inminente fracaso de estas políticas. Lamentablemente duró muy poco debido a la traición de Lenin Moreno a Correa y al pueblo ecuatoriano que lo votó.

Brasil: Al terminar su mandato Lula, la deuda pública bruta de Brasil era de 430.210 millones de dólares, equivalente al 76,7 por ciento del PBI y en ritmo ascendente. Con el gobierno de Bolsonaro, en 2020, según el FMI será de 90 por ciento y en 2022 superará el cien por ciento. La solución ya está programada por las nuevas autoridades, los fazendeiros (dueños de la tierra) y las grandes corporaciones locales: Se logrará mediante la venta de activos estatales y un abrupto recorte en los gastos públicos, con su efecto arrasador en la calidad de vida de la clase trabajadora y el dramático aumento de la pobreza.

Perú: Al igual que la Argentina de 2001, el pueblo tiene la consigna antipolítica de “¡Que se vayan todos!” por la desidia de la clase política que encabeza el presidente Martín Vizcarra. La flexibilización laboral y la reducción del estado como eje primario del modelo fue la acción inicial de la gestión, dejando a miles de jóvenes en situación casi de esclavitud. La crisis peruana es producto de la repetición constante del modelo neoliberal y el nuevo presidente Martín Vizcarra con su variopinto gabinete, no sacarán a Perú de la crisis estructural en que está sumergido si continúa cumpliendo a rajatabla las consignas monetaristas.  

Argentina

Todos sabemos que en la Argentina, como en cualquier otro país del mundo no hay hambre, sino hambreados, que no hay pobres, sino empobrecidos y que no hay vulnerabilidad social, sino vulnerados, pero ha sido el gobierno de Mauricio Macri el que se ha encargado en cuatro años de desarrollar de manera eficaz un proyecto de miseria planificada de manera tal que el deterioro de las condiciones de vida ya no afecta solamente a la estructura material de la sociedad, sino también a la superestructura política, jurídica y cultural. La naturalización de la injusticia y el ocultamiento de la responsabilidad política de esta hecatombe por el poder mediático ha logrado que los argentinos perdiéramos la capacidad de recordar que desde 1976 hasta la actualidad absolutamente todos los gobiernos llámense liberales, de derecha, neoliberales o  privatizadores anti estado siempre aplicaron políticas aniquiladoras de los derechos sociales, de las industrias nacionales y en definitiva de la soberanía nacional. La post verdad ha logrado que esta aberración humana, cuya ideología produjo en Argentina 30.000 desaparecidos (entre ellos al periodista Rodolfo Walsh), cientos de exiliados y la destrucción del  tejido social de una generación, como una broma grotesca de la memoria, regresara en diciembre de 2015 a pedido de la mayoría del pueblo argentino. ¿Qué pasó?

¿Hubo una infección contagiosa de amnesia generalizada o fueron los medios de comunicación quienes reflotaron un antiguo artilugio que en el siglo pasado se expresaba en las paredes con la leyenda “viva el cáncer” y que hoy se manifiesta entre los argentinos por el odio a aquella clase popular que ha logrado ejercer muchos de los derechos retaceados por los sucesivos gobiernos liberales? Lo que sucedió en realidad es que, ante la demanda de un electorado totalmente influenciable por la problemática situación económica que se estaba viviendo, la perversa alianza Cambiemos, en colaboración con la justicia- medios de comunicación tuvo que buscar inmediatamente un culpable a quien atribuirle todos los males que padecía la clase trabajadora y de los que vendrían a futuro. A partir de ahí la maquinaria mediática no paró de inocular en el imaginario social toda una serie de representaciones delictivas atribuibles a la administración Kirchnerista y a todo atisbo de gobierno progresista que se aplicara aquí o en cualquier país del cono sur.

“Una hormiga por bronca contra la cucaracha votó a favor del insecticida. Todos murieron. Hasta el grillo que se abstuvo de votar”, reza una fábula brasilera pero que resulta aplicable también a nuestro país. Precisamente, el odio a Cristina expresado por gran parte de la población consistió en que el aparato comunicacional de propaganda macrista logró exacerbar la anomia colectiva, tan típica de los tiempos que corren, de manera tal que no nos permitió determinar en qué lugar de la pirámide social estábamos ubicados y en consecuencia perdimos todo tipo de empatía con el otro. ¿Somos clase media porque fuimos a conocer el Machu Picchu o en realidad pudimos acceder a un viaje clase turista gracias al aumento salarial logrado por las paritarias que existían en el gobierno anterior a Macri? ¿Puedo acceder a una jubilación porque siempre fue así o hubo un movimiento político llamado justicialismo que la puso en vigencia y al cual defenestramos por su masividad y popularidad? Criticamos a los piqueteros porque cortan las calles y nos impide llegar a la tranquilidad de un trabajo seguro y acogedor, pero no nos damos cuenta que, al ritmo que van las cosas en cualquier momento lo perderíamos si dichos piqueteros no se movilizaran en contra de los despidos masivos.

¡Quién hubiera pensado que aquella “marea negra”, llamada así por el desprecio de las clases medias que en el 45 invadió las calles de Buenos Aires para vivar al líder político que las sacó del lodo de la historia, que las hizo visibles como clase trabajadora y les otorgó todos los derechos inherentes a la dignidad humana, a comienzos del siglo siguiente terminaría votando a sus propios verdugos!

Sólo pensar que la mayoría de los argentinos los votó hiela la sangre de aquellas madres y abuelas del pañuelo blanco, mientras observan atónitas la caída de un proyecto de dignidad histórica que nació con el brillo incandescente de la democracia de 1983 y que como ellas, poco a poco envejece y se apaga, como estrellas en su etapa final.

Si algo nos queda a los argentinos, aunque un poco alicaída, es la capacidad de pensar y sobreponernos a la falsa conciencia en la que estamos insertos y que, según palabras del Papa, solamente es alimentada por la putrefacción de los medios de comunicación, campeones de la difamación y la coprofilia. Son estos mismos medios los que con su ejército de periodistas mercenarios no vieron que “en el 2016 la fuga de capitales fue de 9.951 millones de dólares, que al año siguiente creció a 22.148 millones y que en el 2018 llegó a 23.098 millones. En definitiva, toda la población argentina del presente más dos o tres generaciones futuras terminarán subsidiando a un grupo de especuladores con casa y comida en los paraísos fiscales y/o cuentas secretas en el exterior”.

Pese al despojo constante de los gobiernos entreguistas y neoliberales, nuestro país y sus habitantes continúan siendo potencialmente una barrera de resistencia al incierto flujo de capitales y a los erráticos vaivenes del mercado. Argentina continúa sentada en el banco de los suplentes forzada por las circunstancias de una mala administración, pero tiene toda la capacidad de jugar y ser ganadora en cualquier competencia internacional dado que, aún no se ha logrado destruir del todo las fuerzas productivas e intelectuales, pero debe ser enseguida, a corto plazo,  pues “en el largo plazo estaremos todos muertos”.

El macrismo: Etapa aberrante del neoliberalismo

A pesar de que el neoliberalismo es una ideología de derecha cuyos valores exaltan el egoísmo y la desigualdad a la vez que rechazan la solidaridad y la justicia social, es una teoría fundamental en la historia del pensamiento económico del siglo XX. No en vano en 1976  su máximo exponente, el norteamericano Milton Friedman, ganó el premio Nobel de Economía por sus resultados en los “campos de análisis del consumo, teoría monetaria y demostración de la complejidad de la política de estabilización”.

Cuando apreció en la esfera política Macri, el establishment confió en que una nueva derecha sin intermediarios, con un discurso que se movía dentro de los límites de la democracia, con una impronta novedosa y segura de sí misma, sería la depositaria de sus permanentes aspiraciones de clase. Protagonizada por dueños de empresas y garantizando a rajatabla la libertad de mercado logró el apoyo masivo del poder real. Multimedios secundados por una banda de periodistas sin ética, el uso de los servicios de inteligencia para extorsionar y una justicia manejada por jueces adictos sostuvieron los desaguisados de la alianza Cambiemos hasta que ya no se pudo más tapar el sol con las manos.       

Aún no se sabe si el macrismo fue un grupo de idiotas, analfabetos en cuestiones de estado o una asociación ilícita de CEOS que se unieron para saquear la República Argentina. En lo que sí hay certeza absoluta es que el FMI, por primera vez en la historia del mundo, prestó al gobierno de Macri la suma más descomunal desde que se fundó en 1945: cuarenta y seis mil millones de dólares (de los cuales U$S 5.400 millones en stand by fueron rechazados por el nuevo gobierno de Alberto Fernández) en apenas tres años de gestión y violando la mayor parte de su propio estatuto. Este préstamo monstruoso e inédito, así como entró por una puerta se fugó por la otra. El gobierno no hizo absolutamente nada, la actividad económica cayó a los lugares más bajos del planeta y los argentinos quedamos de un día para el otro debiéndole al FMI el 97,7 % del producto bruto interno. Como corolario, el último informe del FMI señaló: “rever desembolso del  préstamo por inflación decepcionante, mayor dolarización y salida de capitales y la necesidad de mayor ajuste por la caída de ingresos fiscales”.

En menos de cuatro años, Mauricio Macri generó las mismas cifras negativas que “la suma de la cosecha amarga Menem-Alianza en poco más de diez”.

La reprimarización de la economía, la timba financiera y el industricidio de empresas a valor de remate fue el corolario de esta “aventura neoliberal”. En este caso la acción no fue hecha al azar, sino que fue un plan metódicamente llevado a cabo por los grandes poderes concentrados en complicidad con los medios de comunicación.

Rufianes o inoperantes, jamás se vio en la historia contemporánea la incongruencia casi surrealista de que un gobierno defaulteara su propia deuda y que el endeudamiento más colosal de la historia terminara financiando apenas una aciaga y deshonrosa “emergencia alimentaria”.  

Una nueva religión

Ya en 1921, Walter Benjamin realizó algunos escritos (recuperados póstumamente) en los que analizaba la mutación del capitalismo no sólo como un desprendimiento de la secularización de la fe protestante de Max Weber, sino como una nueva religión propiamente dicha.

En tal sentido, la aseveración de Benjamín se basa en tres criterios fundamentales:

1) El capitalismo es una religión sin dogma ni teología cuyo Dios es el dinero. La banca será entonces la nueva Iglesia que gestionará ese dinero como nuevo objeto de fe. Ya no hay necesidad de un relato bíblico ni de una historia de vida de los profetas, pues sólo el ceremonial divino de la producción, el consumo y el utilitarismo será el camino que nos conduzca a la salvación.

2) El capitalismo es un culto permanente. Hay que producir todos los días y a toda hora, porque de lo contrario, su falso sustento y su incapacidad de salvar al hombre quedaría expuesta. Todos los días son de fiesta sagrada, de celebración incondicional de aquello que se venera.  No existe en él ningún “día común”, ningún día que no sea día de fiesta en el terrible sentido del despliegue de la pompa sacra, de la tensión extrema del adorador.

3) El capitalismo es una religión de la culpa eterna. Siempre se está en deuda y la expiación nunca llega. En consecuencia todos los pobres son culpables de su propia pobreza, lo que justifica de manera indefinida el sufrimiento universal. Esta terrible conciencia de culpa/deuda echa mano del culto no para expiar la culpa, sino para hacerla universal, para grabarla en nuestra conciencia e inmiscuir al mismo Dios en esa culpa como manera de lograr la redención.

Estos tres dogmas establecen una visión del mundo en el que la acumulación de dinero es la meta. Por eso requiere el sacrificio continuo para lograr alcanzar el paraíso en cuyo centro habita el mercado, quien con su mano invisible derramará de su copa el bienestar general. Como en toda religión, el capitalismo intentará explicar el origen de los problemas que hacen que la sociedad nunca pueda disfrutar de los placeres que promete esta doctrina. Uno de los justificativos más comunes es el pecado de caer en la pretensión de querer corregir o redirigir el mercado para superar los problemas sociales. Ayudar al más débil es distorsionar la ley universal de supervivencia del más fuerte. Nuevamente la culpa. El buen Dios mercado impone recortes en gastos sociales y elimina a los pobres para que el progreso social no se detenga. En definitiva, los sacrificios no dan sus frutos porque siempre un pecador interviene con políticas keinesianas que arruinan la perfecta armonía del mercado.  Serán los medios de comunicación con su séquito de gurúes parlanchines los que pondrán en caja estas distorsiones de la armonía monetarista como un depravado círculo vicioso en el que se reafirmará nuevamente la fe en el mercado y en el valor redentor del sacrificio humano Esta teología del sacrificio, según Benjamin, convalida la culpa -sufrimiento arraigada en la conciencia social de occidente desde sus orígenes, ya sea católico o protestante.  

La sombría perennidad del capitalismo

Cuando en 1929 el capitalismo sufre su primera crisis de superproducción y el paro comienza a manifestarse en los países más industrializados, el gobierno de Estados Unidos apela por primera vez a las teorías de John Maynard Keynes, las cuales refutaban la ortodoxia de la escuela clásica inglesa. En plena depresión, se autorizó al Estado a intervenir, controlar y redirigir la economía a través de una innovadora política fiscal que decidiría a partir de ese momento en que área aplicar el gasto estatal. La justificación económica para actuar de esta manera partía, sobre todo, del efecto multiplicador que, según Keynes, se produciría ante un incremento en la demanda.

Las virtudes de esta nueva política económica resignificó al capitalismo transformándolo en una alternativa un poco más humana y con resultados sumamente positivos, tanto en el aumento de la calidad de vida de las personas como en  la actividad productiva y económica. Este logro sirvió como estandarte de las nuevas democracias de entreguerras para hacer frente al modelo marxista soviético que se estaba imponiendo en la mayoría de los países de Europa del este, Asia, África y hasta en la pequeña isla de Cuba.

Durante ese período, el capitalismo clásico había mantenido un  largo  período de hibernación, pero no de muerte.

A comienzos de la década del setenta, este impulso intervencionista que había sorteado una de las guerras más devastadoras de la historia y participaba aún de otra guerra subrepticia pero real –la guerra fría- comenzó a hacer agua. Frente a la imposibilidad de los Estados de hacer frente a la caída de la tasa de ganancia y a la acumulación excesiva de capital, más una dependencia  cada vez mayor de los mercados internacionales, la crisis empezó a hacerse notar de a poco.  Con el desproporcionado aumento del gasto público sin compensación con los ingresos fiscales las deudas externas se incrementaron hasta hacerse impagables y la recesión arrastró a la mayoría de los estados de occidente. La crisis del petróleo, motivada por una colosal suba del crudo, produjo el golpe de gracia para que el estado de bienestar se tambaleara y despertara de su letargo esa religión dormida que ahora aparecería con otro nombre pero con el mismo poder de convicción, a saber: El neoliberalismo.

Al principio, como un vampiro que renace de sus cenizas, necesitó adquirir fuerza alimentándose con la sangre del pueblo sudamericano utilizando a las dictaduras setentistas como arma de caza, pero luego, con el apoyo de Ronald Reagan en Norteamérica  y Margaret Tatcher en Europa esta religión neoliberal adquirió un impulso monumental, comparable al desarrollo paralelo de uno de sus principales secuaces: los medios de comunicación.

Un nuevo paradigma

A partir de 1973 los sangrientos experimentos económicos ejecutados en américa latina por los gobiernos militares al servicio del Plan Cóndor produjeron un shock institucional de tal magnitud que prácticamente se destruyó la totalidad del tejido social. Aprovechándose de la perplejidad de un pueblo vulnerado por la represión militar, la escuela de Chicago, representada en ese momento por Miton Friedman, impuso en todo el cono sur la teoría del achicamiento del estado a su mínima expresión dejando a merced del mercado todas las responsabilidades políticas, sociales y económicas atribuibles al Estado de Bienestar. Los resultados fueron devastadores no sólo en la pérdida de vidas humanas, similares a una guerra, sino también en lo que respecta a la profundización de la dependencia económica de la periferia  hacia los países centrales, FMI incluido.

Al finalizar el siglo XX el rechazo social a las dictaduras era mayoritario y las nuevas democracias latinoamericanas coqueteaban entre las políticas de un estado protector pero deficitario e hipertrofiado o un liberalismo exiguo pero entreguista y adicto a la financiación externa.

Cuando a comienzos del siglo XXI la crisis de Estados Unidos arrastra a Portugal, Irlanda, España, Italia y Grecia, los mal llamados “populismos” se proponen luchar contra este flagelo a través de la unión de los pueblos, teniendo como protagonistas a Kirchner, Lula, Chávez y Evo Morales. Durante más de diez años estos gobiernos pagan las deudas, sanean las cuentas de sus respectivos países y se proyectan como una barrera en cada elección a cualquier intento de introducir políticas en contra de las necesidades del pueblo.

El neoliberalismo parecía derrotado, pero no fue así. Aplicando las nuevas tecnologías al marketing político y corrompiendo los poderes de las naciones (incluido el cuarto poder), logra introducirse en las campañas políticas. Apelando a la psicología del odio y a la meritocracia logra ganar en elecciones democráticas  en todo el continente sur y en varios países europeos en los que la derecha xenófoba comienza a propagarse como una enfermedad incurable.

Como una nueva religión de pastores electrónicos sus campañas penetran en todos los hogares y en la vida íntima de cada uno de sus habitantes.  Herramientas digitales de última generación, como el uso de las grandes bases de datos (Big Data) y el microtargeting son utilizados de manera indiscriminada hasta anular la capacidad de discernimiento de las personas por saturación de los mensajes. Trolls, bots y  redes como Twitter. Facebook e Instagram son el vehículo para posicionarse o bien para difamar al oponente a través de las Fake News.

Habiéndose adaptado a la generación 4.0, podríamos afirmar sin lugar a dudas que el neoliberalismo nuevamente goza de buena salud.

Desencanto y nuevas promesas.

 Actualmente,  aún a sabiendas de que sus políticas van en contra de los interese y las necesidades de las mayorías populares en muchos países el neoliberalismo vuelve a ser elegido por los votantes sin medir las consecuencias. Como  una especie de síndrome de Estocolmo o una perversión exacerbada de la posmodernidad, es preferible entregar todo el esfuerzo de una vida a un grupo de empresarios ávidos de riqueza que a ilusionarse con falsas promesas. Hay un desencanto generalizado. Ya nadie espera que el proletariado tome el poder ni que la riqueza se derrame de la copa de los magnates. ¿Qué es entonces lo que cambió?

En primer lugar el neoliberalismo ya no debería verse en su esencia Friedmaniana en la que lo público se reduce a la mínima expresión, sino como la desaparición del espacio entre lo público y lo privado, de manera tal que las personas, los votantes ya no somos la fuerza de trabajo que requiere el capitalismo para la fabricación de mercancía, sino que somos la mercancía propiamente dicha. El imaginario social de crecimiento personal que crea el neoliberalismo con respecto al sujeto cuya autovaloración se le presenta de manera ilimitada, nunca fue ni será logrado por las izquierdas ni los vilipendiados populismos. ¿Qué sentido tiene salir a criticar las aberraciones del capitalismo si cualquier candidato con un buen coach y una plataforma mediática amigable puede convencer a más de la mitad de los votantes que puede disfrutar del placer de aumentar su valor personal a medida que se esfuerce por rendir cada vez más, aun perdiendo todos sus derechos básicos. El sujeto anhela aumentar su valor como si él mismo fuera una empresa, para identificarse con aquel que «lo logró» y en caso de fracasar se sentirá culpable y responsable por su propia incapacidad.

Los resultados están a la vista y “la única verdad es la realidad”. La destrucción es incalculable. Incluso si volviera el estado de bienestar el daño que estas políticas han hecho a las economías regionales de cada país es tan colosal que llevaría más de dos décadas reponerse en forma parcial.

Pero como toda religión el neoliberalismo se sustenta en la promesa de que con fe y sacrificio en el futuro todos tenderemos nuestra recompensa. No en esta vida, claro está.

Donde hay poder hay resistencia

Si  tomamos como premisa que el neoliberalismo es una cosmovisión del mundo, una doctrina eficaz y ejecutiva  a la hora de organizar sus políticas de shock, no debemos caer en la trampa pueril de creer que puede derrotársele fácilmente. La lucha contra esta corriente económica y (anti)social solamente se podrá lograr aprendiendo de ella, conociendo su estructura de pensamiento y su innovadora capacidad de utilizar las nuevas tecnologías y los medios de comunicación, a sabiendas de que estos últimos nunca fueron ni serán objetivos.

En este sentido, relativizando los grandes discursos ideológicos, un modelo alternativo debería surgir en los hechos de la experiencia cotidiana del sujeto como consumidor de información pero, a su vez, emisor activo de la misma. Si tenemos en cuenta que los medios “importantes” son en definitiva un sistema de obediencia, lo interesante estaría entonces en seguir una agenda propia para que toda la sociedad logre forjar en su imaginario la tan mentada independencia de criterio.

Precisamente se estaría apostando a  formas alternativas de generación de sentido o de gestión social por fuera del circuito del poder real. Esta postura ideológica permitiría desde la propia sociedad organizada desarrollar la capacidad para elaborar de forma colectiva y autónoma, proyectos concretos, en territorios concretos que solucionen problemas concretos. En definitiva, una tentativa de modificar pequeñas cosas  que dan cuenta de una dinámica alternativa al neoliberalismo y que, además, tienen el enorme poder de persuasión de lo fáctico. Creemos que el potencial de la articulación de estas prácticas con el impulso del estado podría finalmente desarrollar una transformación estructural, con criterios de justicia y equidad, del sistema social.

“Frente al algoritmo y el cálculo digitalizado, proponemos la sorpresa y el festejo en la calle”, fueron las palabras de “Sudor Marica” cuando irrumpieron en una manifestación a la manera del flashmob con el cántico alegre  de la cumbia y una coreografía perfectamente estudiada. Este novedoso método contra hegemónico de intervenir el espacio público ha puesto de manifiesto que la resistencia a un modelo que genera no sólo malestar en la cultura, sino en todos los ámbitos del tejido social, ha comenzado. 

¿Es la justicia social una utopía?

Es común escuchar a los iluminados profetas de estabilishmen despotricar constantemente contra el estado de bienestar asegurando que el mismo anula las posibilidades de ascenso social a través del mérito y del esfuerzo propio, estimulando la vagancia y la dependencia estatal. Esta falacia, como casi toda la estructura teórica en la que se sostiene el neoliberalismo, se cae a pedazos con sólo tomar como referencia el gobierno de Macri cuya gestión dejó 16 millones de pobres y un Estado en bancarrota. Existe ineluctablemente sólo una manera de evaluar si una política fue buena o mala: Una economía saneada en el marco de una justicia social.

Según el sociólogo Francois Dubet la justicia social se compone de dos elementos fundamentales: la igualdad de oportunidades y la igualdad de posiciones. Ambas tienden a reducir las desigualdades sociales o al menos volverlas aceptables. La igualdad de oportunidades tendría que ver más con la eliminación de las discriminaciones de todo tipo, mientras que la igualdad de posiciones con acercar medianamente los salarios mínimos a los más altos y emparejar el acceso a la salud, educación, recreación, etc. de las clases altas con las más bajas.  

Dubet dice que “la igualdad de posiciones busca ajustar la estructura de las posiciones sociales sin poner el acento en la circulación de los individuos entre los diversos puestos desiguales”. En este caso, la movilidad social es una consecuencia indirecta de la relativa igualdad social. En pocas palabras, no se trata tanto de prometer a los hijos de la clase trabajadora que tendrán tantas oportunidades de llegar a ser ejecutivos como las que tienen los hijos de estos últimos, como de reducir la brecha en las condiciones de vida y de trabajo entre los obreros y los ejecutivos. No se trata tanto de permitirles a las mujeres que ocupen los empleos hoy reservados a los hombres, como de hacer que los empleos que ocupan tanto las mujeres como los hombres sean tan iguales como sea posible. La igualdad de posiciones tiende a reducir las desigualdades con el acceso a la seguridad social de las clases más bajas para enfrentar las crisis cíclicas gracias a la redistribución de las riquezas mediante retenciones sociales y un impuesto progresivo sobre la renta y al desarrollo de los servicios públicos a cargo del Estado. Es en primer lugar en el terreno de las condiciones de trabajo y de los salarios donde se constituyen y se reducen las desigualdades sociales. El ejemplo argentino del primer peronismo demostró la efectividad de estas políticas inclusivas, logrando una distancia considerable con otros países con mayor desigualdad. Hay que destacar también que el modelo de justicia social construyó una representación de la sociedad en términos de clases sociales y de focalización de la lucha contra las desigualdades en la esfera del trabajo. En este sentido es destacable la labor de los sindicatos en los conflictos por la equiparación de los salarios y en la lucha por una justa distribución de la riqueza.   Más allá de eso, la igualdad de posiciones construye “un contrato social expandido y una solidaridad esencialmente «ciega» a las «deudas», a los «créditos» y a las responsabilidades de cada individuo”.

La otra manera de concebir la justicia social es la igualdad de oportunidades, o sea la posibilidad para todos de ocupar cualquier posición en función de un principio meritocrático. Aspira menos a reducir las desigualdades de las posiciones sociales que a luchar contra las discriminaciones que obstaculizan la realización del mérito, permitiéndole a cada cual acceder a posiciones desiguales como resultado de una competencia equitativa en la que individuos iguales se enfrentan para ocupar puestos sociales jerarquizados. En este caso, las desigualdades son justas, ya que todos los puestos están abiertos a todos. El que fracasa en el intento de superación es porque no se esforzó lo suficiente. Todo se distribuye de acuerdo a los méritos del individuo (meritocracia). Es como si dijéramos que como Maradona en base al mérito llegó a la cúspide, cualquiera que se esfuece puede lograrlo, pero queda en claro que aunque existan veinte Maradonas la brecha entre ricos y pobres seguirá existiendo, pues no se realiza un reparto equitativo de la riqueza. El contrato social «ciego» es sustituido por contratos más individualizados, que comprometen la responsabilidad de cada individuo y lo llevan a hacer valer su mérito para optimizar sus oportunidades. Si triunfa, mejor; si fracasa, peor para él.

Dubet defiende la igualdad de posiciones por sobre la igualdad de oportunidades ya que la igualdad, al acotar las distancias de la estructura social, es «buena» para los individuos y para su autonomía; aumenta la confianza y la cohesión social en la medida en que los actores no se empeñan en una competencia constante, tanto para lograr el éxito social como para exponer su estatus de víctima para beneficiarse de una política específica. La igualdad de posiciones, aunque siempre relativa, crea un sistema de deudas y de derechos que lleva a resaltar lo que tenemos en común entre las personas más que lo que nos distingue y, en ese sentido, refuerza la solidaridad. La igualdad de posiciones no aspira a la comunidad perfecta del utópico comunismo, sino que busca la calidad de la vida social y, por esa vía, la de la autonomía personal, ya que al no encontrarnos amenazados por desigualdades sociales demasiado grandes tenemos más libertad de acción. En ese sentido, no contradice la filosofía política liberal, aunque lleva a regular y limitar el libre juego del liberalismo económico y sus consecuencias humillantes para las clases bajas. Resumiendo, la mayor igualdad posible es buena «en sí misma» en la medida en que no ponga en peligro la autonomía de los individuos y, más aún, es deseable porque refuerza esa autonomía.

El segundo argumento a favor de la igualdad de posiciones se basa en que permite aplicar la igualdad de oportunidades, es decir el ascenso social a través del esfuerzo personal ya que las distancias entre los puestos son más reducidas. “A pesar de la sabiduría de lo que Rawls llama el «principio de diferencia», que requiere que la igualdad de posiciones no lleve a un deterioro de la condición de los menos favorecidos, es fácil constatar que, en todas partes, las desigualdades se profundizaron más en los países donde prevalece el modelo de las oportunidades que en los países donde prevalece el modelo de las posiciones”. El ejemplo típico es Estados Unidos e Inglaterra, casualmente la cuna del neoliberalismo.

En definitiva, los gobiernos que promuevan la igualdad de posiciones edificarán una sociedad más libre de actuar ya que los sujetos no se verán amenazados por desigualdades sociales demasiado grandes que le impidan su desarrollo individual y colectivo.  

Las ruinas circulares

El neoliberalismo sueña un mundo ideal en donde los sentimientos se cotizan según la oferta o la demanda. Un no- lugar en el que las personas no existen sino que hay sólo referentes matemáticos que deambulan hacia un destino incierto de eterno presente, con sus equipajes abarrotados de objetos inútiles y  sus cuerpos vacíos de humanidad. Seres que se mueven sobre un territorio cartesiano cuyas emociones fluctúan según las variaciones del mercado: Si sube la bolsa la risa es inminente, si cae las lágrimas brotarán detrás de unos ojos verde-azulados, como el color del billete que mueve al mundo.  Si, ellos y su doctrina tienen algo en común con el mito y las creencias de algunos hombres: la certeza de que están ubicados en el mejor de los mundos y el orgullo arrogante de que son herederos de un poder ineluctable. Sienten nostalgia cuando  inventan el recuerdo de un lugar en el que  eran reconocidos como similares, como próximos, más nunca pudieron dominar el terror que les produce saber que son soñados por otro ser. Por ese motivo le rezan fervorosamente al Dios del dinero para que el goce de comprar ilusiones se prolongue para siempre. Y así transcurren en su devenir temporal, absurdas mímesis habitantes de un país “sin historia, donde todo es pura aspiración”, ciudadanos de una quimera que se extinguirá en un abrir y cerrar de ojos, cuando el demiurgo del capitalismo despierte a la realidad.

Contrariamente al discurso dominante, quienes se resisten a ser soñados por el neoliberalismo son en la actualidad los países con mayor crecimiento económico, aunque sus logros sean invisibilizados por los grandes medios y voceros del establishment.

Estos pequeños países que lograron enfrentar al nuevo monstruo capitalista y que, a diferencia del mago borgiano, se resistieron a la humillación de ser soñados por otro son dos: Bolivia y Portugal.

Bolivia: Desde que llegó a la presidencia Evo Morales el país ha cuadriplicado su PBI, ha reducido casi a la mitad los índices de pobreza e indigencia y ha aumentado el salario mínimo en dólares manteniendo el tipo de cambio estable.  Asimismo  ha consolidado la macroeconomía sin crecidas inflacionarias y ha mejorado las condiciones de vida de las mayorías populares. Durante veinte años el neoliberalismo había sometido a la derrota a los movimientos populares pero con la nacionalización de los recursos naturales se logró un crecimiento exponencial. Actualmente, con un nuevo modelo de desarrollo, articulando los distintos sectores de la sociedad, de la economía y con independencia del FMI para tomar medidas, este pequeño país ha logrado una total soberanía de su Banco Central. Contradiciendo los enfoques clásicos de la economía ortodoxa, se mantuvo el control de precios hasta que se estabilizó la inflación, de manera tal que Bolivia es hoy el país de mayor crecimiento de la región sostenido ya por cinco años consecutivos.  En conclusión, la dignidad de un país con rostro de indígena irradiando al mundo una manera ancestral y armónica de administrar la economía y promover la justicia social. La condena del estabilishment, de esa derecha neoliberal con ribetes cuasi-religiosos que asola américa latina no tardó en hacerse conocer. Con toda la fuerza del racismo, el odio y el apoyo del país más poderoso del mundo, Evo Morales fue derrocado por un golpe de estado.

Portugal: En el último trimestre su economía creció casi el 3 por ciento simplemente con el incentivo a la inversión, la producción y el empleo. Se apostó por el consumo interno con una política moderada y responsable a través de un convenio entre las empresas, los sindicatos y el estado. Se  aumentó el salario a trabajadores y jubilados y cayó la tasa de desempleo con políticas activas hacia las pequeñas y medianas empresas. Pero lo más importante es que se evitó la continuidad del endeudamiento con el FMI dado que lograron expandir su PBI al punto tal que en el último trimestre la inversión cerró con un diez por ciento de aumento. En conclusión se logró un superávit de las exportaciones y la baja del déficit fiscal incentivando la inversión, la producción y el empleo, todo a contramano del discurso único del neoliberalismo y sus adláteres, los medios de comunicación.

Colofón

Soy periodista. Mi formación académica apenas me permite tener un conocimiento a vuelo de pájaro de “lo que hay que saber”, situación que me acera más a los saberes de la gente común, del ciudadano de a pie que a la de los intelectuales especialistas en temas políticos, sociales y económicos. Ni bien comenzó el gobierno de Cambiemos la mayoría de los ciudadanos, basándonos solamente en la experiencia y el sentido común percibimos inmediatamente la tendencia delictiva y expoliadora del proyecto político- cultural que se avecinaba. Al instante nos dimos cuenta que mediante el aumento demencial de las tarifas de los servicios y la devaluación de la moneda la transferencia de la riqueza de los ricos hacia los pobres era inmediata. Un Macri transformado en Hood Robin con un ejército de gerentes de empresas saquearon a la población de menores recursos, a los discapacitados y a los pequeños productores desplegando el fantasma del hambre en toda la Argentina. La gente del llano lo vivía y  lo sufría. Los informadores de los medios hegemónicos también, pero… ¿Por qué ninguno de estos periodistas pudo percibir este desastre organizado siendo que ellos sí son especialistas en cada tema que investigan, en cada funcionario público que entrevistan y en cada área que editorializan? En los medios monopólicos el título más precario que tiene la gran mayoría de los periodistas es el de abogado, pasando por  licenciaturas en ciencias políticas, medicina, economía y hasta doctorados en distintas áreas de ciencia. Por lo tanto, ¿es comprensible que un ciudadano común haya descubierto la trama macrista ni bien comenzó mientras que quienes manejan la información ¡Oh sorpresa!: Recién al final del período sospechan que hubo “algunos desaciertos” en el manejo de la política? 

Vuelvo a repetir, soy periodista pero con vergüenza, no de la profesión, claro está, ya que con sólo recordar a Rodolfo Wallsh el orgullo brota en mi pecho, pero sí de aquellos colegas que, tomando por estúpidos al pueblo argentino protegieron descaradamente un proyecto de país similar al del proceso de reorganización nacional. Haciendo uso del poder que le otorga el manejo del discurso, los periodistas de los medios hegemónicos blindaron a través de razonamientos falaces todo el destrozo sistemático que se produjo en cada área de del poder ejecutivo, legislativo, judicial y comunicacional de la República Argentina.

Los resultados quedaron expuestos. Ellos, muy poco.

En consecuencia, intentar sintetizar cuatro años de la gestión macrista implicaría reinscribir y/o reinventar una nueva teoría del caos. Nadie en la historia argentina destruyó, aniquiló y modificó  tanto en tan poco tiempo.

El deterioro general de la economía productiva, del Estado y de las condiciones de vida de la población que creó el gobierno saliente nos deja un país semidestruído, mucho más dependiente y mucho más sensible a cualquier evento que ocurra en el escenario internacional; cualquier cosa que pase golpeará en la Argentina por nuestro debilitamiento en la estructura económica y ya nada será igual.

Si analizamos que hubo más inversión extranjera durante el gobierno de Cristina  que en el de Macri (auto declarado el más amigo del capital de toda la historia y a cuyo poder se ha sometido casi con ribetes pornográficos) y que el capital local ya no lo apoya dado la cantidad de yeros cometidos, queda como conclusión que lo único relevante del gobierno de Cambiemos fueron unas  fotocopias de dudosa autenticidad y un sistema de propaganda que sucumbió ante el rechazo de la mayoría de la sociedad. En definitiva, la esperanza de que algo pueda cambiarse aún está en pie, pero la realidad pega duro.

Si nos atenemos a la historia concreta, a partir de la primera experiencia neoliberal efectuada por el golpe militar del 76 la sociedad argentina le dijo adiós a la movilidad social ascendente. El nivel de vida de los argentinos comenzó a deteriorarse de manera continua, salvo en los primeros años de democracia alfonsinista y en el período kirchnerista que duró hasta 2015. El macrismo le dio la estocada final y se pasó de una sociedad relativamente estable a otra en crisis y fragmentaria. La destrucción del contrato social fue tan demoledora que hasta un partido centenario como la UCR quedó a punto de desaparecer. Todo lo que podía romperse se rompió. La aniquilación del aparato productivo y el lastre de la deuda externa que deja Macri condicionará durante décadas el desarrollo nacional cualquiera sea el partido político que gobierne.

Si no logramos recuperar la memoria para tomar conciencia de que definitivamente una y otra vez los mal llamados populismos o gobiernos de centroizquierda reconstruyen, organizan y pagan lo que las políticas liberales de derecha desmantelan, aniquilan y endeudan es por qué la atrofia de la experiencia está dando sus frutos. En la Argentina murieron o desaparecieron treinta mil personas por rechazar el mismo régimen que fue votado entusiastamente por la mayoría de los argentinos hace apenas cuatro años y son las madres y abuelas de estos jóvenes idealistas quienes se ocuparon de mantener viva la memoria colectiva. A pesar del negacionismo del gobierno saliente y de un 40 por ciento de la población argentina que demostró su indiferencia a través del voto, madres y abuelas nos dicen que no importa, que hay que seguir luchando, pues “todo está guardado en la memoria, refugio de la vida y de la historia”.

Esas bellas señoras de cabellos encanecidos y rostros  marcados por los años y el sufrimiento recibieron de una sociedad enferma de odio sólo dolor y muerte. A cambio nos devuelven amor. Cuando se las ve arrastrando sus piernas y sostenidas por sus bastones trabajando por la recuperación de los nietos robados,  conteniendo a la compañera que se cae por el peso de los años y dando mensajes de esperanza y alegría no podemos hacer otra cosa que contener las lágrimas y adorarlas. Y hasta nos hace pensar que la luz que irradian sus ojos que todo lo ha visto iluminarán algún día la oscuridad de este mundo  sin memoria, sin historia en donde sólo se vive aspirando la utopía de la realización material inoculada por los medios de comunicación. Quizá sea ese amor que ellas irradian el remedio definitivo contra aquel experimento atroz iniciado en 1973 cuyas políticas económicas siguen sembrando en el planeta hambre y explotación.  

Ampliemos pues esa memoria y digamos definitivamente NUNCA MÁS  a aquella escuela de Chicago y a sus teorías neoliberales, salvajes e inhumanas que, aggiornadas y disfrazadas de demócratas intentarán regresar nuevamente con sus políticas expoliadoras plagadas de muerte y desolación. 

 

Bibliografía consultada

Walter Benjamin: “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”.

Walter Benjamin: “El capitalismo como religión”.

Atilio Borón: “El fracaso y el triunfo del neoliberalismo”.

Umberto Eco: “Apocalípticos e integrados”.

Naomi Klein: “La doctrina del shock”.

Theodor Adorno y Max Horkheimer: “La sociedad, lecciones de sociología”.

Wikipedia: Temas varios.

Francois Dubet: “Repensar la justicia social”

Gustavo Campana: “Culpables”:

Fotografía

Diario 16 (El diario de la segunda transición. Artículo escrito por Eduardo Rivas con el título: “El informe final de la CONADEP. El nunca más”. 21/09/17.

Autor

Alejandro Lamaisón

 

 

1 pensamiento sobre “LA ATROFIA DE LA EXPERIENCIA

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