LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL ODIO

Discriminación y odio de clase

HOSTILIDAD Y RESENTIMIENTO HACIA LAS CLASES POPULARES.

LA HISTORIA SE REPITE

Pasaron 75 años y nada cambia.

Las patéticas estrategias de la derecha para detener la fuerza arrolladora del peronismo jamás dieron resultado, salvo a través de los golpes o de las modernas campañas de desprestigio mediático- judicial.

Hecha la ley, hecha la trampa. La ley fue el peronismo. La trampa, la oligarquía nacional y trasnacional.

Así como en 1945 levantaron los puentes para que las columnas de manifestantes provenientes de Berisso y Ensenada no pudieran ingresar a la ciudad de Buenos Aires, ahora realizan ataques cibernéticos para que el pueblo no pueda manifestarse utilizando las redes.

En aquella manifestación fundacional los trabajadores igualmente cruzaron el riachuelo  improvisando balsas y algunos hasta a nado, haciéndole frente al peligro de las aguas pestilentes.

Este sábado 17 de octubre, para sortear el ataque cibernético, la mayoría de los argentinos salieron a la calle con sus autos y algunos caminando, enfrentando el riego de contagio de Covid 19, pero con la misma convicción esperanzadora de aquella gesta inolvidable.

Como un guiño del destino, la historia se repite en el fervor de un pueblo que se cansó de que lo tomen por idiota, en una ciudadanía que se resiste a ser engañada y que, como diría el trovador, “porque cuando el pueblo sabe, no lo engaña un Law Fare”.

CUANDO EL ODIO NUBLA LA RAZÓN

La diferencia entre los que manifestaban el domingo y las tres movilizaciones que convocó la derecha destituyente es que a ellos los movilizaba el odio, mientras que a los peronistas los congregaba el amor y la lealtad.

El resentimiento y la hostilidad de la oposición no les permitirían jamás reconocer los valores morales, intelectuales y humanos que tienen las personas, independientemente de su ideología política.

Ellos serían incapaces de sentir admiración y respeto por un peronista y si pudieran destruirlo lo harían.

En cambio, a ningún peronista se le ocurriría negar al opositor si este fuera alguien respetable en cualquier sentido.

El ejemplo clásico es la admiración y el respeto que sentimos todos los argentinos de cualquier signo político hacia Borges, Cortázar y Sábato, pese a que fueron acérrimos enemigos del peronismo.

La derecha es capaz de destruir hasta la cultura y sus votantes hasta de destruirse a si mismos con tal de negar al peronismo, protagonista histórico del desarrollo, la inclusión social y la distribución de la riqueza.

Cuando un gobierno justicialista recompone el salario, generalmente el comercio y la industria comienzan de a poco a reactivarse. Quizá no ganen desaforadamente los grupos concentrados, pero las pymes y las economías regionales suelen florecer a la par del pueblo.

El odio hacia las clases populares es tan profundo que simples comerciantes, operarios o empleados, aliándose con el discurso dominante, prefieren caer en la ruina antes de mejorar económicamente con un gobierno peronista.

Saben que si destituyen un gobierno progresista sus ingresos disminuirán, pero a los que odian, a las clases populares, a los negros choriplaneros, les irá mil veces peor.

En definitiva, la derecha antiperonista fue, es y será siempre una enfermedad galopante, una falacia expoliadora que apenas durará el período suficiente para vaciar el país hasta que un nuevo gobierno popular reconstruya lo que ésta se llevó.

LA VIDA O LA ECONOMÍA, ESA ES LA CUESTIÓN

La pandemia ha desenmascarado este discurso mentiroso y grosero del neoliberalismo y su hijo latinoamericano, el capitalismo golpista de derecha, dado que su proclama fue siempre la misma: renegar del estado y achicarlo a su mínima expresión.

Hoy, todos los países del mundo, hasta el más capitalista de ellos, Estados Unidos, deben valerse del Estado para cubrir el desastre económico y sanitario que deja a su paso el Covid 19.

Ningún presidente del mundo saldrá ileso del daño que le producirá a su imagen el deterioro estructural y superestructural originado por la implacable pandemia.

La única diferencia entre ellos es simplemente el oído que le hayan puesto al consejo de los médicos y científicos para salvar la mayor cantidad de vidas posibles.

Como siempre, habrá quienes den prioridad a la vida por sobre la economía.

Alberto Fernández, sin duda, como lo hubiesen hecho Evita y Perón, optó por la primera.

Alejandro Lamaisón

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