LA PARADOJA COMUNICACIONAL

Pirámide del odio

LOS PELIGROS DE LA TECNOLOGÍA APLICADOS AL DISCURSO DEL ODIO.

La comunicación digital

El avance de las tecnologías digitales cuyo soporte comunicacional es básicamente Facebook, Twitter e Instagram ha hecho retroceder la calidad del debate público a los peores momentos del nazi -fascismo del siglo XX. La violencia verbal que destilan las redes sociales anula la discusión política centrando las miradas en las personas y no en los argumentos.

Las nuevas estrategias comunicacionales tienen un fascismo implícito en cada noticia que generan, dado que siempre existe en ellas un enemigo malvado, inescrupuloso y causante de la suma de todos los males que aquejan a la sociedad. Sólo que la trayectoria y la imagen de ese supuesto enemigo llega  hasta nosotros ya decodificada de antemano, de manera tal que no nos permite pensar por nosotros mismos.

De aquí que la complicidad entre parte del periodismo y los trolls es muy peligrosa para la democracia. Terminan siendo responsables de empobrecer el sentido de la libertad de expresión, de la que luego pretenden hacerse eco.

Según los ingleses, en la época de la posverdad los hechos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones o las creencias personales. Es la mentira reproducida en formato digital no para defender una idea sino para la desmoralización del otro, de un distinto construido como opuesto, como inmoral a quien debe atacarse. Como su nombre lo indica, se trata de un método propio de la guerra, no de la política.

El odio en las redes

Una de sus característica actuales es presentar todo ese arsenal deshonroso como una contra-narrativa amenazada por una narrativa imperante, la cual tendrá el odio como motivación, la difamación y la mentira como instrumentos y la descalificación y el agravio como fuerza de choque.

La verdad se convierte en un elemento secundario e innecesario frente a la intencionalidad emocional.

La comunicación ya no informa, sino que se expresa a través de las redes sociales con la impunidad y el desparpajo que les brinda el anonimato, la despersonalización y la virtualidad.

Facilitan un modo de interacción que de tan distante e inhumano, “revela pozos ciegos del alma difícilmente imaginables, al menos de modo tan bestial, de tener que decirse cara a cara. Esa inhibición se debe –pensemos bien de nuestros semejantes– menos al temor a una represalia que a la comprobación de que nos estamos dirigiendo a otro ser humano con similares tristezas, amores, vergüenzas, ilusiones, flaquezas, deseos” (sic. Santiago Cafiero).

Trolls, Bots y Fake News

En nuestro país, la actividad del trolleo fue utilizada asiduamente durante el mandato del ex presidente Mauricio Macri, en el que un ejército de internautas al mando de Marcos Peña experimentó altos niveles de organización y coordinación para realizar ataques a periodistas, políticos y figuras públicas.

Los perfiles de estos ataques estuvieron sincronizados de forma permanente con los intereses del gobierno saliente y una vez efectuado el cambio de mandato, comenzaron a operar desde un registro opositor nutriéndose de renovada información falsa. En esta clave, parte del periodismo argentino volvió a funcionar como proveedor de la materia prima que estos grupos utilizan para agredir y difamar irresponsablemente.

Como vemos al principio de esta nota, el odio que destilan las redes sociales forma la base de una pirámide que toda la sociedad conoce y experimenta a diario. En ella se catalogan diferentes tipos de actitudes y actos que crecen en complejidad desde la base hacia la cúspide.

Ojalá que jamás ningún país del mundo, llegue a experimentar el horror indescriptible del nivel superior.

Alejandro Lamaisón

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