Oscuro laberinto de un manicomio

Los oscuros laberintos del hospital Saint Román

La despertó la angustia de recordar que era sábado, otro gris e infame sábado en el que tendría que visitar a su hermana Cristina en el Instituto Psiquiátrico Saint Román. Hacía más de dos meses que Alejandra observaba con profundo dolor el progresivo deterioro de la salud mental de su hermana, de tal manera que el pactado encuentro sabatino se había transformado en una sensación ambigua de fraternal compromiso y rechazo. Cada sábado la visita incluía escuchar los relatos imaginarios fabricados por la mente enferma de Cristina y reprimir los sentimientos de desazón e impotencia al no poder hacer nada para ayudarla. Alejandra sentía que su vida era un cúmulo de aspiraciones incumplidas cuyo sometimiento a los mandatos sociales la hacían acreedora de todas las responsabilidades del mundo, entre ellas la de proteger a su vulnerable hermana. En definitiva, era su deber apoyarla en todo, incluso sostenerla hasta en los límites de la razón. “El de la locura y el de la cordura son dos países limítrofes, de fronteras tan imperceptibles que nunca puedes saber si te encuentras en el territorio de la una o en el territorio de la otra”.
A las once en punto Alejandra entró a la sala de visitas del Instituto y esperó que el jefe de guardia la autorizara a buscar a su hermana. Visitantes y pacientes se confundían entre murmullos y abrazos, siempre bajo la celosa mirada de los enfermeros. Una música suave intentaba dar un marco de cotidianeidad a lo que en realidad era la excepción a toda regla de humanidad, la antesala al infierno, un ir y venir de seres subterráneos que alguna vez pertenecieron al mundo, pero que ahora ese mundo se avergonzaba de que ellos existieran. Cristina la esperaba sonriente sentada al lado de un amplio ventanal del que se podía observar la añosa arboleda del hospital. Como siempre se había maquillado como para una fiesta y el cabello recogido le dejaba a la vista algunas incipientes arrugas como testigo de que el paso del tiempo no podía contra su belleza natural.
Cuando Alejandra la vio se le rompió el corazón. La abrazó con fuerza y las dos se quedaron así largo tiempo, ceñidas por el afecto que las unía desde la muerte de su madre, sin ningún otro lazo más que el infinito amor de dos hermanas dispuestas a darlo todo, para protegerse una a otra de cualquier tipo de adversidad.
-¿Cómo has pasado esta semana?- preguntó Alejandra.
-Bien, querida, ¿y vos? – dijo Cristina mirándola con ternura.
-Como siempre, sin mucho que hacer- contestó Alejandra.
-Yo en cambio tuve una semana ajetreada, pero positiva- dijo Cristina.
-¿Qué hiciste corazón?, haber, contame…- preguntó Alejandra resignada ya que evidentemente empezaba de nuevo el delirio patológico de su mente perturbada.
-Si te cuento no vas a creer lo que me sucedió en el viaje a París.
-¿Que te sucedió?- preguntó Alejandra con tristeza.
-En un paseo por la Rue de Rivoli, justo a la salida del Museo del Louvre, conocí a un tipo que me cambió la vida.
-¿Si, y cómo es él?.
– Debo reconocer que al principio me pareció algo ambiguo porque después de hacer el amor cayó en un incómodo silencio que se prolongó por varias horas, pero al día siguiente estaba con las valijas listas para venirse conmigo e incluso habla de matrimonio.
-¿Entonces está acá?- preguntó Alejandra.
– Si, viene a buscarme y vas a conocerlo personalmente, pero te anticipo que es algo tímido, aunque habla muy bien nuestro idioma – aseguró Cristina con entusiasmo.
-¿Pero cómo es que viajaste en tu situación?- preguntó Alejandra como un último intento de traerla a la realidad.
-Pues, por mi trabajo – respondió Cristina desconcertada.
-¿Vos sabes que es lo que te está pasando?- pregunto con desesperación Alejandra.
– Si, que por primera vez en la vida soy feliz y que quiero que compartas con nosotros esta felicidad. Te prometo que pronto te llevaré conmigo y nos iremos a vivir a París – dijo Cristina.
Alejandra no pudo más y rompió en llanto. Era insoportable verla en ese estado de desequilibrio mental que evidentemente se incrementaba semana a semana. La abrazó con fuerza y tras despedirse corrió hacia la salida sin mirar atrás pero la detuvieron unos metros antes de llegar a la puerta.
Cristina se quedó sentada junto al ventanal, impotente y apenada mientras veía horrorizada la manera salvaje en que los enfermeros, entre forcejeos y gritos arrastraban a su hermana hacia el pasillo de los internos. Con lágrimas en los ojos se tapó los oídos para no escuchar los alaridos desquiciados de Alejandra que paulatinamente se desvanecieron en los oscuros laberintos del hospital. Miró por la ventana hacia abajo y vio a su novio francés que la esperaba sentado en el amplio jardín que rodeaba el edificio. En ese momento se sintió más segura que nunca de que estaba enamorada, de que era la mujer más feliz del mundo y de que ella, su novio y su querida hermana definitivamente viajarían juntos a París.

Alejandro Lamaisón

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