LOS TRES OBJETIVOS DEL GOLPE

El primer objetivo del golpe cívico- militar fue el más irracional. Por un lado, los militares desataron sobre sus propios compatriotas una represión sangrienta sin precedentes en la historia nacional, por la que se puso en marcha un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de miles de personas.

MILTON FRIEDMAN: EL ORIGEN DEL MAL

PRIMER OBJETIVO

El primer objetivo del golpe cívico- militar fue el más irracional.

Por un lado, los militares desataron sobre sus propios compatriotas una represión sangrienta sin precedentes en la historia nacional, por la que se puso en marcha un plan sistemático de secuestro, tortura y desaparición de miles de personas.

El propósito del plan represivo era eliminar y/o hacer desaparecer a los referentes sociales progresistas y aterrorizar a la población para romper cualquier tipo de resistencia y despolitizar la vida nacional.

Informes desclasificados de la CIA desnudan las estrategias de la Operación Cóndor para asesinar a activistas de derechos humanos. Según la CIA, otro de los objetivos previstos contemplados para la Operación Cóndor «era coleccionar material sobre la pertenencia, localización y actividades políticas de grupos de derechos humanos para identificar y exponer sus conexiones marxistas y socialistas».

A partir del 24 de marzo de 1976 el Estado, cuya función es mediante la recaudación de impuestos, garantizar a los ciudadanos educación, salud, seguridad y justicia, se convirtió en un sensor inquisitorial,  en una maquinaria de exterminio masivo, en un territorio inseguro e incierto y en un violador de los derechos humanos más elementales.

SEGUNDO OBJETIVO

El segundo objetivo, más racional que el primero, consistió en que los neoliberales tomaran las riendas de la economía para favorecer a los intereses de los sectores agroexportadores y financieros.  

El programa económico del Proceso se implementó sacrificando el bienestar de la gran mayoría de la población y sus puntos centrales fueron un fortísimo endeudamiento externo, la apertura irrestricta a la entrada de capitales y la desregulación de los servicios financieros.

Además, se realizó una abrupta devaluación de la moneda, una baja generalizada de los aranceles aduaneros que protegían la producción local, severos recortes en el gasto público (incluyendo el congelamiento de los salarios) y la privatización de 120 de las 433 empresas estatales que existían entonces, junto con la de importantes áreas de otras que no fueron del todo entregadas a manos privadas.

El efecto combinado de estas políticas fue catastrófico. El sector manufacturero- industrial se redujo notoriamente por la desaparición de numerosas empresas, incapaces de competir con los productos importados que inundaron el mercado.

Por efecto de la desaparición de fuentes de trabajo y las limitaciones a la actividad sindical, el valor real de los salarios se desplomó en un 40%.

Asimismo, se asumieron como deudas del Estado una buena porción de los pasivos que las grandes empresas habían contraído en el exterior y la deuda con el FMI pasó de 7.000 millones de dólares en 1976 a 42.000 millones en 1982.

En el mismo período las tasas de desocupación y subocupación –que en 1974 eran muy bajas– estuvieron cerca de duplicarse. Por otro lado, numerosas disposiciones gubernamentales se tradujeron en pérdidas de derechos específicos para los trabajadores.

TERCER OBJETIVO

El tercer objetivo del golpe fue el más elaborado y sutil desde el punto de vista intelectual, dado que el mismo se desarrolló en el teatro de operaciones del imaginario social.

Durante las décadas que siguieron al proceso militar, haciendo uso de los medios hegemónicos, los poderes fácticos comenzaron a ganar la batalla cultural por la apropiación del sentido. Entre la mentira y la perversión se logró instalar al hombre común como el responsable de la pobreza y la postergación social, colocando a los factores de poder fuera de escena.   

Hoy, a casi un cuarto de siglo XXI, los objetivos económicos del golpe del 76 han recuperado su eficacia encarnados en el liberalismo cambiemita y en las ultraderechas libertarias.   

Milton Friedman y sus adláteres del monetarismo, exponente de esta ideología aciaga, pueden darse por satisfechos desde su lecho de muerte. Ya no necesitan golpes de estado para llevar a cabo sus salvajes recetas económicas de ajuste y endeudamiento.

Ahora, gracias al uso de la tecnología digital y el márquetin, con el soporte de los medios de comunicación, el mismo pueblo colonizado por los intereses de las clases dominantes, se prepara para elegir por cuarta vez, en elecciones libres, a sus propios verdugos.

Alejandro Lamaisón

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