MIGRANTES DE ERITREA, LIBIA Y SUDÁN, NAVEGAN EN UN BOTE DE MADERA ANTES DE SER ASISTIDOS POR COOPERANTES DE LA ONG ESPAÑOLA OPEN ARMS, EN EL MAR MEDITERRÁNEO .(AP Photo/Joan Mateu Parra) © AP - Joan Mateu Parra

LÁGRIMAS EN EL MEDITERRÁNEO

LA OTRA CARA DEL MEDITERRÁNEO

Hubo un tiempo en el que el mundo era joven y el  mar Mediterráneo era  fuente de vida y belleza donde se inspiraban las almas de poetas y artistas, y las voces de los trovadores solfeaban sus canciones al ritmo de las olas azules.

Hoy el mundo parecería haber envejecido de golpe y el Mediterráneo se ha transformado en una renegrida garganta que se devora las ilusiones de la humanidad, un cementerio silencioso donde yacen los sueños de miles de migrantes que huyen de las guerras, la pobreza y la violencia, buscando una vida mejor.

El mar mediterráneo se ha convertido en un testigo mudo de las tragedias que ocurren en sus aguas donde las embarcaciones precarias se hunden y las personas se ahogan, un espejo roto que refleja la indiferencia y el egoísmo de quienes no conocen la miseria, un grito ahogado que clama por la justicia y la solidaridad de los que tienen el poder de cambiar las cosas pero no les interesa cambiarlas.

Está muy bien que para intentar rescatar el Titán se hayan movilizado efectivos y recursos de EE.UU., Canadá, Francia y el Reino Unido, con aviones, embarcaciones y drones submarinos y se hayan gastado millones de dólares en el salvamento. 

Los millonarios que se ahogaron en esa aventura se merecían el intento dado que todos tenemos la obligación moral de priorizar la vida humana ante todo, pero al parecer no todo el mundo alcanza ese rango de «ser humano».       

Se estima que más de 3000 migrantes y refugiados han muerto o desaparecido en las aguas del Mediterráneo en su camino hacia Europa en 2021 y en el primer trimestre de 2023, se registraron 441 muertes de migrantes en el Mediterráneo Central (el período más mortífero desde 2017).

No cabe duda que la falta de una respuesta efectiva por parte de los Estados y los obstáculos a las ONG y a las embarcaciones privadas que realizan operaciones de rescate han contribuido a esta crisis humanitaria.

Una mujer y un niño esperan a bordo del barco de rescate Sea-Watch 3, abandonado a su suerte en el mar durante 19 días. © Chris Grodotzki/Sea-Watch

Las causas de la migración irregular (e inhumana) en el Mediterráneo se pueden resumir en dos: los graves problemas socioeconómicos y demográficos de los países del hemisferio sur, que impulsan a muchas personas a buscar una vida mejor en Europa, y las guerras y conflictos militares en el Medio Oriente, que generan una situación de violencia e inestabilidad que obliga a millones de personas a huir de sus hogares.

Estos dos motivos están relacionados con la historia de explotación y saqueo de las grandes potencias occidentales en estas regiones, así como con sus intervenciones políticas y militares en apoyo de sus intereses geopolíticos.

La Unión Europea juega un papel absolutamente ambiguo en esta crisis, ya que por un lado declara su compromiso con los derechos humanos y el asilo de los refugiados, pero por otro lado adopta políticas y medidas que dificultan o impiden la llegada de los migrantes a su territorio.

Algunas de estas medidas son:

a) La externalización de las fronteras comunitarias, es decir, el traslado de la responsabilidad del control migratorio a países terceros, como Turquía o Libia, a cambio de ayuda económica o política.

b) La lucha contra las organizaciones criminales que promueven el tráfico y la trata de personas, lo que en la práctica se traduce en una ridícula criminalización de las ONG y las embarcaciones privadas que realizan labores de rescate en el mar. Cabe aclarar que Libia es uno de los países del mundo en los que la trata de personas es moneda corriente.

y c) la falta de solidaridad y coordinación entre los Estados miembros para acoger y distribuir equitativamente a los migrantes que llegan a sus costas, lo que genera tensiones y desacuerdos entre los países más afectados, como Italia, Grecia o España, y los países más reacios, como Hungría, Polonia o Austria.

Estas medidas han sido criticadas por diversas organizaciones internacionales y de derechos humanos, que las consideran ineficaces, inhumanas e ilegales.

LAS TUMBAS DEL MEDITERRÁNEO

El 25 de febrero de este año, una impresionante tragedia ocurrió en el Mediterráneo, más precisamente frente a las costas de Calabria (sur de Italia): una barca con más de 100 migrantes se rompió en pedazos y se dio vuelta, tal vez a causa de las agresivas olas o de encallarse en rocas o las arenas cercanas, dejando como resultado al menos 59 muertos. La verdadera causa del naufragio nunca fue descubierta pero lo que es indudable es que la barcaza se hizo pedazos ya que esa noche el mar estaba muy agitado.

El cuerpo de Aylan Shenu, el niño kurdo que apareció ahogado en septiembre del 2015 en una playa turca. /STRINGER TURKEY

Los cadáveres recuperados fueron 59 pero los muertos muchísimos más, dado que la Guardia Costera desistió de la búsqueda, pese a que algunos de los rescatados hablaban de 180 migrantes que venían en la barcaza y otros de 250. Entre las víctimas rescatadas en las playas y en el mar había unos 12 niños y unas 33 mujeres, según la Prefectura de Crotone, la ciudad calabresa cercana a la zona del naufragio.

Ante dramas como éste, el mundo apenas puede comprender tanta carencia de humanidad y todos lamentamos el hecho, especialmente los políticos, que con sus discursos hipócritamente compungidos, tratan de disimular su oposición a la llegada de migrantes y tratan de bloquearlos a veces firmando acuerdos (como lo hizo recientemente el gobierno italiano) con los países menos aconsejables, como con Libia que detenta uno de los mayores centros de traficantes de seres humanos.

Nadie puede imaginarse el horror de aquellas personas que, no habiendo conocido nunca el mar y sin haber aprendido nunca a nadar, son arrojados a las aguas de un Mediterráneo enfurecido, sin que su Dios mueva un dedo para brindarles auxilio.

Un Mediterráneo transformado en un cementerio sin flores, repleto de cuerpos en los que sus almas se elevarán dejando atrás historias y sueños, que se perderán en el tiempo, como lágrimas en el mar.  

Alejandro Lamaisón 

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