SIN LUGAR PARA LOS DÉBILES

Sin lugar para los débiles

Fortalecer la palabra con medidas reales

Espasmos en el alma

Un día nos levantamos y la OMS asegura que en pocas semanas habrá “buenas noticias” con respecto a la vacuna contra el coronavirus. Sentimos alegría y esperanza.

Al día siguiente nos enteramos que científicos chinos identificaron un nuevo virus similar a la gripe porcina con posibilidad de mutar y expandirse, frente a la cual los seres humanos tendrían poca o ninguna inmunidad. Sentimos miedo y abatimiento.

El impuesto a la riqueza tan esperado por los que carecemos de ella (la mayoría de los argentinos) con el que se recaudaría alrededor de 3000 millones de dólares  parece que ingresaría al congreso el 17 de julio. Esto alivia.

Por otro lado Mario Negri (jefe del interbloque de diputados de Juntos por el Cambio), Alfredo Cornejo (presidente del Comité Nacional de la UCR) y Luis Naidenoff (titular de la bancada de Juntos por el Cambio en el Senado) afirman a través de editoriales de los voceros mediáticos que ya conocemos que se opondrán rotundamente a la sanción de dicho impuesto. Esto deprime.

El gobierno asiste e intenta tapar todos los agujeros originados por las dos pandemias (Macri y Covid 19) revalorizando la acción de un estado que vela por la salud de todos los argentinos. Eso es confianza y seguridad.

Al mismo tiempo, si continúa la pandemia, el enorme esfuerzo para alimentar a más de doce millones de personas y socorrer a ciento de empresas que igual terminarán cerrando por la crisis sería insuficiente. Esto es escepticismo y desesperación.

El valor de la palabra

Vivimos un presente incierto y fugaz, plagado de incertidumbres que se acumulan día a día sin darnos la posibilidad siquiera de abrazarnos a nuestros seres queridos para aferrarnos a la única certeza que brinda el amor.  El horizonte es tan artificial como las azulinas pantallas de los dispositivos que median entre nosotros y el mundo.

Este cúmulo de emociones encontradas que enferman el espíritu y nos debilita de futuro e ilusión se manifiestan de manera proporcional a las demandas y exigencias que reclamamos al gobierno que la mayoría votó.

Por suerte  hay pequeños orificios en el tejido social que iluminan y desprenden cierto aroma de optimismo y confianza, como por ejemplo el de aquellas personas que dejan su vida  en comedores barriales, en hospitales y en tareas comunitarias.

Pero hay que reconocer que también hay otro no menos importante que se manifiesta en la figura del presidente de la Nación.

La palabra de Alberto Fernández es, increíblemente en estos tiempos, valorada y reconocida por propios y ajenos (cabe acarar que esto no es difícil ya que de diez afirmaciones de Macri, once eran mentiras).

En este sentido, debería implementarse desde el gobierno una política de comunicación institucional cuya función sea evitar que las palabras del presidente se deterioren.

Hay un gabinete de ministros que no hablan. El presidencialismo endémico de la Argentina se manifiesta en la manera pertinaz que tiene Alberto Fernández de intentar dar respuesta a todo, aún a la mala intención de una derecha berreta y a un poder económico que nunca pide permiso para tomar más de lo que le corresponde.

Las palabras en exceso tienden a producir contradicciones en los hechos.

Si en un discurso político Fernández trata de “miserable” a Paolo Roca debería justificar por qué el grupo Techint recibió una ayuda de 14.000 millones de pesos.

En otras palabras, el  presidente se expone demasiado en un momento en donde los poderes de las clases dominantes representadas por los medios de comunicación monopólicos no dan tregua y la artillería mediática apunta directamente a destruirlo.

Lucha de fuerzas

En ese contexto y silenciosamente, la derecha aprovecha para capitalizar los errores del gobierno mientas que convoca al descontento público sin necesidad de hacer política. O mejor dicho, hacen política presionando en el parlamento como es el caso de P. Roca y Cristiano Rattazzi convocando a Mario Negri para que frenen a A.Fernández en relación a lo que dijo sobre Vicentin. Aparecen por todos los flancos figuras ya desaparecidas como Cobos y Lousteau, todos unidos al empresariado con el pretexto de luchar contra el populismo expropiador.

Ya no hay soporte para flaquezas ni lugar para los débiles.

Al aparato comunicacional se le hace frente con la política plasmada en los hechos.

Si Fernández no acelera la implementación de medidas tales como la expropiación de Vicentin y la aplicación del impuesto a la riqueza, los poderes fácticos definitivamente irán por él y se lo llevarán puesto.

La historia es la mejor testigo de esta coyuntura y el recuerdo de Alfonsín expulsado de la casa rosada es el emblema.

Los argentinos estamos desconcertados y en este momento necesitamos de un gobierno fuerte.

Una de las maneras de demostrar esa fortaleza que todos esperamos sería utilizar esos 3.000 millones de dólares del impuesto a las grandes fortunas para activar el plan de vivienda y urbanización que se había planeado desde un principio. O al reparto en organizaciones de agricultura familiar para que utilicen las tierras fiscales con el objetivo de trabajarlas para la obtención del tan soñado “hambre cero”.

Lo importante es hacer algo que se vea en un  mundo difuso y de promesas incumplidas, en el marco de una pobreza de mucha gente “empobrecida” que realmente habita un país rico con pocos “enriquecidos”.

Aprovechándose de las necesidades de la gente, el fantasma de la rebelión social siempre rondará en el imaginario del resentimiento y odio neoliberal, por haber sido expulsados en diciembre del año pasado por un pueblo que por fin recuperó su dignidad.

Transmitir la fortaleza

El gobierno deberá ser fuerte para enfrentar varias alertas rojas que serán arengadas por la prensa hegemónica: Primero: El malestar de la clase más pobre y postergada que por culpa de la pandemia y las políticas sociales se ha quedado sin empleo y sin changas. Segundo: El odio alimentado por los medios de comunicación sobre una clase media que pierde el sacrificio de toda una vida para vivir dignamente y no sabe cómo pedir ayuda del estado.

Pese a todo, los argentinos hemos demostrado que con perseverancia se puede salir de las crisis más agudas, la mayoría de ellas creadas por gobiernos ajenos al bienestar del pueblo. Pero la realidad es que ya no se aguanta más. Estamos débiles.

Y es el gobierno de Alberto Fernández quién deberá transmitir la fortaleza que nos ayude a transitar este difícil momento, uno de los períodos de mayor confusión y desorden de la historia reciente causado por una extraña enfermedad importada y una conocida avaricia nacional.

Alejandro Lamaisón

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