Sísifo

Sísifo

Quizá fue el cansancio de empujar tantas veces la pesada piedra de Sísifo lo que motivó de repente   que Emilio Scatori apretara a fondo el acelerador justo en la curva más peligrosa de la escarpada ladera montañosa. El automóvil rompió el guardaraid y voló unos metros, quedando con la trompa destrozada pero pendiendo de la punta del farallón en un peligroso vaivén. Emilio, con el rostro ensangrentado abrió la puerta y saltó a suelo firme justo en el momento que el auto se precipitó al vacío.

Se quedó allí, tendido boca arriba sobre el polvoriento suelo rocoso mirando el cielo crepuscular de Ciudad del Lago, justo a la hora en que los luceros alardean arrogantes  frente a las tímidas estrellas. ¡No soy un suicida!- se gritó a sí mismo en medio de la soledad de la montaña. Mientras llenaba sus pulmones de aire como para asegurarse de que estaba vivo, comenzó a analizar minuciosamente aquella jornada en la que había concurrido a una reunión de trabajo y al terminar la misma subió al ascensor con Carrillo para regresar a su casa. Recordó que hubo un corte de luz y el ascensor estuvo detenido unos minutos en el entrepiso, hasta que volvió la energía. También recordó que cuando salieron del ascensor él y Carrillo confundieron la dirección y se dirigieron a la derecha, mientras que normalmente salían hacia la izquierda de cara a la puerta de salida. Era como si algún bromista hubiese invertido la posición del edificio. Ambos se sonrieron y pensaron que el breve momento que pasaron a oscuras en el ascensor les había jugado una mala pasada con la orientación. A partir de ese día, desde el momento en que puso el pie en la calle y se despidió de su compañero,  su vida cambió para siempre.

Sus cavilaciones se interrumpieron por un momento al sentir un punzante dolor en la vejiga motivado por la presión del orín retenido por tanto tiempo. Lentamente, haciendo girar su cuerpo de costado se desabrochó el pantalón y  orinó con desenfrenada fruición en medio de la solitaria noche cósmica. Al oeste, las luces de la ciudad competían con los últimos rayos del poniente.

Un oportuno automovilista se detuvo a auxiliarlo y tras una llamada telefónica en pocos minutos ya se encontraba en una ambulancia rumbo a Ciudad del Lago. En el hospital le escanearon cada centímetro de su cuerpo en el que detectaron solamente una fractura en su fémur derecho. La sangre de su rostro sólo se debió a una pequeña hemorragia nasal, por lo que fue derivado a internación preventiva para que descansara. Su esposa con lágrimas en los ojos y sus amigos radiantes de sonrisas lo esperaban en una confortable y luminosa habitación.

-¡Mi sol!- dijo ella y lo abrazó con fuerza.

-Nos diste un buen susto- dijeron a coro sus amigos.

Emilio los miraba con la boca abierta sin entender que estaba sucediendo. Si algo caracterizaba a su entorno íntimo era la falta de empatía y el cinismo, por lo tanto ¿Por qué hablaban  como si estuvieran actuando en una obra naif?

Las constantes demostraciones de cariño finalmente vencieron su actitud defensiva y Emilio terminó entregándose al disfrute de ser mimado como un niño, casi hasta olvidar el motivo del intento de suicidio.

A los dos días fue dado de alta y el regreso a su casa se transformó nuevamente en una fiesta de bienvenida, en la que sus amigos y personal doméstico lo recibieron con ingeniosas pancartas de salutación que cubrían de punta a punta el espacioso living de la residencia. Realmente su hogar era bello, su esposa era encantadora, su vida era hermosa hasta el hastío pueril de tener que asumir el escenario que se le presentaba como una realidad ineluctable. Era la edad de la inocencia en un ambiente victoriano.

Durante toda la semana de convalecencia Emilio gozó en su confortable caserón de plácidas veladas con sus allegados, en los que nunca faltaba la buena comida, la bebida en abundancia y una gran variedad de psicotrópicos que eran consumidos con desenfreno por todos los concurrentes.  Por las tardes, junto a su esposa recorrían la costanera de Ciudad del Lago bajo un clima excepcional en el que la primavera  se reflejaba en el paisaje y en las miradas de los paseantes.

-¿Te diste cuenta que ya prácticamente no existe el frío?- le preguntó Emilio a su esposa.

-Mejor así, ¿no crees?- dijo ella apretándose contra su brazo.

-Sí, pero hay muchas cosas que no son como deben ser- reflexionó Emilio.

-¿A qué te referís?

-No sé, digo que a veces las cosas son demasiado perfectas.

– Como aquellas flores silvestres sobre el pasto- señaló con inocencia su esposa.

-¡No!, toda nuestra vida, todos nuestros conocidos son increíblemente magníficos, nuestras casas son fastuosas, todo de la mañana a la noche es impecable.

-¡Por Dios, no me empieces a asustar de nuevo!- dijo ella y lo soltó por un momento.

-No me malinterpretes, yo estoy más que agradecido por lo que tengo, pero es que algo  no coincide con lo que era antes.

-¿Antes de que?

Emilio dudó un momento antes de contestar. Miró los ojos de su mujer y  lo invadió la culpa.

-De nada, no te preocupes- respondió.

Cumplida la semana de recuperación ya estaba trabajando en su oficina. Su empleo como arquitecto era tan rutinario como su vida, pues como encargado de Planificación Urbana prácticamente no tenía trabajo, dado que en Ciudad del Lago toda la obra pública se había delegado a las empresas privadas. Sólo de vez en cuando recorría la ciudad para realizar anodinas inspecciones de rigor.

El grupo de trabajo era ameno y los horarios discontinuos de la jornada laboral permitían intercalar reuniones de camaradería entre los empleados, en las que generalmente se planificaba las actividades recreativas a realizar durante el fin de semana. Ni bien entró a la oficina lo primero que hizo Emilio fue tratar de ver a Carrillo. Quería saber si él también había pasado por esa extraña experiencia al bajar del ascensor aquel nefasto día. En la oficina le dijeron que desde el  día del accidente de Emilio, Carrillo había pedido licencia, pero que mañana se reintegraba al trabajo. Intentó varias veces llamarlo por teléfono, pero nadie contestó. No había más remedio que contener la ansiedad y esperar al día siguiente.

Regresó a su casa abatido. Sabía que hasta que no hablara con Carrillo la angustia de no poder compartir el escenario que estaba viviendo lo volvería a deprimir en cualquier momento.

Su esposa lo esperaba con la comida recién hecha por el cocinero oriental que habían contratado después del accidente de Emilio. La cocina, pese al despliegue de carne asada y papas al horno, olía a madreselvas.

-Esta noche nos reunimos con Leticia para organizar la apuesta del fin de semana- dijo ella.

-¿Qué proponen hacer?- preguntó Emilio

-Creo que nos toca recorrer los barrios bajos para comer de la basura que arroja el vecindario, ¡Qué loco!, seremos como indigentes desesperados por el hambre. ¿Vas a venir?

Inesperadamente Emilio perdió el apetito.

-No lo creo.

-La semana pasada no me acompañaste- le reprochó ella.

-La semana pasada yo vivía una vida normal, pero ahora ni siquiera sé que hago aquí.

-¿Qué te pasa, amor?- preguntó su esposa evidentemente preocupada.

-No lo sé, pero algo no anda bien- dijo Emilio mientras intentaba saborear la carne, pero un intenso gusto a plástico le revolvía las tripas.

“Es increíble”, pensó “nada, ni siquiera este pedazo de comida que tengo en la boca es real”.

Al día siguiente al llegar al trabajo directamente fue a la oficina de Carrillo, quien lo recibió dubitativo, casi con desgano, pero quedaron que a la salida se encontrarían en un bar cercano al trabajo.

A las seis de la tarde por fin se reunieron. Emilio le contó paso a paso la experiencia de los días que siguieron a aquel en el que ambos descendieron del ascensor y Carrillo le confesó que lo había estado evadiendo porque él también sintió ganas de morir. Ambos coincidieron en que ese suceso extraño les había cambiado la manera de ver el mundo. Era como estar atrapado en un universo en el que las personas y las cosas eran ridículamente superficiales y vacías. Sólo ellos dos encontraban contradicciones y dudas en un mundo plagado de certezas absolutas.

-¿Hay salida?- preguntó Carrillo

-No lo sé, pero tengo un plan.

Esa tarde, antes de despedirse, ambos coincidieron en que podía haber una alternativa para terminar con ese tormento. La idea podía llegar a ser una quimera, pero era la única manera lógica de volver a ese mundo abandonado por los dos el día que el ascensor se detuvo en el entrepiso. Acordaron que ambos deberían volver a repetir el suceso del ascensor de la misma manera que aquella vez, pero al revés. Si esa era la “puerta” que abrieron por el sólo hecho de quedar varados unos minutos en el entrepiso, ese episodio debería repetirse a la inversa, es decir subirían hasta detenerse un instante en el entrepiso para luego continuar hasta las oficinas de reunión.

Cuando llegó a su casa Emilio se sentía un poco más optimista.

Después de cenar, mientras disfrutaban del fuego de la chimenea y miraban televisión Emilio le preguntó a su esposa si recordaba  algún momento en el que hubiesen discutido o al menos que no coincidieran en todo.

– Creo que tuvimos la suerte de ser tal para cual- dijo ella.

-Pero…no has notado que nuestros amigos también parecen llevarse extremadamente bien, nunca nadie discute, todo es felicidad.

-¿Y qué mejor que eso, acaso necesitas una pelea para dejar de pensar cosas raras?- preguntó ella sin perder en ningún momento su expresión de ternura.

-peleas no, pero aunque sea hablar de lo que nos preocupa, por qué no podemos tener hijos, por qué estuve a punto de quitarme la vida, todos temas que se evitan.

-Sabes que no puedo tener hijos porque es ilegal.

-Ya lo sé, pero las cosas no son reales, es decir, hacemos como que somos ricos, como que somos indigentes, como que morimos, como que somos felices, siempre “como que”- acotó Emilio y haciendo un esfuerzo intelectual intentó explicar: Sabemos que casi todos los días comemos y bebemos cosas que nos gustan, pero ¿no has notado que no tienen sabor? Es más, todos los días al ir al trabajo noto que el sol parece que calentara, pero en realidad el calor viene de otro lado, es decir, creo que me estoy volviendo loco, ¿no?

-A veces me asustas, Emilio, decís tantas cosas extrañas que tengo miedo que repitas eso que ya sabes.-

-¡Que trate de matarme!, eso, decílo con todas las letras ¡MATARME!

Emilio se arrepintió de haber gritado y se sintió culpable al ver el llanto de su esposa que en definitiva era tan víctima como él de esta vida sin sentido. Ella no tenía por qué entender que pertenecía a un mundo habitado por sujetos programados por algún demiurgo desquiciado en donde todo era hedonismo y felicidad.

Al día siguiente Carrillo lo estaba esperando en la puerta del edificio donde estaban las oficinas de reuniones. Ambos se habían excusado de ir a trabajar por razones particulares y tenían toda la mañana libre para llevar a cabo lo que habían planeado. Cuando se saludaron notaron que ambos llevaban la misma vestimenta de aquel día. Entraron al edificio y saludaron a la recepcionista que los recibió con una amplia sonrisa, un poco sorprendida por la visita ya que no era el habitual día de reuniones. Igual que dos niños traviesos a punto de cometer una jugarreta fatal se dirigieron hacia el ascensor que se encontraba con las puertas abiertas de par en par, como un monstruo esperando devorar a sus presas. Marcaron el piso de reuniones y las puertas se cerraron. Un ruido de engranajes oxidados les indicó que comenzaban a subir. Los tres segundos que tardó en llegar al entrepiso parecieron eternos, ambos esperaban que algo sucediera, ambos sabían cuál sería su destino si el plan fallaba. Ambos dejaron de respirar. El ascensor se detuvo en el entrepiso tras el corte de energía y el alma les volvió al cuerpo. Exhalaron todo el aire de sus pulmones. Luego de tres minutos detenidos comenzaron a elevarse nuevamente, hasta llegar al piso de reuniones. Cuando se abrió la puerta Carrillo fue el primero en intentar salir, pero al ver hacia afuera se detuvo  como petrificado.

-¡No salgas!, gritó y pulsó el botón para bajar mientras ponía el cuerpo delante de Emilio para evitar que descendiera.

-¿Por qué, que viste?- preguntó sorprendido.

¡No está bien, no hay nada bien, salgamos de aquí ya!- gritó aterrorizado y lo miró con los ojos desorbitados.

Al descender esta vez el ascensor no se quedó en el entrepiso y bajaron directamente. Cuando la puerta se abrió Carrillo estaba tan espantado que no atinó a hacer nada hasta que, al llegar a la calle se sentó en el suelo y tapándose el rostro con las piernas y la cabeza con las manos comenzó a llorar como un chico. Emilio esperó pacientemente hasta que Carrillo recuperara poco a poco la calma y tomándolo suavemente de los hombros volvió a preguntarle:

-¿Qué es los que viste en el piso de reuniones que te asustó tanto?

Carrillo lo miró con el rostro desencajado y gesticuló como para explicar algo que lo llenaba de horror pero no encontraba el concepto para definirlo, hasta que al final lo expresó en su plena literalidad:

-¡No vi NADA,  no había NADA, absolutamente NADA!

A la mañana siguiente Carrillo se tiró del noveno piso de su oficina.

Durante los días siguientes al velatorio los compañeros de oficina, algún familiar atraído por la herencia y hasta el intendente de Ciudad del Lago dieron una serie de explicaciones para justificar esa alteración de la armonía universal que significaba la muerte violenta de un ciudadano. Sólo un ser inadaptado podría querer quitarse la vida, sólo aquel que quisiera alterar el orden funcional de un mundo que había logrado la perfección podría tener el tupé de marchar en contra del verdadero orden establecido. El orden de la felicidad.

Emilio comprendió que en el mundo que conoció alguna vez, las personas eran valoradas por lo que eran, por lo que hacían o bien por lo que poseían. Ahora era el grado de felicidad lo que determinaba el precio de la existencia. Así, en medio de una hedonista travesía de tiempos muertos la vida de Emilio sería una condena eterna, salvo que algún día pudiera, como su amigo, recuperar el coraje y terminar para siempre con su vida.

Ese día ya se acerca. De alguna manera se las ha arreglado para conseguir una Beretta nueve milímetros que un viejo contrabandista le vendió a un precio exorbitante. El sabor metálico del caño en su garganta le oprime las amígdalas hasta producirle arcadas y supone que si se atiene a la realidad, esta vez no puede fallar. Cierra los ojos con fuerza, aprieta el gatillo y comienza a empujar nuevamente la pesada piedra.

Alejandro Lamaisón

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