TIEMPO Y MEMORIA: El fraude neoliberal en la era de la comunicación

La respuesta está sin duda alguna en el borramiento de la memoria como manera de estimular el inconsciente colectivo.

CUANDO SE PRIORIZA AL MERCADO POR SOBRE LOS DERECHOS HUMANOS, SURGEN ABERRACIONES HISTÓRICAS DE LAS CUALES EL NEO FASCISMO ES EL RESULTADO INEVITABLE DEL FRACASO NEOLIBERAL.

RESUMEN

Si escogemos la vida como el derecho humano fundamental sobre todas las opciones que se nos presentan, no hay discusión de que, inmediatamente después de asumir la presidencia, Raúl Alfonsín hizo lo correcto al crear la CONADEP. Indudablemente era prioritario investigar, juzgar y castigar a los responsables del proceso genocida de la última dictadura cívico-militar, sólo que los objetivos económicos, ideológicos y culturales de dichas políticas criminales gozan actualmente de absoluta impunidad. El neoliberalismo, teoría económica del Proceso de Reorganización Nacional, nunca ha sido juzgado. Hoy, esta ideología inhumana sobrevive aggiornada en el seno de las derechas liberales y en el inusitado avance mundial de las ultraderechas nazi- fascistas. Intentaremos en este breve ensayo iluminar algunos de los aspectos más evidentes del sistema de apropiación neoliberal que comenzó en la década del 70 pero que en la actualidad se ha adaptado a las democracias de nuevo siglo apelando al marketing y al uso de las nuevas tecnologías. Este trabajo tiene como objetivo analizar y mostrar la otra cara de la misma moneda, la parte inconclusa del Nunca Más y la astucia inminente del capitalismo de shock para reinventarse constantemente, escamoteando el juicio de la memoria colectiva.

INTROITO

Según la percepción cotidiana, la experiencia es el conjunto de acontecimientos o circunstancias acumuladas a lo largo de la vida de una persona o grupo que por sus características trascendentales resultan dignas de destacar y guardar en la memoria.

Esta capacidad de recordar y asimilar dichas experiencias debería actuar como dispositivo de alerta para evitar repetir los mismos errores del pasado y replantearse el camino a seguir en el momento de tomar una decisión.

Sin embargo, la historia demuestra todo lo contrario.

A pesar de los daños irreversibles sufridos por los seres humanos tras siglos de guerras, de cambio climático producto de la polución industrial y del hambre global generado por la voracidad insaciable del capitalismo salvaje, una y otra vez se vuelven a repetir los mismos actos.

Todas las teorías elucubradas a lo largo de la historia para morigerar el flagelo de las inequidades propias de la naturaleza humana, paradójicamente parecerían disolverse a medida que avanzamos en la experiencia democrática de elegir a nuestros gobernantes. Rousseau sostenía que la desigualdad social y política no es natural, que no deriva de una voluntad divina y que tampoco es una consecuencia de la desigualdad natural entre los hombres. Por el contrario, su origen es el resultado de la propiedad privada y de los abusos de aquellos que se apropian para sí de la riqueza del mundo y de los beneficios privados que derivan de esa apropiación.

Con una visión más pesimista del espíritu humano, Hobbes decía que como “el hombre es el lobo del hombre” y el individuo más fuerte explota o maltrata al más débil debería establecerse un contrato social. Este pacto otorgaría a cada individuo derechos y deberes a cambio de abandonar la libertad que posee en estado natural, para asegurar su sobrevivencia en la sociedad. Como tal, el contrato social es diseñado con la intención de establecer una autoridad, normas morales y leyes a las que estarían sometidos y deberían cumplir todos los individuos.

Hegel sostenía que los procesos históricos son una sucesión de luchas constantes de fuerzas opuestas cuyo resultado dará comienzo a un nuevo proceso en el que la síntesis del anterior dará inicio a una nueva tesis en cuyo contrario estará la esencia de la (r) evolución.

Despojándola de su caparazón idealista, el marxismo toma de la filosofía hegeliana el argumento de que la realidad y la historia son dialécticas, pero invierte el resultado de dicho proceso. Si para Hegel las ideas no son más que la consecuencia del reflejo de la realidad en el cerebro humano, para el materialismo marxista la realidad es objetiva y de origen material, independientemente de la conciencia. Esta estructura de pensamiento materialista explicará que las revoluciones políticas y sociales se producen por la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción y por la lucha de clases.

La posmodernidad dio al traste con la ilusión dialéctica de un progreso constante y vaticinó en cambio la posibilidad de que la historia podía detenerse e incluso involucionar, derrumbando así la certeza de los grandes relatos iluministas y de la ilustración.

Si tomamos el siglo XX como referencia, con el advenimiento del nazismo, el fascismo y las sangrientas dictaduras totalitarias luego de la descolonización, más la pandemia del siglo XXI que desnudó el egoísmo y la mezquindad de la condición humana, no hay duda que la filosofía posmoderna es la más pragmática a pesar de su alto contenido individualista.

La verdad absoluta no existe, sino que existen interpretaciones múltiples de los hechos. Foucault se apoya en la tesis de Nietzsche: «No hay hechos, hay interpretaciones», para decir que el poder crea la verdad, por lo que ante un hecho, cada individuo crea su interpretación del mismo, esto es, su propia verdad. Sin embargo, es el poder, el que dispone de los medios para imponer su interpretación a los demás.

En definitiva, el fin de la historia se parecería más al poscapitalismo actual que a las utopías pregonadas por los grandes filósofos del pasado.

Con el advenimiento de las democracias modernas las viejas consignas liberales y marxistas parecerían difuminarse en la mente de los ciudadanos que, en el momento del sufragio eligen increíblemente a sus propios verdugos representados por gobernantes corruptos al servicio exclusivo de sus intereses y de los de su clase.

Las consecuencias de esta acción inconsciente quedan al descubierto inmediatamente pues los modelos económicos que se aplican son siempre los mismos: cientos de millones de personas que viven en la pobreza extrema mientras las élites más ricas reciben enormes ganancias.

Según un informe de la ONG Oxfam Internacional publicado a fines de 2018, la concentración de la riqueza se había acentuado a tal punto en el mundo que 26 familias de multimillonarios poseían más dinero que los 3.800 millones de personas más pobres del planeta.

Luego de la pandemia, la fortuna de los súper ricos se acentuó en 3,9 billones de dólares entre el 18 de marzo y el 31 de diciembre de 2020, y los 10 más ricos experimentaron colectivamente un incremento de 540.000 millones de dólares.

Por el contrario, además de haber matado más de dos millones de personas, el Covid ha arrojado a la pobreza extrema a cientos de millones de seres humanos que se encontraban en situación vulnerable antes de su devastadora aparición.

En tal sentido, las fortunas de los multimillonarios volvieron a sus máximos anteriores a la pandemia en sólo nueve meses, mientras que la recuperación de las personas más pobres del mundo podría llevar más de una década.

¿Es entonces un acto concerniente a la estupidez humana el que nos lleva a reiterar lo que ya fracasó o existen fuerzas superiores que nos manipulan como títeres en el momento de discernir entre distintas opciones a favor o en contra de nuestras necesidades?

¿Existe una atrofia de la memoria producto de la manipulación de nuestro inconsciente y si la hay, ¿Quién acciona ese dispositivo de shock que transforma en tabula rasa nuestra mente y toda nuestra experiencia individual y colectiva?

Precisamente, este breve ensayo pretende responder estas preguntas acotando el campo de investigación a algunos de los dispositivos del poder que tienen la increíble capacidad de generar sentido y de conquistar de manera transversal la subjetividad de amplios grupos etarios sin que estos tomen conciencia de que son colonizados.

Decía Foucault, que el poder es la razón que ve, que domina, que instrumenta y que controla. Hasta las ciencias humanas estudian al hombre para conocerlo y dominarlo mejor. El poder tiene la capacidad de producir, crear e imponer su verdad, y la razón ha sido instaurada para dominar a los hombres.

El poder es la capacidad que tiene una persona o un determinado grupo de imponer su verdad como verdad para todos, con el fin de someter las voluntades y las conciencias en beneficio propio. Además tiene la habilidad de sofocar las demás verdades que no disponen del dominio suficiente para imponerse. Esta facultad es utilizada por los poderes institucionales y fácticos para difundir repetidamente la interpretación o versión de los hechos que estratégicamente les benefician, con el fin de alcanzar los objetivos de control de masas y sacar ventaja política, económica o de cualquier otro tipo. Se trata de sujetar la subjetividad de los sujetos utilizando la racionalidad estratégica o instrumental para dominar a la naturaleza y a las personas.

En este sentido, uno de los dispositivos  más efectivos que utilizará el poder para perpetuar su hegemonía serán los medios masivos de comunicación.

LA SOCIEDAD DE MASAS Y LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Cuando en la noche de Halloween de 1938 Orson Welles emitió por la emisora RKO de Nueva York una teatralización de una invasión extraterrestre, parte de la audiencia norteamericana entró en pánico, los servicios de emergencia colapsaron y se dispuso la evacuación de numerosas poblaciones. A partir de este hecho quedó en evidencia la capacidad de los medios de comunicación para influir en la sociedad y modificar conductas. La industria cultural no sólo generaba pingües ganancias, sino que además otorgaba un poder casi imperial tanto a sus propietarios privados como a los gobiernos en la disputa por la hegemonía.

Durante la mayor parte del siglo XX los mass media, a la par del estado, la iglesia y el sistema educativo fueron los principales formadores de sentido en una sociedad que migraba constantemente hacia las grandes urbes en busca de trabajo y una mejor calidad de vida.

Ante este aluvión demográfico, los medios de comunicación funcionaron como el nexo entre las personas y su entorno, aglutinando las conductas y creando significantes estandarizados, tanto en las expectativas de realización personal como en los hábitos de consumo. La prensa, la radio, el cine y la televisión organizaban las agendas y decidían los temas de los que se hablaba y que otros no merecían la atención; qué se mostraba y qué se ocultaba.

A su vez el desarrollo de la publicidad reforzaba la tendencia al consumo masivo tanto de productos como de información. Algunas teorías veían al receptor como un sujeto pasivo susceptible de poder inocular en su cerebro maneras de comportamiento (teoría hipodérmica), otras como un canal de propaganda y de estetización de la política, principalmente durante el período de entreguerras.

Este alerta sobre los efectos negativos de los mensajes mediáticos dio origen a los estudios más importantes del siglo respecto a la crítica sociológica de los medios. Orwell, alarmado por los abusos del estalinismo, imaginó una pesadilla en donde el medio de comunicación generaba el amor hipnótico de una sociedad hacia un líder (el Gran Hermano) y el odio hacia un enemigo inventado.

Otra teoría, llamada “de los efectos”, sostenía que las personas se dejan persuadir por los medios sólo si ellas quieren, y son éstas quienes deciden que quieren ver, cuando y como. Este modelo incorporaba la opinión pública a la estructura comunicacional, lo que implicaba la novedad de incluir al receptor en el esquema de la comunicación, destacando de esta manera la eficacia de la retroalimentación (feedback).

También se comprobó que las personas, en base a la experiencia en el consumo, también eran receptores activos de la información, por lo que el positivismo sociológico no tardó en afirmar que a través de los medios de comunicación se lograrían aspectos positivos y benéficos para la sociedad, pues podrían cumplir con ciertos fines sociales que terminarían apoyando el desarrollo de toda la humanidad.

Durante los años sesenta, la tesis del framing o del encuadre comenzó a tener vigencia en el campo de la teoría de la comunicación, convirtiéndose en un paradigma multidisciplinario que permitió abordar globalmente el estudio de los efectos de los medios de comunicación sobre los individuos y los públicos.

La teoría del encuadre, utiliza la metáfora del “marco” para analizar cómo se estructuran los procesos mentales (creencias, percepciones, sentido común) en relación con el lenguaje, y a su vez, cómo es que estos pueden ser manipulados.

Dentro de nuestro sistema cognitivo, las palabras cumplen funciones similares a las de un “marco”; entendiendo por “marco” algo que fija ciertos límites; es un objeto que selecciona una información determinada de entre el total de información disponible, y nos presenta solo esa selección. Es así como los encuadres nos permiten prestar atención sobre una cosa, en detrimento de otra.

En épocas recientes, la teoría del framing ha tomado un nuevo impulso mediante la aplicación de recursos de la lingüística cognitiva, lo que le ha permitido estudiar cómo se construye la opinión pública en relación con la información que recibimos de dispositivos concretos, como es el caso de los medios masivos de comunicación.

A principios de la década del 80, con el nuevo servicio de televisión prepaga distribuida  por cable nacen las segmentaciones de audiencias y las mediciones del rating.

El resultado fue la creación de maneras alternativas de informar y la multiplicidad de nuevos canales de comunicación. La información y el entretenimiento podía ser elegida por la gente de acuerdo a su gusto, pero la emisión del contenido se limitaba siempre a un reducido grupo de propietarios de los medios (generalmente en manos de las élites del momento).

Durante este período, una corriente contestataria dio nacimiento a los medios alternativos como oposición al discurso dominante, pero siempre se mantuvieron al borde de la supervivencia por razones obvias: el pez más grande se come al más pequeño.

A fin de siglo las grandes corporaciones y cadenas de noticias tenían el poder de manipular la totalidad de la agenda informativa, recreativa y cultural, pero surgió un nuevo medio de comunicación: anárquico, incontrolable, incensurable, contestatario y con una potencia de feed-back superior a cualquier medio conocido hasta entonces.

Ya no había posibilidad de ocultar o sesgar ningún tema, noticia o hecho que sucediera prácticamente a nivel planetario. Este milagro de la tecnología se llamó Internet.

La humanidad entera parecía haber entrado en la apoteosis de la libertad de expresión y en la posibilidad de acceder ilimitadamente a cualquier tipo de información.

Pero algo ocurrió.

MEDIOS DE HIPER- COMUNICACIÓN

En el nuevo milenio la revolución digital y el desarrollo de la tecnología trajo aparejado un cambio de paradigma en materia de la cultura de masas y el desarrollo de los mass media.

Como si habitáramos la infinita biblioteca de Babel imaginada por Borges, todas las personas pudimos en poco tiempo acceder a noticias, textos, imágenes y sonidos de todo tipo sin ningún tipo de límite ni censura. Las nuevas herramientas tecnológicas y dispositivos inteligentes para los diversos consumos culturales permitieron no sólo la recepción de toda la información que hay en el mundo, sino que también incentivaron la participación activa de los receptores en el cúmulo de posibilidades que otorgan los nuevos sistemas digitales.

En sus comienzos, cuando la industria cultural y los medios de comunicación intentaban posicionarse como formadores de sentido en la opinión pública, la escuela de Frankfurt estudió en profundidad los efectos nefastos de la manipulación mediática.

Fue así que uno de sus representantes más lúcidos, el filósofo Walter Benjamin, anticipó los resultados apocalípticos de utilizar la tecnología como herramienta de propaganda en un mundo en que el fascismo se encontraba en pleno desarrollo.

El siglo pasó y proféticamente, como lo anticipara Benjamin, la tecnología se adueñó de las comunicaciones, como así también el componente fascista implícito en la estructura ideológica de los multimedios, tanto en los tradicionales como en los modernos.

En este momento podría decirse que hay un uso indiscriminado de los medios de comunicación. Todo se halla a la vista, los archivos están disponibles en cualquier momento y lugar en que se disponga de conexión.

Los dispositivos de enunciación de la cultura actual no borran los archivos que quieren que no se sepan, sino que hacen obsoleta su función, propiciando una inconsistencia de la memoria que no opera, como en la censura, por borradura del soporte colectivo sino, según el filósofo Walter Benjamin, por atrofia de la experiencia.

El pensador llegaba a ese resultado basándose en los cambios de principios del siglo XX, cuando comenzaba a masificarse la cultura a través de los medios de comunicación.

En su obra, Benjamin plantea la pérdida del aura en la reproducción técnica de la obra de arte ya que deja de existir el aquí y ahora de la misma, lo que trasladado a la política significa la destrucción del objetivo primordial por la que fue creada. La política como objeto de culto pasa a ser un consumo más de las masas.

Precisamente esta atrofia progresiva de la experiencia estética tiene su paralelo en las posibilidades de la experiencia política. En la aldea global, “la multitud, bombardeada como homogeneidad indiferenciada por la masividad de las comunicaciones ha dado paso a una fragmentación en individualidades que, buscando refugio a ese asedio informativo, dificultan las posibilidades de representación política”.

Por consiguiente, los mensajes con los que se interpela a la población se tornan de una extrema ambigüedad discursiva, de manera tal que la distancia entre lo real y lo virtual resulta paralizante. Por ende, el ser humano desaparece. Lo político pierde capacidad de ejercicio. Hablando a todos se dirige a ninguno.

Un ejemplo claro de esta pérdida cognitiva se da al momento de votar, ya que no elegimos un candidato ni una ideología, sólo elegimos un sistema que el sentido común nos dice que virtualmente puede funcionar a pesar de que en la realidad nunca funcionó.

¿Cómo es posible que, pese a que observamos en las redes y en los medios independientes la transferencia de recursos de los pobres hacia los ricos a través de políticas ultra liberales se sigue votando a los mismos artífices de estas estrategias expoliadoras?

¿Por qué no nos indignamos cuando un sistema político vandálico que retorna al poder votado por nosotros mismos hambrea y mata como moscas a millones de niños en todo el planeta?

¿Cómo pudo el neoliberalismo en Argentina después del exterminio cívico- militar- eclesiástico de los 70 resurgir tres veces más de manera democrática y con posibilidades de regresar por cuarta vez?

La respuesta está sin duda alguna en el borramiento de la memoria como manera de estimular el inconsciente colectivo.

No es casual que el macrismo haya ignorado hasta el paroxismo las fechas patrias y que durante su gobierno se haya quitado de la moneda argentina las imágenes de los próceres reemplazándolas por animales. Si se observaba con detención las oficinas públicas, casi ninguna exhibía la bandera argentina y en las currículas escolares se suprimió el llamado revisionismo histórico, herramienta fundamental para explicar las causas de la dependencia.

“Si se definen las representaciones radicadas en la mémoire involontaire, que tienden a agruparse en torno a un objeto sensible, los procesos se desarrollarán ahora sin nosotros y la utopía máxima de cambiar el mundo habrá cedido su lugar de privilegio a la utopía mínima de sobrevivir”.

Se pude decir que si no hay una toma de conciencia individual difícilmente se pueda lograr una verdadera toma de conciencia social.

FALSA CONCIENCIA

Según la concepción marxista el estado de alienación de las clases oprimidas se debe a la “falsa conciencia” que sus integrantes tienen respecto a la visión del mundo dado que las mismas se contradicen con sus condiciones materiales de existencia. Son los mecanismos ideológicos los que ocultan al individuo cuáles son sus verdaderos intereses.

En este sentido el neoliberalismo impone a través de los medios de comunicación las formas mentales de la clase dominante (el sentido común) haciéndolas pasar como si fueran de toda la sociedad.

Esta falsa conciencia se pudo observar en las elecciones presidenciales argentinas, en la cual el cuarenta por ciento de la clase trabajadora votó por un candidato que durante cuatro años se dedicó a empobrecerlos no sólo a ellos, sino a la mayoría de los ciudadanos. Esos votantes, según la visión marxista, carecen de conciencia de clase, ya que adoptan una visión del mundo que no concuerda con sus propias necesidades, sino con las del capitalismo financiero global.

¿Cómo se logra este estado de alienación?

Inoculando el odio.

Desde que comenzó la era de la globalización, los medios de comunicación perdieron definitivamente su función informativa para transformarse en una extensión o apéndice del poder, donde su papel de “eje desordenador de las subjetividades colectivas, siembra angustia, miedo y terror, y criminaliza las acciones populares de las ciudadanías emergentes”.

Tanto los medios tradicionales como los digitales a través de las redes sociales, apoyados por los algoritmos inteligentes, han logrado producir un odio desenfrenado en vastos sectores de la sociedad mediante la construcción de un imaginario social en el que siempre está la idea de un enemigo que vulnera la seguridad personal y pone en riesgo el patrimonio familiar o el de la Nación a la que pertenece.

De ahí que miedo, odio y castigo en las urnas son tres escenarios que articulan la nueva estrategia del establishment para estar presente en el inconsciente colectivo de los ciudadanos.

En tal sentido, su poder de persuasión se potencia ampliamente porque muchas veces remplazan el discurso por la imagen cuyo impacto es mayor porque queda impreso en la mente como un signo de incertidumbre y angustia.

En respuesta ante una amenaza interna o externa percibida por el sujeto de manera perenne –“vamos camino a ser cómo Venezuela”, por ejemplo- producirá un efecto crónico al percibirse como un estado permanente en la vida cotidiana, no sólo de los afectados directamente sino por los que conviven y son parte del segmento social donde se inscribe el sujeto.

“Por lo anterior, los medios sutilmente remplazan en gran medida al agente coercitivo y priorizan la represión ideológica (Nueva versión de la Guerra de Baja Intensidad) donde cualquiera puede percibirse amenazado sin ser parte de los problemas que divulgan”.

Es así que el odio, el estereotipo y la estigmatización se despliegan a caballo del sentido común generado por los medios de comunicación hegemónicos, quienes de la mano del poder político y judicial harán del ciudadano-receptor fervientes divulgadores de la ideología dominante.

En el inconsciente el votante sabe que un político del establishment no mejorará su situación económica e incluso que empeorará, pero está dispuesto al sacrificio a cambio de que aquellos sujetos a los que odia la pasen peor que él. Es decir, el triunfo de los gobiernos neoliberales no garantiza una mejor calidad de vida para sus votantes, pero sí garantizan una vida peor para aquellos a quienes odian.

Empleados públicos, comerciantes, pequeños productores y hasta simples changarines reproducen el discurso dominante de que “se robaron un P.B.I.”, sin siquiera saber que quieren decir las siglas P.B.I. Odian a los desocupados que apenas sobreviven con un mísero plan de desempleo y a las mujeres que “se embarazan para cobrar la asignación universal por hijo” con un sadismo desproporcionado, propio del que carece de conciencia de clase.

El servilismo inconsciente que genera el neoliberalismo, para lo cual cuenta con los medios concentrados de comunicación, algunos sectores del sistema judicial y los servicios de inteligencia del poder político de turno, proviene directamente de la condición de mercancía usable y desechable que el capitalismo le atribuye al ser humano. Ese odio, ese desprecio por la otredad, es el portador de una forma homogénea de pensar, de una cultura uniforme y universal en la que la reflexión deja de existir. Nuevamente entra a jugar aquí la atrofia de la experiencia explorada por Benjamin, sólo que esta vez a través del resentimiento y el rencor.

Como ejemplo, basta observar una de las tácticas más comunes de la ideología neoliberal para inocular el odio en la sociedad, apelando al sistema del chivo expiatorio.

El procedimiento consiste en etiquetar a los líderes populistas de corruptos, luego se alimenta el racismo, la xenofobia, el machismo y el odio de clase machaconamente los 365 días del año,  hasta que el ciudadano queda al borde del paroxismo.

Se trata de dominar por medio de la violencia, la angustia y el miedo, elementos que atentan contra los lazos solidarios y alimentan la segregación. El objetivo es, sin duda, enfermar la cultura para destruir la opinión pública y finalmente colonizar la subjetividad de la sociedad civil.  Finalmente, el conflicto político termina convirtiéndose en una lucha de pobres contra pobres en la que sólo saldrá triunfante la eterna dependencia típica de los pueblos sometidos al capitalismo foráneo y a su principal representante: el FMI.

LOS MASS MEDIA Y EL ODIO COMO ESTRATEGIA

A mediados del siglo XIV, la peste negra arrasó con más de un tercio de la población europea. Dicha enfermedad era transmitida por la propagación de pulgas y piojos que transportaban las ratas y se contagiaba inmediatamente a las personas que, en su mayoría, vivían en pésimas condiciones de higiene. Las consecuencias sociales de la peste negra llegaron demasiado lejos: rápidamente se acusó a los judíos como causantes de la epidemia por medio de la intoxicación y el envenenamiento de pozos. El odio que creó la propagación de esta falsa información generó que en muchos lugares de Europa se iniciaran pogromos judíos y una extinción local de comunidades hebreas. La Iglesia había creado un enemigo a quien se le atribuían todos los males de la mortífera pandemia.

Al igual que hace más de setecientos años, el neoliberalismo, utilizando el poder formativo de los mass media, ha inventado un enemigo al que se le adjudica haber impedido que “la mano invisible del mercado” derramara su benevolencia universal sobre la sociedad.

El Estado de Bienestar, iniciado como consecuencia de la “Gran Depresión” en 1930 ha pasado a tener el mismo estatus que la peste bubónica y los gobernantes que lo administran en sus respectivos países, la misma persecución y el escarnio social que se utilizaba contra de los judíos del siglo XIV.

Desde hace cincuenta años el neoliberalismo – la verdadera enfermedad política, social y económica del mundo que ha arrojado a la miseria a millones de seres humanos- viene devastando cada país en el que se introduce a través de la propaganda de los medios de comunicación. Los efectos inmediatos de la infección se caracterizan por una baja instantánea en la salud de la población y por el abandono de los servicios sociales.

El contagio doctrinario originado por los gurúes del monetarismo asegura que para sobrellevar la enfermedad y crear los anticuerpos necesarios para entrar al paraíso es necesaria la caída del PBI mediante la reducción del déficit fiscal, la destrucción del empleo y la pobreza “digna”.

Al igual que en la edad media, el mismo odio que se inoculó a la sociedad contra los judíos hoy tienen como blanco a todos los presidentes progresistas, de izquierda o defensores de la independencia económica de sus respectivos países.

En colaboración con el poder judicial y los medios de comunicación se somete al escarnio público a sus dirigentes, se los encarcela y se borra de la memoria la experiencia de haber vivido en algún momento con la dignidad que brinda un Estado presente y benefactor.

Ya no hace falta mentir para ganar elecciones.

Ahora los candidatos del establishment anticipan que si son elegidos lo primero que harán es eliminar todos los derechos sociales adquiridos gracias al esfuerzo y la sangre derramada por la clase trabajadora en las viejas luchas sindicales del siglo XX.

Finalmente, los países toman deudas siderales que jamás serán pagadas por sus gobernantes, sino por el pueblo más humilde, de manera tal que quedarán sometidos de por vida a las instrucciones de la banca mundial, del FMI y de las decisiones hegemónicas de los países centrales.

Las nuevas estrategias comunicacionales tienen un fascismo implícito en cada noticia que generan, dado que siempre existe en ellas un enemigo malvado, inescrupuloso y causante de la suma de todos los males que aquejan a la sociedad. Sólo que la trayectoria y la imagen de ese supuesto enemigo llega hasta nosotros ya decodificada de antemano, de manera tal que no nos permite pensar por nosotros mismos.

Según los ingleses, en la época de la posverdad los hechos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones o las creencias personales. Es la mentira maquillada por la sociedad del espectáculo, en la medida que supone que la verdad se convierte en un elemento secundario e innecesario frente a la intencionalidad emocional.

Como resultado, la comunicación ya no informa, sino que se expresa a través de metáforas y clichés provocadores y ofensivos, como en una línea de montaje en la que las respuestas surgen de la boca de los gurúes liberales como vómitos arrojados a una masa de ciudadanos demandantes de un cambio urgente.

Frases como “No hagan caridad con mi bolsillo; con el culo ajeno todos somos putos”, “El socialismo es una enfermedad del alma”, “El modelo de cuarentena que impulsa el gobierno es un delito de lesa humanidad”, «Hay que transformar en queso gruyere a los delincuentes”, o las antiguas metáforas de Cambiemos: “La luz al final del túnel”, “turbulencias del mercado” o “achicar el estado para agrandar la república” son repetidas hasta el aburrimiento.

Los medios de comunicación han conquistado nuestra conciencia política, han colonizado nuestro sentido del mundo y nuestra capacidad de pensar de forma independiente de tal forma que la utilización del pensamiento concreto se hace tan difícil que terminamos eligiendo la comodidad del producto ya elaborado.

En definitiva, terminamos siendo pensados por la sociedad de la información, la cual nos impone engendros de la talla de Trump, Bolsonaro, Santiago Abascal Conde, Salvini, Milei y muchos más que peligrosamente, a través del voto ciudadano, estarían anunciando el ascenso de la ultraderecha y el fascismo en todo el mundo.

De claro corte antidemocrático, los discursos del odio proponen un juego que tensa los límites de la democracia y que no puede ser interpretado como un fenómeno individual sino como un resultado de la etapa actual del neoliberalismo.

Perdida la capacidad de construir un horizonte atractivo en términos electorales, los voceros del neoliberalismo recurren a eso que Boaventura de Santos Souza llamó fascismo social para construir una convocatoria con base en el miedo/odio al otro, poniéndolo como eje de la campaña política. El desprecio de la derecha por las instituciones que dice defender debe entenderse en el marco de la incapacidad del neoliberalismo tardío para construir hegemonía.

En éste toma y daca ultraliberal, la batalla cultural por la apropiación de sentido es ejecutada a través de la propaganda mediática y como ya lo anticipó la escuela de Frankfurt en el siglo pasado, la pasividad intelectual ha reflotado la temida estetización de la política y su enaltecimiento de la violencia.

Entre la mentira y la perversión se ha puesto al hombre común como el responsable de la pobreza y la postergación social, colocando a los factores de poder fuera de escena.

La culpa la tiene el populismo, por consiguiente, el peronismo es malo, Lula es ladrón, bloquear a Cuba y a Venezuela es necesario y la pobreza es digna.

“La humanidad, que antaño en Homero, era objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden”. Walter Benjamin anticipó en bella prosa el esteticismo de la política que el neoliberalismo propugna a través del aparato propagandístico dominante.

Por lo tanto, aquella parte de la sociedad que ha logrado resistir los embates del discurso ultraliberal y fascista, deberá acarrear con la responsabilidad de alertar a una población colonizada por el sentido común de los medios hegemónicos que el tiempo de desterrar definitivamente de la faz de la tierra a nuestros propios verdugos ha comenzado.

Si triunfara la razón, el voto en democracia sería el arma que le daría el disparo final.

MUNDO ALIENADO

A lo largo de la trilogía cinematográfica “Matrix” se plantea uno de los problemas más relevante del existencialismo, ya que se afirma que nada de lo que creíamos que existía, existe realmente; todo es una simple alucinación creada por unas máquinas para sacar beneficios de nosotros.

En la película, los seres humanos están sometidos por máquinas, manteniéndolos conectados a un mundo onírico y falso que proviene de un programa informático llamado Matrix.

El hecho de vivir en una realidad inventada, de transcurrir la vida siendo pensado por alguien que maneja nuestra subjetividad y crea la comodidad del sentido común, nos lleva a cuestionarnos sobre nuestra propia libertad.

La película hace referencia en primer lugar al padre del existencialismo Martin Heidegger, el cual en su libro Ser y Tiempo (1927) nos habla de dos tipos de vidas humanas: la existencia auténtica y la inauténtica.

En la existencia inauténtica se encuentran los humanos en estado de negación permanente, los que no dudan de lo que dicen las modas o los preceptos sociales, que siguen a las masas o a ciertas instituciones sin cuestionarlo. Los que se entregan al mundo del se dice que –“Se dice que esto es en lo que debo creer… que esto es lo que debo hacer… que éste es el libro que debo leer… que así es como debo llevar mi vida.”

Los que llevan una existencia inauténtica jamás se cuestionan quién es la persona que lo dijo y cuáles fueron las razones por las que se instituyó alguna ley, pauta o dogma “irrefutable”. Al contrario, acusan a la duda de ser una falta en contra de los valores establecidos.

El jurar que hay cosas que no se deben cuestionar es el primer síntoma de una existencia inauténtica. Es la que llevan aquellos que están dentro de Matrix y siguen con sus vidas creyendo que todo lo que viven, ven, escuchan y sienten es real.

Por otro lado, tenemos a la existencia auténtica, el antónimo, el ser humano que tras un enorme duelo supo aceptar y entender su naturaleza y lo que le rodea. Es al que su vida le pertenece, su existencia no se disuelve en el anonimato del que vive según lo que se le dice o informa, ya que no siente más miedo por cuestionarse todo lo que se dice. Éste es el hombre que elige por sí mismo –es el que sale de Matrix para alcanzar la libertad.

Pero en la vida, al igual que en la película, los que optan por una existencia auténtica son muy pocos, dado que esto implica dejar de lado la comodidad del sentido común y la felicidad que falsamente otorga la ignorancia.

“Descubrí una solución según la cual el 99% de los individuos aceptaba el programa mientras pudieran elegir, aunque únicamente lo percibieran en un nivel casi inconsciente”. – El arquitecto del programa Matrix.

En la vida real, la ideología dominante también utiliza un sofisticado dispositivo comunicacional generador de “falsa conciencia”, de escoria intelectual para esconder, bajo la alfombra, las miserias que genera el estado de alienación en que se encuentra la mayoría de la población.

En la película, Morfeo le dice a Neo: “Esta es tu última oportunidad. Después, ya no podrás echarte atrás. Si tomas la pastilla azul fin de la historia. Despertarás en tu cama y creerás lo que quieras creerte. Si tomas la roja, te quedas en el país de las Maravillas y yo te enseñaré hasta dónde llega la madriguera de conejos. Recuerda: lo único que te ofrezco es la verdad. Nada más. Sígueme.”

Así que Neo tuvo que elegir entre la pastilla roja (lo auténtico) o la azul (lo inauténtico). Bien decía Jean Paul Sartre que el ser humano está condenado a la libertad: “Si no elijo, también elijo”. Sembrada en la mente de cada uno, por naturaleza, está esa duda, el cuestionamiento, la razón. La elección radica entre si regar esa semilla –seguir soñando, luchando, decidiendo por nosotros mismos- o dejarla intacta y dejar que alguien más elija por mí.

En la vida real, la mayoría ha elegido la pastilla azul. Vive su vida creyendo que decide por su cuenta, pero en realidad está siendo pensado por dispositivos comunicacionales tan complejos que no puede ni siquiera mensurar el grado de dependencia a que la somete, por lo que recurre a la estereotipación o a cualquier otro medio que le permita simplificar la información, acarreando mayor deformación de la realidad y en consecuencia una existencia vacía.

Los medios dominantes, a la manera de Matrix, han implantado en el cerebro de muchos argentinos un dispositivo de borramiento de la experiencia, un mecanismo complejo que atrofia la memoria individual y colectiva de tal manera que cada cuerpo pueda reutilizarse, principalmente en los períodos eleccionarios.

El multimedio hegemónico con su ejército de periodistas cuya moral individual ha sido desconectada por la Matrix y sólo acatan la doble moral de las clases dominantes, imponen las ideas del establishment a la sociedad, generando que lo que vale para los sometidos no vale para los sometedores.

Doble moral en la que todo lo que se prohíbe para el sometido se permite para el que somete. Quienes forman la clase dominante saben bien qué, cómo y cuánto dominan en una época histórica específica y cómo deben actualizar sus “mecanismos” materiales y simbólicos para perpetuar esa dominación. Esa oligarquía actúa como productora de sentido, aunque sean ideas repetitivas e irracionales, porque las necesitan para regular la producción y la distribución de las imágenes y símbolos hegemónicos.

Por lo tanto, en el repertorio de la lucha por el poder, cada facción organiza sus cadenas de producción de ideas para competir en el mercado de los pensamientos subordinados.

La clase dominante impone sus gustos y sus gestos, sus deseos y sus fobias, para sacar adelante los fines que persigue, para representar como colectivo su propio interés e imprimir sus ideas a toda la ciudadanía. Eslóganes como “Todos somos Vicentin”, “Defendamos la república contra la infectadura”, “los mapuches son terroristas” o “Declarar Internet un servicio público es volver a ENTEL” será apropiado por las clases dominadas como si fueran los suyos propios.

Han creado una moral que ellos no ejercen a través de una andanada permanente de estereotipos exhibidos por la dictadura cultural y comunicacional dominantes, a título de modelos exitosos que, de no seguirlos, vendrá la maldición de ser cómo Venezuela o un país comunista, vulgar y pobre.

La Matrix de la oligarquía nacional ha mutilado la ideología jacobina de nuestros próceres transformándolos en liberales rabiosos, ha banalizado los 30.000 desaparecidos y ha borrado de la memoria colectiva los breves períodos de la historia en el que el pueblo conoció la dignidad y la soberanía nacional con Perón y Néstor Kirchner.

Dicho proceso consiste en resignificar mediante el discurso dominante, los verdaderos momentos en que los argentinos fuimos libres e implantarlos nuevamente, transformándolos en odio hacia quienes generaron una movilización social ascendente y en síndrome de Estocolmo hacia nuestros propios verdugos.

En este estado de realidad virtual, el pueblo argentino votó alegremente en 2016 el mismo proyecto político y económico que causó el exterminio de miles de latinoamericanos durante los 70 por oponerse a un sistema privatizador, inhumano y opresor.

Como “Morfeo”, debemos convencer a nuestros compatriotas que es menester recuperar la supremacía de los seres humanos por sobre el capital y luchar en contra de la ideología de la clase dominante. Esta actitud superadora debe servir para aprender a distinguir y actuar, con toda claridad, a la hora de explicar y derrotar las trampas entre lo que perece ser y lo que realmente es.

Es imperioso incorporar a nuestras huestes a quienes se han desconectado en diciembre de 2019  de la Matrix neoliberal y crear nuestro propio instrumental ideológico que logre penetrar en todo plano de la inteligencia humana que hasta hoy se ha camuflado como problema intrascendente o inexistente.

Lograr que los argentinos se interesen por la política será sin duda, el medio que reconstruya las partículas elementales que nos lleven a la liberación definitiva.

AQUÍ Y AHORA

Muchas veces me he preguntado al mirarme al espejo si soy una persona de experiencia. Abundantes surcos alrededor de mis ojos habilitan la posibilidad de una respuesta afirmativa aunque parcial, ya que no sólo es el tiempo transcurrido el que nos da  el conocimiento del mundo, sino también nuestras acciones y la voluntad de  aprehender lo que el mundo nos muestra, con sus bondades y sus miserias.

Si analizamos que nos pasó en poco más de setenta años de terminada la última guerra mundial descubriríamos que la crisis del mundo nunca terminó, sino que se profundizó y que la dialéctica de la historia, lejos de culminar en la idealista síntesis de Hegel o en la materialista utopía de Marx se ha desmadrado en una transferencia constante de riqueza del proletariado hacia las clases dominantes. Lo peor de todo es que esta expoliación se realiza con el goce estético de la clase explotada y colocando al capitalismo más aberrante y depredador como una alternativa democrática.

Esta falacia, esta tergiversación universal de la realidad es validada constantemente a través del fetichismo tecnológico que nos envuelve constantemente y que se manifiesta en las más oscuras reacciones humanas, tales como el odio, los prejuicios, la mentira y por supuesto, el marketing político.

A modo de ejemplo:

Durante el golpe de estado de Bolivia, una carroza en la que el muñeco de un blanco rubio pateaba el culo de la marioneta de un Evo Morales morocho era aclamada por miles de ciudadanos de rasgos indígenas, algunos de ellos con sus pequeños “cholitos” al hombro.

En la campaña política de Brasil, Bolsonaro se dirigió públicamente hacia una mujer afro descendiente y le manifestó en tono de burla que  “las negras no sirven ni para ser violadas”. A la semana de este suceso arrasaba en las elecciones presidenciales gracias al voto de las mayorías populares y de raza negra.

A pesar de la experiencia nazi-fascista de la Europa de entreguerras, en los últimos años la derecha y la ultra derecha tienen cada vez más aceptación entre los jóvenes de los países del viejo mundo.

Algunos intelectuales atribuyen esta tendencia autodestructiva al fracaso de los populismos y a la decadencia de las izquierdas tradicionales, pero aún si así fuese ¿Cómo se explica que se vote en contra de las propias necesidades, de los propios intereses o de sí mismo como si se tratara de un suicidio en masa?

Precisamente, estaríamos viviendo un nuevo paradigma tanático de representaciones mediáticas similar a los sacrificios humanos precolombinos, sólo que ya no los ejecutan las castas superiores, sino que la sociedad misma se auto sacrifica para que el poder hegemónico continúe gobernando.

E aquí la sutileza de la nueva fase del capitalismo, creador de nuevos valores mediante la apropiación del sentido común  y de la vida de las personas en general.

¿Qué sucede con la democracia cuando el libremercado concentra no solo el poder económico sino también el político y simbólico? ¿Qué sucede cuando de nada sirve la experiencia ante la evidente incompatibilidad y la creciente tensión entre el neoliberalismo y la democracia?

Todo lo que guarda la memoria colectiva y también la individual sobre los fracasos de los gobiernos liberales paradójicamente queda diluido antes tantas preguntas veladas por la sociedad de la información y  de la tecnología digital.

¿Recordamos que alguna vez vivimos la utopía de un mayo francés en la década del sesenta cuyos planteamientos de libertad hizo sonrojar al sistema capitalista?

¿Cerraron de una vez por todas las heridas del proceso de exterminio cívico- militar- eclesiástico de los setenta sufrido no sólo por nuestros compatriotas, sino también por la mayoría de nuestros hermanos del cono sur?

¿Nos emocionamos en los ochenta cuando militantes europeos rompían a martillazos el vergonzante símbolo de la guerra fría, llamado “muro de Berlín”?

¿Aceptamos  en los noventa la globalización como una nueva forma de representación internacional y el comienzo de la tercera revolución industrial con el advenimiento de la computadora y la digitalización del trabajo?

¿Hasta dónde llegaremos en un siglo XXI que se nos presenta como la generación 4.0 en el que la conciencia humana puede guardarse en una nube a la espera de que un ser humano o un clon esté dispuesto a bajarla?

¿En dónde quedaron aquellas manifestaciones irrepetibles de una lejanía representada por el aura que transmitían los viejos objetos analógicos en contraposición al universo digital?

El vértigo en el que suceden los acontecimientos sin duda ha atrofiado, como anticipó Benjamin, nuestra experiencia cognitiva y estética, de tal manera que de nada vale la edad cronológica y la madurez a la que me refería al principio.

El sabio que otrora predicaba el conocimiento adquirido a lo largo de su vida se ha transformado ahora en un triste analfabeto social, un ignoto sobreviviente de una revolución digital ajena a su vida cotidiana, cuyos contendientes se mezclan entre algoritmos matemáticos y fluctuaciones del mercado.

ESCAMOTEANDO LA REALIDAD

Chile: tras el golpe de Estado de 1973 y la consecuente imposición de una dictadura militar sangrienta, Chile fue el primer país en adoptar los principios de la doctrina neoliberal de Milton Friedman. En términos generales, pero elementales para el nuevo modelo, se promovió la iniciativa privada en desmedro de la pública mediante una contracción del Estado.

Este experimento de shock que se prolongó hasta nuestros días acuñaría el término «milagro de Chile», haciendo un paralelismo con el «milagro alemán», para aludir al éxito de las reformas en cuanto a terminar con la alta inflación y permitir una expansión económica.

En todas las convenciones internacionales sobre las bondades del neoliberalismo siempre se colocaba a Chile como el mejor ejemplo de estabilidad y crecimiento del cono sur. Lo que no se decía es que Chile era y es el menos neoliberal de todos los países de Latinoamérica.

Si tomamos como ejemplo uno de los preceptos básicos de esta doctrina económica la privatización de las empresas del estado es una de las más escuchadas. La empresa o corporación del cobre chilena, unas de las más importantes del mundo, mantiene su condición estatal desde el gobierno de Salvador Allende y aporta al tesoro chileno alrededor de 2.000 millones de dólares al año. Incluso la cantidad de empresas estatales y el tamaño del estado han aumentado desde el primer gobierno de Augusto Pinochet.

En segundo lugar, Chile tiene un mercado financiero absolutamente regulado, de manera tal que es ilegal ingresar dólares para jugar en la bolsa y luego fugarlos, como sucede en la mayoría de los países suramericanos. Debido a esa regulación Chile no tuvo efecto tequila ya que casi un tercio de ese flujo financiero  foráneo tiene que permanecer por lo menos un año en su Banco Central. ¿En dónde queda la desregulación del mercado como base del neoliberalismo?

Por último, las diferencias sociales y la brecha abismal entre las cuatro familias más ricas de Chile con el resto de sus habitantes marcan una desigualdad congénita desde sus orígenes. Así, para una población total estimada de 18,6 millones de personas a fines de 2017, aquellas clases situadas en el pináculo de la pirámide social del capitalismo chileno (la burguesía, los cuadros directivos capitalistas y la clase dirigente estatal), las denominadas clases dominantes, no superan en conjunto el 1,5% de la población.

Todo es un fraude, y en cualquier país de américa latina por el que haya pasado el neoliberalismo podemos observar una movilidad social descendente de las clases medias y bajas y un ascenso desmesurado de las clases altas y de los grupos concentrados.

Hasta el estallido social del octubre chileno la clase trabajadora del país del cobre ostentaba orgullosa la falsa conciencia de pertenecer a un estrato similar al de la clase media pese a su explotación y endeudamiento de por vida. El goce de aceptar su destino bajo el imperio de una constitución heredada del golpe pinochetista era reproducido por los medios de comunicación como el país “más ordenado de Sudamérica”.

Como una repetición de la epopeya setentista que luchaba en contra del experimento de la escuela de Chicago, la juventud chilena se reveló espontáneamente para reclamar por sus derechos diezmados por el neoliberalismo, recuperando momentáneamente su conciencia de clase. “No son treinta pesos, son treinta años” fue la consigna.

Por este acto de dignidad colectiva, centenares de manifestantes perdieron la vista bajo la balacera de goma de los carabineros, que arteramente disparaban a los ojos de los manifestantes.

Dos años después de la brutal represión de Piñera, la sociedad chilena despertó de su letargo pinochetista y en elecciones democráticas votó por el candidato de izquierda Gabriel Boric.

Colombia: El objetivo principal de Duque, ni bien asumió la presidencia de Colombia fue la privatización de los servicios de atención médica. Luego de 10 años de la implementación de esa medida se comprobó que los objetivos de cobertura universal y acceso equitativo a la atención médica, no sólo no se lograron sino que hubo un aumento descomunal en los costos y en los gastos públicos de salud.

En consecuencia, más del 40 por ciento de la población quedó sin acceso a la salud y sin cobertura.

En educación los resultados fueron tan desacertados en su aplicación como en la sustentabilidad de un modelo ajeno a las características propias de la economía colombiana. Las pérdidas de aprendizaje que se sufrieron con los cierres de las escuelas y el estudio a distancia van a afectar la productividad laboral en adelante y pondrá a los jóvenes de familias de bajos ingresos en una posición de desventaja.

A pesar de la introducción del programa de transferencias de dinero no condicionado «Ingreso Solidario» y el programa de compensación de IVA a los hogares pobres, que aliviaron el impacto del Covid sobre la pobreza, las pérdidas de trabajo y de ingreso que los hogares sufrieron durante la pandemia incrementaron la pobreza administrada por la derecha a lo largo de una década.

Finalmente, el plan de desarrollo de Duque hizo desaparecer la industria nacional, produjo la desaceleración del sector agropecuario y una reprimarización de la economía en base a la exportación del carbón y el petróleo.

Las exportaciones están mayormente concentradas en «commodities» no renovables (petróleo particularmente), lo cual incrementa la exposición de la economía a los choques externos.

Colombia se enfrentó a la pandemia con retos preexistentes, dado su entrega incondicional a las reglas del libremercado. Esta sumisión ha frenado (en vez de apoyar) el crecimiento económico durante los últimos veinte años.

Por otro lado, es uno de los países con mayor inequidad de ingresos e informalidad en el mercado laboral de Latinoamérica y pese a su política fiscal impecable en cuanto a la reducción del déficit, la deuda del gobierno en relación al PIB vino subiendo desde el 2012, achicando las posibilidades de invertir para su desarrollo.

En octubre de 2019 hubo protestas en todo el país contra las medidas neoliberales del gobierno de Duque, que surgieron paralelamente con los estallidos sociales en Chile y Ecuador. Y todos ellos fueron, en mayor o menor medida, asfixiados por el surgimiento de la pandemia de coronavirus.

La reciente reforma tributaria para reducir el déficit fiscal, sostener la inversión y financiar los subsidios para las personas más pobres a través de un aumento del IVA, del impuesto funerario, los servicios básicos y la renta produjeron protestas masivas, las cuales dejaron 39 muertos, cientos de heridos y decenas de desaparecidos.

Ecuador: En Ecuador, las políticas neoliberales se pueden explicar en un conjunto de medidas económicas de emergencia favorables a las corporaciones y la ejecución de privatizaciones a gran escala, con profundos recortes en el gasto social. Después de 25 años de una etapa neoliberal, se llegó a revelar la necesidad de materializar un modelo alternativo ante el inminente fracaso de estas políticas. Lamentablemente duró muy poco debido a la traición de Lenin Moreno a Correa y al pueblo ecuatoriano que lo votó.

Hace pocos meses se hablaba de la llegada a la presidencia del “Macri” ecuatoriano, el banquero Guillermo Lasso.

Pasaron cinco meses de su asunción, y el presidente se encuentra aislado, enfrentado con el Congreso, investigado por aparecer en los Pandora Papers, con 14 sociedades offshore en Panamá y con protestas contra su plan de ajuste, ideado para cumplir con el FMI.

Las protestas empiezan a mostrar el descontento con el Gobierno cuyo plan es aplicar una serie de reformas, incluida una laboral que llevaría a que cuando un trabajador es despedido «con causa» tiene que pagarle a la patronal, y ajustes para “achicar el gasto público”.

En esta situación, Lasso recibió el apoyo incondicional de Antony Blinken, secretario de Estado estadounidense, dado que para los norteamericanos el gobierno derechista de Ecuador aparece como un posible aliado en la región.

Esto no evita la dificultad para avanzar con el plan que pide el FMI en un país donde la pandemia por el coronavirus agravó la crisis que existía previamente y el Presidente registra un 34% de aprobación a su figura, cuando hace tres meses superaba el 70%.

Perú: Al igual que la Argentina de 2001, el pueblo tenía la consigna antipolítica “¡Que se vayan todos!” por la indiferencia que había ejercido la clase política sobre el pueblo encabezada por el ex presidente Martín Vizcarra. La flexibilización laboral y la reducción del estado como eje primario del modelo fue la acción inicial de su gestión, dejando a miles de jóvenes en situación casi de esclavitud.

Posteriormente, el cumplimiento a rajatabla de las consignas monetaristas llevó a Perú a una crisis estructural que seguramente superará la actual gestión de Pedro Castillo.

Por su parte, el Congreso controlado por la derecha liberal, maniobra para maniatar al actual presidente impidiendo la ejecución de leyes progresistas y de corte popular.

El Legislativo ha dado un importante paso en esa dirección promulgando una ley que limita las facultades de Castillo y debilita al mandatario frente a un Parlamento opositor y en buena parte hostil y golpista. Esta ley, que es un ataque directo al presidente, ha sido promulgada cuando en el Congreso sectores radicales de la derecha encabezados por el fujimorismo, complotan para derrocar al actual presidente. Con un Congreso opositor que limita sus facultades, una derecha golpista con fuerza en el Parlamento y apoyo mediático y en sectores empresariales, y su frente interno dividido, Castillo se enfrenta a un panorama complicado. El analista Juan de la Puente señala que la respuesta del maestro rural y sindicalista que ha llegado a la presidencia debe pasar por movilizar las bases populares que votaron por él para evitar un golpe parlamentario.

Por su parte, diversos grupos de ultraderecha de inspiración fujimorista han emprendido simultáneamente acciones de desestabilización social y de violencia contra políticos que se les oponen, con el propósito de reclamar la vacancia del presidente Pedro Castillo.

Brasil: El ultraderechista presidente del país con la economía más grade en América Latina Jair Bolsonaro, está actuando de manera cada vez más descontrolada y agresiva.

Según los especialistas, se trata de una reacción normal en los psicópatas: cada vez que se sienten acorralados, reaccionan con violencia creciente. Y, más que acorralado, lo que se ve en Brasil es un presidente que se derrite a cada día junto a sus políticas neoliberales.

Para colmo, ahora explota un escándalo de corrupción que podrá llevar a los militares que lo rodean y al empresariado que todavía lo respalda, con destaque para el agro negocio, a alejarse poco a poco.

Al terminar el mandato de Lula, la deuda pública bruta de Brasil era de 430.210 millones de dólares, equivalente al 76,7 por ciento del PBI y en ritmo ascendente. Con el gobierno de Bolsonaro, en 2020, según el FMI llegó al 90 por ciento y en 2022 se estima que superará el cien por ciento.

La solución para saldar dicha deuda ya está programada por las nuevas autoridades, los fazendeiros (dueños de la tierra) y las grandes corporaciones locales: Se logrará mediante la venta de activos estatales y un abrupto recorte en los gastos públicos, con su efecto arrasador en la calidad de vida de la clase trabajadora y el dramático aumento de la pobreza.

En este sentido, adelantándose a la presentación de Lula como candidato a presidente, Jair Bolsonaro ya anunció por anticipado que “podría haber fraude en las próximas elecciones, por lo tanto no entregará el poder”.

Cabe destacar la reunión por videollamada del hijo de Bolsonaro con el argentino Javier Milei, diputado nacional elegido en las elecciones legislativas argentinas que, con su discurso contra el Estado y “los zurdos de mierda”, busca notoriedad en el Congreso y empieza a entablar relaciones con su par brasileño.

Eduardo Bolsonaro, quien además de la mencionada reunión estuvo anteriormente con Jacqueline van Rysselberghe y José Antonio Kast, en Chile, parece ensamblar las fichas de la ultraderecha latinoamericana con la extrema derecha estadounidense y europea. Las reuniones, los contactos y los guiños vía redes sociales son más que evidentes y constituyen un avance inédito en la región. El liderazgo desde Europa pareciera venir de VOX y su Foro de Madrid, una especie de Grupo de Puebla/Foro de San Pablo/Internacional Progresista, pero de extrema derecha. Steve Bannon, por su parte, intenta hace varios años articular a Estados Unidos con Europa.

En conclusión, un gobierno neoliberal que ha logrado que Brasil sea el segundo país con más infectados en el mundo y con infinidades de muertes no parece ser lo suficientemente significativo para que Bolsonaro salga de su posición dictatorial. Por otro lado, es el adalid de una cultura de derecha extrema (donde algunos de sus integrantes tienen simpatías nazis) profundamente autoritaria.

Precisamente, una cronología de la administración de un gran país cuyas políticas neoliberales lo empujan de a poco al desastre político, económico y social.

ARGENTINA

Todos sabemos que en la Argentina, como en cualquier otro país del mundo, la pandemia ha incrementado los niveles de pobreza de manera alarmante, pero una cosa son las vicisitudes del período histórico que nos toca vivir y otra es el saqueo intencional perpetrado por quienes nos gobernaron previo a la pandemia de Covid.

En nuestro país no hay hambre, sino hambreados, no hay pobres, sino empobrecidos y no hay vulnerabilidad social, sino vulnerados y ha sido precisamente el gobierno de Mauricio Macri el que se ha encargado en cuatro años de desarrollar de manera eficaz un proyecto de miseria planificada.

El perjuicio ocasionado es de tal magnitud que el deterioro de las condiciones de vida ya no afecta solamente a la estructura material de la sociedad, sino también a la superestructura política, jurídica y cultural.

La naturalización de la injusticia y el ocultamiento de la responsabilidad política de esta hecatombe por el poder mediático ha logrado que los argentinos perdiéramos la capacidad de recordar que desde 1976 hasta la actualidad absolutamente todos los gobiernos llámense liberales, de derecha, neoliberales o privatizadores anti estado siempre aplicaron políticas aniquiladoras de los derechos sociales, de las industrias nacionales y en definitiva de la soberanía nacional.

La post verdad ha logrado que esta aberración humana, cuya ideología produjo en Argentina 30.000 desaparecidos, cientos de exiliados y la destrucción del tejido social de una generación, como una broma grotesca de la memoria, regresara en diciembre de 2015 a pedido de la mayoría del pueblo argentino. ¿Qué pasó?

¿Hubo una infección contagiosa de amnesia generalizada o fueron los medios de comunicación quienes reflotaron un antiguo artilugio que en el siglo pasado se expresaba en las paredes con la leyenda “viva el cáncer” y que hoy se manifiesta entre los argentinos por el odio a aquella clase popular que ha logrado ejercer muchos de los derechos retaceados por los sucesivos gobiernos liberales?

Lo que sucedió en realidad es que, ante la demanda de un electorado totalmente influenciable por la problemática situación económica que se estaba viviendo, la perversa alianza Cambiemos, en colaboración con la justicia- medios de comunicación tuvo que buscar inmediatamente un culpable a quien atribuirle todos los males que padecía la clase trabajadora y de los que vendrían a futuro. A partir de ahí la maquinaria mediática no paró de inocular en el imaginario social toda una serie de representaciones delictivas atribuibles a la administración kirchnerista y a todo atisbo de gobierno progresista que se aplicara aquí o en cualquier país del cono sur.

“Una hormiga por bronca contra la cucaracha votó a favor del insecticida. Todos murieron. Hasta el grillo que se abstuvo de votar”, reza una fábula brasilera pero que resulta aplicable también a nuestro país.

Precisamente, el odio a Cristina expresado por gran parte de la población consistió en que el aparato comunicacional de propaganda macrista logró exacerbar la anomia colectiva, tan típica de los tiempos que corren, de manera tal que no nos permitió determinar en qué lugar de la pirámide social estábamos ubicados y en consecuencia perdimos todo tipo de empatía con el otro.

¿Somos clase media porque fuimos a conocer el Machu Picchu o en realidad pudimos acceder a un viaje clase turista gracias al aumento salarial logrado por las paritarias que existían en el gobierno anterior a Macri? ¿Puedo acceder a una jubilación porque siempre fue así o hubo un movimiento político llamado justicialismo que la puso en vigencia y al cual defenestramos por su masividad y popularidad? Criticamos a los piqueteros porque cortan las calles y nos impide llegar a la tranquilidad de un trabajo seguro y acogedor, pero no nos damos cuenta que, al ritmo que van las cosas en cualquier momento lo perderíamos si dichos piqueteros no se movilizaran en contra de los despidos masivos.

¡Quién hubiera pensado que aquella “marea negra”, llamada así por el desprecio de las clases medias que en el 45 invadió las calles de Buenos Aires para vivar al líder político que las sacó del lodo de la historia, que las hizo visibles como clase trabajadora y les otorgó todos los derechos inherentes a la dignidad humana, a comienzos del siglo siguiente terminaría votando a sus propios verdugos!

Con sólo pensar que el 40 por ciento de los argentinos los votó hiela la sangre de aquellas Madres y Abuelas del pañuelo blanco, mientras observan atónitas la caída de un proyecto de dignidad histórica que nació con el brillo incandescente de la democracia de 1983 y que como ellas, poco a poco envejece y se apaga, como estrellas en su etapa final.

Si algo nos queda a los argentinos, aunque un poco alicaída, es la capacidad de pensar y sobreponernos a la falsa conciencia en la que estamos insertos y que, según palabras del Papa, solamente “es alimentada por la putrefacción de los medios de comunicación, campeones de la difamación y la coprofilia”.

Son estos mismos medios los que con su ejército de periodistas mercenarios ocultaron la información de que “en el 2016 la fuga de capitales fue de 9.951 millones de dólares, que al año siguiente creció a 22.148 millones y que en el 2018 llegó a 23.098 millones. En definitiva, toda la población argentina del presente más dos o tres generaciones futuras terminarán subsidiando a un grupo de especuladores con casa y comida en los paraísos fiscales y/o cuentas secretas en el exterior”.

Penosamente, a pesar del despojo constante de los gobiernos entreguistas y neoliberales, nuestro país y muchos de sus habitantes continúan aún dentro de la Matrix, aceptando cómodamente la realidad implantada por los medios hegemónicos.

La prueba está en que en las elecciones de medio término la sociedad volvió a elegir a sus propios verdugos, con el agravante de que una Matrix recargada incorporó al ruedo político una ultra derecha mucho más agresiva y salvaje que el carácter delictivo y amoral de Juntos por el Cambio.

El ingreso de Milei y Espert al Congreso ha sido tildado como el “ascenso del fascismo y del nazismo en la República Argentina”, generalización apresurada en cuanto a su descripción como idea política, pero real en lo referente a sus consignas.

Precisamente, tanto el fascismo como el nazismo eran profundamente nacionalistas, dándole prioridad a los intereses de sus propios países, mientras que los ultraderechistas argentinos trabajan siempre para los intereses transnacionales.

Según Jorge Alemán, son fundamentalmente ultraderechas neoliberales, distintas a los regímenes históricos del fascismo o del nacionalsocialismo “hechas para condicionar y determinar al resto de las derechas hasta el punto en que va a llegar un momento en que no va a existir derecha que no sea ultraderecha”.

Asimismo, pese al despojo constante de los gobiernos entreguistas y neoliberales, nuestro país, con el voto de la mayoría de sus habitantes continúan siendo potencialmente una barrera de resistencia al fantasma del libremercado, aún en medio del aumento de la pobreza, del incierto flujo de capitales y de los erráticos vaivenes del mercado.

Argentina continúa revelándose a la Matrix neoliberal, la cual se apodera de los cuerpos de los ciudadanos en los momentos de crisis cuando las defensas están bajas, pero tiene toda la capacidad de luchar y ser dueña de su propio destino dado que, aún no se ha logrado destruir del todo las fuerzas productivas e intelectuales.

Pero debe ser enseguida, a corto plazo, pues en el largo plazo no seremos más que cuerpos mantenidos exclusivamente para alimentar un sistema económico que desde hace sesenta años ha transformado al ser humano en simple mercancía desechable.

FMI: ENDEUDAR PARA DOMINAR

Según algunos historiadores revisionistas, la explosión productiva generada por el gobierno peronista a partir de 1947, la cual transformó una economía primaria agroexportadora en productora de bienes industrializados, era una mala influencia para los demás países de América Latina pues indicaba que la emancipación económica era posible.

Cuenta cierta leyenda urbana que, cuando los servicios de inteligencia le informaron a Churchill, luego de salir triunfante de la segunda guerra mundial que Perón planeaba llegar a la presidencia de Argentina, este declaró lo siguiente:

“No dejen que la Argentina se convierta en potencia. Arrastrará tras ella a toda América Latina (…) la estrategia es debilitar y corromper por dentro a la Argentina, destruir sus industrias (…)  imponer dirigentes políticos que respondan a nuestro Imperio. Esto se logrará (…) gracias a una democracia controlable, donde sus representantes levantaran sus manos en masa en servil sumisión. Hay que humillar a la Argentina”.

EEUU veía con estupor cómo en pocos años un país sudamericano, gracias a un líder nacionalista elegido por el pueblo, comenzaba de la noche a la mañana a fabricar astilleros, aviones y trenes, a desarrollar la industria metalúrgica, siderúrgica y automotriz, a nacionalizar todas las empresas de energía y telecomunicaciones, a tener explotación propia de todas las vías de comunicación: aérea, terrestre, fluvial y marítima y una salud pública y educación al nivel de las principales potencias mundiales.

Existían dos alternativas para frenar esa locomotora de desarrollo llamada peronismo: la violencia bruta a través de un golpe militar o hacer entrar a la Argentina al F.M.I. para terminar con su independencia económica.

Para desgracia del pueblo, se utilizaron ambas alternativas, tan letales e inhumanas que su onda expansiva aún persiste en la memoria de muchos argentinos que se resisten al “olvido planificado” de los manipuladores de la historia.

En 1955 la revolución libertadora bombardea a la población civil dejando centenares de muertos y en 1956, Argentina, por iniciativa del presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, ingresa al Fondo Monetario Internacional, contrayendo así su primer préstamo con dicho organismo internacional.

En años anteriores, el ex presidente Juan Domingo Perón se había negado terminantemente a ingresar a este organismo, asegurando que dicha institución era un instrumento de sometimiento de los países centrales para imponer políticas a los países periféricos. Diez años después de la decisión de Aramburu, Perón reafirmó su postura desde el exilio en los siguientes términos: “Advertí que en él –el FMI- participarían la mayoría de los países occidentales, comprometidos mediante una larga contribución al Fondo, desde donde se manejarían todas sus monedas, se fijaría no sólo la política monetaria, sino también los factores que directa o indirectamente estuvieran ligados a la economía de los asociados (…) He aquí alguna de las razones, aparte de muchas otras, por las cuales el gobierno justicialista de la República Argentina no se adhirió al Fondo Monetario Internacional. Para nosotros, el valor de nuestra moneda lo fijábamos en el país, como también, nosotros establecíamos los cambios de acuerdo con nuestras necesidades y conveniencias (…) Ha pasado el tiempo, y en casi todos los países adheridos al famoso Fondo Monetario Internacional se sufren las consecuencias y se comienzan a escuchar las lamentaciones. Este fondo, creado según decían para estabilizar y consolidar las monedas del “mundo libre”, no ha hecho sino envilecerlas en la mayor medida.”

La política económica aplicada desde 1955, bajo la supervisión de este nuevo organismo de crédito, desmanteló arteramente todo el desarrollo industrial generado por Perón e inmediatamente se intentó reprimarizar la economía. Los protagonistas de la autodenominada “Revolución Libertadora” encararon la desnacionalización de los depósitos bancarios, la eliminación del control estatal sobre el comercio exterior, la terminación de los tipos de cambio selectivos y la derogación de la Constitución Nacional sancionada en 1949, entre otras cuestiones.

Dado que las medidas político-económicas implementadas eran perjudiciales para las grandes mayorías, la cúpula militar decidió acompañar la reconversión económica con la inhabilitación del Partido Justicialista, la prohibición de toda propaganda, la clausura de periódicos y la intervención de sindicatos.

En este proceso, quedó inaugurada la parte más vergonzante de nuestra historia, plagada de encarcelamientos, torturas y fusilamientos.

Al concluir el gobierno de Aramburu, la deuda externa alcanzo los 1.051 millones de dólares. Ese fue el saldo correspondiente al comienzo de la sumisión de nuestra política económica a los dictados del FMI.

A partir de abril de 1956, se inauguró una etapa nueva en Argentina, la cual evidenció, en años venideros, que una política económica al servicio de sectores privilegiados, acordada con organismos internacionales, se correlaciona indefectiblemente con mayor endeudamiento externo.

Hoy, el FMI se ha transformado en el arma que utiliza el libre mercado para imponer a los países en vías de desarrollo y algunos pequeños países europeos sus programas económicos que consisten en la reducción del déficit y del gasto público y consecuentemente de servicios y prestaciones sociales. Esto ha provocado un aumento de la brecha entre ricos y pobres en todo el mundo y un empeoramiento de los servicios públicos, tales como los de infraestructura sanitaria.

El FMI contribuye a la desigualdad social, a la regresión en la distribución del ingreso y a la destrucción de las políticas sociales. Algunas de las críticas más conocidas en el mundo académico han partido del economista socialdemócrata Joseph Stiglitz, jefe del Banco Mundial de 1997 a 2000 y Premio Nobel de Economía 2001, quien dijo “Cuando una nación está en crisis, el FMI toma ventaja y le exprime hasta la última gota de sangre. Prenden fuego, hasta que finalmente la caldera explota. Han condenado pueblos a la muerte. No les preocupa si la gente vive o muere. Las políticas socavan la democracia (…) es un poco como la Edad Media o las Guerras del Opio (…) Este Fondo, que en 1944 se creó para auxiliar a sus 39 países miembros, a través de los años se ha transformado en una herramienta de disciplinamiento para los países que piden su ayuda”.

Argentina es el único país de la región que en algún momento de la historia, por sus condiciones geopolíticas, podría haber tenido un desarrollo competitivo con EE.UU, por lo que era necesario sacrificarlo cuanto antes para aleccionar a quienes quisieran imitarlo en la pelea sobre el desarrollo y la relación de poder entre los países.

Esta disputa darwiniana continúa vigente, ya que el desarrollo de unas pocas naciones privilegiadas se puede sustentar gracias a que se somete al subdesarrollo a la mayoría de los países del mundo.

Esta revalorización de la ley del más fuerte se perfecciona cada vez que las elites locales actúan contra los intereses del pueblo y reeditan las políticas de saqueo, como ocurre cíclicamente en Argentina.

En el último préstamo otorgado a nuestro país, se sobrepasaron todos los límites de la legalidad y de los reglamentos internacionales, cuestionando la legitimidad del propio FMI. Por ese motivo, la oposición argentina apoya ampliamente el acuerdo firmado con el FMI, porqué esta medida les permite seguir siendo impunes ante una deuda criminal, un empréstito contraído exclusivamente para fines electorales y no para ayuda del país en crisis.

Cualquier acuerdo con el FMI, por su naturaleza, más temprano que tarde propiciará reformas en el sistema de seguridad social (pensiones y jubilaciones), reducción de salarios, límites a la expansión y gratuidad de la enseñanza universitaria, desregulaciones con impacto en la reindustrialización y calidad del empleo e intentará privatizar las pocas empresas que quedan del Estado.

Como para el FMI el cobro de la deuda es secundario, ya que su objetivo primordial es direccionar las políticas económicas de los países deudores, lo que no ocurra en este gobierno podrá ser en el que viene y en eso ya está trabajando un arco importante de la oposición en vistas al 2023.

Macri y sus amigos se enriquecieron de manera ilícita a través de una deuda que jamás se vio reflejada en hospitales, escuelas, producción de empleos, vivienda o mejoras en la calidad de vida para los más vulnerables.

Por el contrario, el pasado gobierno neoliberal endeudó al país por 100 años y contrajo no sólo la mayor deuda de la historia, sino que las divisas obtenidas fueron fugadas a paraísos fiscales, constituyéndose este hecho como el mayor fraude conocido a nivel político, económico y social del planeta sin que hasta el día de hoy sean juzgados los autores de dicha estafa.

“Todo esto en un país en el que si alguien roba un alimento para que puedan comer sus hijos, puede ir preso por varios años y ser baleado en el hurto. Sin embargo, si roba y fuga lo robado a paraísos fiscales, por una millonaria suma de 45 mil millones de pesos, no sólo es impune, sino que también puedes volver a ser candidato a la Presidencia de la Nación”.

UNA NUEVA RELIGIÓN

Ya en 1921, Walter Benjamin realizó algunos escritos (recuperados póstumamente) en los que analizaba la mutación del capitalismo no sólo como un desprendimiento de la secularización de la fe protestante de Max Weber, sino como una nueva religión propiamente dicha.

En tal sentido, la aseveración de Benjamín se basa en tres criterios fundamentales:

1) El capitalismo es una religión sin dogma ni teología cuyo Dios es el dinero. La banca será entonces la nueva Iglesia que gestionará ese dinero como nuevo objeto de fe. Ya no hay necesidad de un relato bíblico ni de una historia de vida de los profetas, pues sólo el ceremonial divino de la producción, el consumo y el utilitarismo será el camino que nos conduzca a la salvación.

2) El capitalismo es un culto permanente. Hay que producir todos los días y a toda hora, porque de lo contrario, su falso sustento y su incapacidad de salvar al hombre quedaría expuesta. Todos los días son de fiesta sagrada, de celebración incondicional de aquello que se venera.  No existe en él ningún “día común”, ningún día que no sea día de fiesta en el terrible sentido del despliegue de la pompa sacra, de la tensión extrema del adorador.

3) El capitalismo es una religión de la culpa eterna. Siempre se está en deuda y la expiación nunca llega. En consecuencia, todos los pobres son culpables de su propia pobreza, lo que justifica de manera indefinida el sufrimiento universal. Esta terrible conciencia de culpa/deuda echa mano del culto no para expiar la culpa, sino para hacerla universal, para grabarla en nuestra conciencia e inmiscuir al mismo Dios en esa culpa como manera de lograr la redención.

Estos tres dogmas establecen una visión del mundo en el que la acumulación de dinero es la meta. Por eso requiere el sacrificio continuo para lograr alcanzar el paraíso en cuyo centro habita el mercado, quien con su mano invisible derramará de su copa el bienestar general. Como en toda religión, el capitalismo intentará explicar el origen de los problemas que hacen que la sociedad nunca pueda disfrutar de los placeres que promete esta doctrina.

Uno de los justificativos más comunes es el pecado de caer en la pretensión de querer corregir o redirigir el mercado para superar los problemas sociales. Ayudar al más débil es distorsionar la ley universal de supervivencia del más fuerte. Nuevamente la culpa. El buen Dios mercado impone recortes en gastos sociales y elimina a los pobres para que el progreso social no se detenga. En definitiva, los sacrificios no dan sus frutos porque siempre un pecador interviene con políticas keynesianas que arruinan la perfecta armonía del mercado.

Serán los medios de comunicación con su séquito de gurúes parlanchines los que pondrán en caja estas distorsiones de la armonía monetarista como un depravado círculo vicioso en el que se reafirmará nuevamente la fe en el mercado y en el valor redentor del sacrificio humano Esta teología del sacrificio, según Benjamin, convalida la culpa -sufrimiento arraigada en la conciencia social de occidente desde sus orígenes, ya sea católico o protestante.

Según Nora Merlin “constatamos a raíz de la visita del Papa Francisco a Chile y Perú que muchos católicos en lugar de desempeñarse con fidelidad al jefe de la Iglesia, lo cuestionan repitiendo el relato de Clarín”.

A medida que se fueron desarrollando los medios de comunicación, estos se ocuparon de re- ligar a la sociedad, construyendo y alimentando día a día una cultura de masas que cree ciegamente en los mensajes que aquellos emiten, lo que conforma un acto de fe y sometimiento a lo que se presenta como una nueva religión.

Esta sumisión al sentido común fabricado por los medios se sustenta en las creencias compartidas por una masa dispuesta a dejar de lado la racionalidad y que, a pesar de ser capaz de captar la irrealidad de su creencia, se adhiere a ella y la conserva como una verdad absoluta.

“Intentar convencer al creyente utilizando la lógica o la demostración racional producirá una sensación de impotencia similar a la de hablarle a una pared. En pocas palabras, las creencias no se fundamentan en errores de comprensión o aprendizaje, sino que conforman un sistema de ilusiones que dan sentido, estabilizan, de ahí que el sujeto se aferre a ellas con un convencimiento inquebrantable”.

La matriz de los prejuicios estimula la inercia conservadora y la satisfacción de no querer escuchar, ni ver ni saber, dado que eso implica la responsabilidad de salir de la zona de confort que significa la comodidad de lo instituido.

De allí que los medios de comunicación apuestan siempre a la abolición del pensamiento crítico, a la evasión a través del entretenimiento vacuo y a la frivolidad para borrar de la memoria la experiencia del sujeto.

“El poder amenaza con peligros que el mismo construye, impone prejuicios y creencias, al estilo de que el pueblo en la calle es violento, que la oposición es desestabilizadora, que Venezuela es una dictadura, etc. A través de los medios de comunicación primero se instala el miedo y luego se promete protección, inoculando en los individuos la ingenua ilusión de que si obedecen estarán a salvo bajo una supuesta seguridad protectora, que en verdad enmascara lo peor del totalitarismo mediático: un violento disciplinamiento social”.

Actualmente, aún a sabiendas de que sus políticas van en contra de los intereses y las necesidades de las mayorías populares en muchos países el neoliberalismo vuelve a ser elegido por los votantes sin medir las consecuencias. Como una especie de síndrome de Estocolmo o una perversión exacerbada de la posmodernidad, es preferible entregar todo el esfuerzo de una vida a un grupo de empresarios ávidos de riqueza que a ilusionarse con falsas promesas.

Existe un desencanto generalizado con todas las ideologías. Ya nadie espera que el proletariado tome el poder ni que la riqueza se derrame de la copa de los magnates. ¿Qué es entonces lo que cambió?

En primer lugar, el neoliberalismo ya no debería verse en su esencia Friedmaniana en la que lo público se reduce a la mínima expresión, sino como la desaparición del espacio entre lo público y lo privado, de manera tal que las personas, los votantes ya no somos la fuerza de trabajo que requiere el capitalismo para la fabricación de mercancía, sino que somos la mercancía propiamente dicha.

El imaginario social de crecimiento personal que crea el neoliberalismo con respecto al sujeto cuya autovaloración se le presenta de manera ilimitada, nunca fue ni será logrado por las izquierdas ni los vilipendiados populismos. ¿Qué sentido tiene salir a criticar las aberraciones del capitalismo si cualquier candidato, con un buen coach y una plataforma mediática amigable, puede convencer a más de la mitad de los votantes que puede disfrutar del placer de aumentar su valor personal a medida que se esfuerce por rendir cada vez más, aun perdiendo todos sus derechos básicos? El sujeto anhela aumentar su valor como si él mismo fuera una empresa, para identificarse con aquel que «lo logró» y en caso de fracasar se sentirá culpable y responsable por su propia incapacidad.

Los resultados están a la vista y “la única verdad es la realidad”. La destrucción es incalculable. Incluso si volviera el estado de bienestar el daño que estas políticas han hecho a las economías regionales de cada país es tan colosal que llevaría más de dos décadas reponerse en forma parcial.

Finalmente, como toda religión, el neoliberalismo se sustenta en la promesa de que con fe y sacrificio en el futuro todos tenderemos nuestra recompensa. No en esta vida, claro está.

Parecería que, aunque nos esforcemos por ser optimistas y pensar en dar batalla desde el punto de vista intelectual, la lógica del mercado se impone siempre sobre la conciencia de la razón.

DONDE HAY PODER HAY RESISTENCIA

Si tomamos como premisa que el neoliberalismo es una cosmovisión del mundo, una doctrina eficaz y ejecutiva a la hora de organizar sus políticas de shock, no debemos caer en la trampa pueril de creer que puede derrotársele fácilmente.

La lucha contra esta corriente económica y (anti)social solamente se podrá lograr aprendiendo de ella, conociendo su estructura de pensamiento y su innovadora capacidad de utilizar las nuevas tecnologías y los medios de comunicación concentrados, a sabiendas de que estos últimos nunca fueron ni serán populares.

En este sentido, relativizando los grandes discursos ideológicos, un modelo alternativo debería surgir en los hechos de la experiencia cotidiana del sujeto como consumidor de información, pero a su vez, emisor activo de la misma. Si tenemos en cuenta que los medios “importantes” son en definitiva un sistema de obediencia, lo interesante estaría entonces en seguir una agenda propia para que toda la sociedad logre forjar en su imaginario la tan mentada independencia de criterio.

Precisamente se estaría apostando a formas alternativas de generación de sentido o de gestión social por fuera del circuito del poder real. Esta postura ideológica permitiría desde la propia sociedad organizada desarrollar la capacidad para elaborar de forma colectiva y autónoma, proyectos concretos, en territorios concretos que solucionen problemas concretos.

Trabajar conjuntamente con los movimientos sociales como el feminista, el campesino o el de los Pueblos Indígenas, abogar por soluciones de justicia económica como las cooperativas y los servicios públicos en manos de éstas (que reducen la desigualdad y contribuyen a establecer relaciones de poder equitativas), así como a ampliar el papel de la cooperación, de la gestión comunitaria y la planificación sustentable en todos los aspectos de la vida puede ser una alternativa.

En definitiva, una tentativa de modificar pequeñas cosas que dan cuenta de una dinámica alternativa al neoliberalismo y que, además, tienen el enorme poder de persuasión de lo fáctico.

Creemos que el potencial de la articulación de estas prácticas con el impulso del Estado y las nuevas tecnologías podría finalmente desarrollar una transformación estructural, con criterios de justicia y equidad, del sistema social.

Por otro lado, están los dispositivos de persuasión con el que se deberá combatir en el teatro de operaciones de la batalla cultural.

Manejar nuevas alternativas contrahegemónicas por fuera de los medios concentrados, como por ejemplo sacar los artistas a la calle para que, a la manera de flashmob, irrumpan en el espacio público, es otra posibilidad.

Dado que la memoria colectiva se ha tornado extremadamente frágil, la importancia de cultivarla y hacerla fluir a través del arte popular es una manera de enfrentar el exceso de tics reaccionarios que anidan en varias instituciones de nuestro país.

Sin la memoria se repiten los hechos más luctuosos de la historia. Sin la cohesión social y la convicción de que es preciso hacer respetar la democracia, el fascismo avanza.

“Frente al algoritmo y el cálculo digitalizado, proponemos la sorpresa y el festejo en la calle”, fueron las palabras de “Sudor Marica” cuando irrumpieron en una manifestación con el cántico alegre de la cumbia y una coreografía perfectamente estudiada. Este novedoso método contra hegemónico de intervenir el espacio público ha puesto de manifiesto que la resistencia a un modelo que genera no sólo malestar en la cultura, sino en todos los ámbitos del tejido social, puede ser posible.

Es nuestra responsabilidad entender de manera urgente que, para enfrentarnos a la eficiencia de la propaganda neoliberal, primero debemos aprender a utilizar las mismas estrategias comunicacionales que utilizan dichos poderes concentrados para ejercer su hegemonía.

Por tal motivo, es hora de desechar las antiguas estrategias panfletarias e intelectuales del siglo XX, que consistían esencialmente en la propagación de textos contestatarios y el uso de un leguaje gutembergiano que ya ha caído en desuso. Ya casi nadie lee un texto complejo. Si la computadora y la tecnología digital es hoy, según Mashall McLuhan una prolongación del sistema nervioso central, pues usémosla a modo de pertrecho para combatir los avances de los medios hegemónicos y su estrategia de borramiento de la memoria.

Asimismo, deberíamos apropiarnos del cúmulo de estrategias de persuasión y modificación conductual analizadas por la teoría de la comunicación a lo largo del siglo XX, las cuales han vuelto a reutilizarse eficazmente por las ideologías neoliberales con óptimos resultados.

Precisamente, la nueva versión del neoliberalismo, mutada en ultraderecha, ha aprendido a dominar la utilización estratégica de los frames como vehículo para relacionar determinadas emociones con determinadas temáticas y a partir de allí́ aprovechar electoral y políticamente las reacciones de los afectados.

Es por ello que para cada tema de su agenda desarrollan diferentes frames que son incluidos en su discurso de forma sistemática.

Ya hemos explicado en los primeros capítulos la teoría del framing o marco conceptual que devela la efectividad de su uso para persuadir a la audiencia y modificar conductas.

Los framing en inglés o frames en francés son las representaciones mentales que nos ayudan a estructurar la información que percibimos constantemente. Los frames ofrecen una definición de un problema que, a su vez, implica una determinada presentación de la información. Aceptar un frame significa entonces aceptar ciertas premisas o condiciones y a la vez consecuencias sobre una discusión determinada.

Por ejemplo, referirse a la reunión entre Pepe Mujica, Lula, Alberto Fernández y Cristina como “el populismo está de fiesta” o definir a los que reciben subsidios estatales como “choriplaneros” implica una valoración negativa de estos hechos que generan un efecto en cada uno de nosotros, aunque sea inconsciente.

En resumen, los frames ayudan a entender y ordenar lo que sucede a nuestro alrededor, pero a la vez limitan, seleccionan y jerarquizan la información. Esto tiene como consecuencia no solo un efecto en nuestras valoraciones, sino también en las emociones que experimentamos.

Según el periodista Andreu Jerez y el politólogo Franco Delle Donne, nuestro cerebro funciona bajo dos conceptos que se presentan como opuestos: la razón y la emoción, pero en realidad son complementarios ya que cumplen diferentes funciones.

La razón es la encargada de justificar racionalmente nuestras decisiones y evaluar las de los demás, por lo tanto, es enteramente social ya que me permite intercambiar argumentos frente a los otros.

En cambio, el rol de las emociones está relacionado con la generación de motivaciones para entrar a la acción. Son construcciones que nos permiten leer el entorno y preparar nuestro cuerpo para actuar.

Podría decirse que en una discusión intelectual predomina la razón y en una batalla cuerpo a cuerpo predomina la emoción.

Por lo tanto, la emoción es el alimento necesario para tomar decisiones.

Si lo llevamos al plano de las decisiones políticas, como por ejemplo apoyar o no a determinado partido político, las emociones juegan un rol fundamental. Si por alguna razón creemos que lo que está en peligro, por ejemplo, es nuestro sistema de valores, aparecerá́ el miedo. Y ese miedo nos llevará a actuar de alguna manera para defenderlo.

En este sentido, el ultraliberalismo, couchado por los medios de comunicación, estimulan el miedo, el odio y la frustración a través de la manipulación mental conocida como marco interpretativo o frame.

Develar su estrategia y exponerlo a la confrontación de ideas en el ámbito de los poderes propios del sistema democrático, será la única manera de detener este avance delirante del impulso irreflexivo del inconsciente por sobre el juicio y la razón.

LA SOMBRÍA PERENNIDAD DEL CAPITALISMO

Cuando en 1929 el capitalismo sufre su primera crisis de superproducción y el paro comienza a manifestarse en los países más industrializados, el gobierno de Estados Unidos apela por primera vez a las teorías de John Maynard Keynes, las cuales refutaban la ortodoxia de la escuela clásica inglesa. En plena depresión, se autorizó al Estado a intervenir, controlar y redirigir la economía a través de una innovadora política fiscal que decidiría a partir de ese momento en que área aplicar el gasto estatal. La justificación económica para actuar de esta manera partía, sobre todo, del efecto multiplicador que, según Keynes, se produciría ante un incremento en la demanda.

Las virtudes de esta nueva política económica resignificaron al capitalismo, transformándolo en una alternativa un poco más humana y con resultados sumamente positivos, tanto en el aumento de la calidad de vida de las personas como en la actividad productiva y económica. Este logro sirvió como estandarte de las nuevas democracias de entreguerras para hacer frente al modelo marxista soviético que se estaba imponiendo en la mayoría de los países de Europa del este, Asia, África y hasta en la pequeña isla de Cuba.

Durante ese período, el capitalismo clásico había mantenido un largo período de hibernación, pero no de muerte.

A comienzos de la década del setenta, este impulso intervencionista que había sorteado una de las guerras más devastadoras de la historia y participaba aún de otra guerra subrepticia pero real –la guerra fría- comenzó a hacer agua. Frente a la imposibilidad de los Estados de hacer frente a la caída de la tasa de ganancia y a la acumulación excesiva de capital, más una dependencia cada vez mayor de los mercados internacionales, la crisis empezó a hacerse notar de a poco.  Con el desproporcionado aumento del gasto público sin compensación con los ingresos fiscales las deudas externas se incrementaron hasta hacerse impagables y la recesión arrastró a la mayoría de los estados de occidente.

La crisis del petróleo, motivada por una colosal suba del crudo, produjo el golpe de gracia para que el estado de bienestar se tambaleara y despertara de su letargo esa religión dormida que ahora aparecería con otro nombre pero con el mismo poder de convicción, a saber: El neoliberalismo.

Al principio, como un vampiro que renace de sus cenizas, necesitó adquirir fuerza alimentándose con la sangre del pueblo sudamericano, valiéndose de las dictaduras setentistas como brazo ejecutor, pero luego, con el apoyo de Ronald Reagan en Norteamérica  y Margaret Tatcher en Europa esta religión neoliberal adquirió un impulso monumental, comparable al desarrollo paralelo de uno de sus principales secuaces: los medios de comunicación.

A partir de 1973 los sangrientos experimentos económicos ejecutados en américa latina por los gobiernos militares al servicio del Plan Cóndor produjeron un shock institucional de tal magnitud que prácticamente se destruyó la totalidad del tejido social. Aprovechándose de la perplejidad de un pueblo vulnerado por la represión militar, la escuela de Chicago, representada en ese momento por Milton Friedman, impuso en todo el cono sur la teoría del achicamiento del estado a su mínima expresión dejando a merced del mercado todas las responsabilidades políticas, sociales y económicas atribuibles al Estado de Bienestar. Los resultados fueron devastadores no sólo en la pérdida de vidas humanas, similares a una guerra, sino también en lo que respecta a la profundización de la dependencia económica de la periferia hacia los países centrales a través del FMI.

Al finalizar el siglo XX el rechazo social a las dictaduras era mayoritario y las nuevas democracias latinoamericanas coqueteaban entre las políticas de un estado protector pero deficitario e hipertrofiado o un liberalismo exiguo pero entreguista y adicto a la financiación externa.

El experimento neoliberal en Sudamérica durante las sangrientas dictaduras de Videla y Pinochet permitió que fuera también la región que cuestionara el modelo económico de valoración financiera. La hegemonía del monetarismo librecambista fue confrontada por proyectos que proponían un Estado activo que reconstruyera el mercado interno, desarrollara las capacidades tecnocientíficas de las sociedades, añadiera valor agregado a sus productos de exportación y, sobre todo, que impulsara políticas de inclusión social que redimieran a la población castigada durante el fin de siglo.

La crisis financiera de 2008 -como correlato del estallido de la burbuja inmobiliaria en EE.UU. – y su extensión a la economía real, terminará con la dominancia del discurso del Estado mínimo en todo el mundo. A partir de allí, los Estados debieron intervenir a través de sus bancos centrales para salvar el modelo de acumulación neoliberal a costa del hambre del pueblo, pero el horizonte neoliberal comenzó a tambalearse.

La asociación entre libertad política y liberalismo económico como destino de la humanidad y fin de la historia, teorizada por el ultraderechista Fukuyama o por el “liberal de izquierda” Anthony Giddens se derrumbó.

Cuando a comienzos del siglo XXI la crisis de Estados Unidos arrastra a Portugal, Irlanda, España, Italia y Grecia, los mal llamados “populismos” se proponen luchar contra este flagelo a través de la unión de los pueblos, teniendo como protagonistas en Latinoamérica a Kirchner, Lula, Chávez y Evo Morales. Durante más de diez años estos gobiernos pagan las deudas, sanean las cuentas de sus respectivos países y se proyectan como una barrera en cada elección a cualquier intento de introducir políticas en contra de las necesidades del pueblo.

El neoliberalismo parecía derrotado, pero no fue así. Aplicando las nuevas tecnologías al marketing político y corrompiendo los poderes de las naciones (incluido el cuarto poder), logra introducirse en las campañas políticas. Apelando a la psicología del odio y a la meritocracia logra ganar en elecciones democráticas en todo el continente sur y en varios países europeos en los que la derecha xenófoba comienza a propagarse como una enfermedad incurable.

Como una nueva religión de pastores electrónicos sus campañas penetran en todos los hogares y en la vida íntima de cada uno de sus habitantes.  Herramientas digitales de última generación, como el uso de las grandes bases de datos (Big Data) y el microtargeting son utilizados de manera indiscriminada hasta anular la capacidad de discernimiento. Trolls, bots y redes como Twitter, Facebook e Instagram son el vehículo para posicionarse o bien para difamar al oponente a través de las Fake News.

Habiéndose adaptado a la generación 4.0, podríamos afirmar sin lugar a dudas que el neoliberalismo nuevamente goza de buena salud y se prepara para dar la batalla final.

LA ASTUCIA DE LA SINRAZÓN

A lo largo de la vida nuestro cerebro recibe un cúmulo casi infinito de información, por lo tanto, debe invertir recursos para administrarla. Las historias son el instrumento perfecto para ordenar y utilizar esa información, lo que permitirá establecer causalidades entre hechos.

Este gran caudal de relatos, para que nuestra mente pueda asimilarlos, requieren la simplificación de la información, con lo que a veces se corre el riesgo del reduccionismo y su derivación en sacar conclusiones falaces o infundadas.

Las narrativas nos dejan expuestos a una serie de sesgos cognitivos que pueden ser aprovechados para manipular nuestra visión del mundo.

Dicho de otra manera, con el fin de simplificar y a la vez procesar rápida y eficientemente la información que recibimos constantemente, nuestro cerebro toma atajos cognitivos. Es decir, utiliza su experiencia para tomar decisiones sin que ni siquiera nos percatemos de ello.

Esta simplificación que hacemos con nuestra mente no siempre produce los resultados esperados. De acuerdo con Susan T. Fiske y Shelley E. Taylor, los seres humanos son por naturaleza «avaros cognitivos», lo que significa que prefieren pensar tan poco como sea posible.

En este sentido, los frames o marcos conceptuales utilizado por los medios de comunicación, proporcionan a las personas una manera rápida y fácil de procesar información.

Por lo tanto, la gente va a usar los filtros mentales mencionados anteriormente para dar sentido a los mensajes entrantes. Esto le da al emisor o creador de mensajes el enorme poder de utilizar estos esquemas para manipular la forma en que los receptores interpretan el mensaje.

En general, esta es una función muy útil para quien sea remolón a la hora de pensar, pero muy peligrosa a la hora de tomar decisiones.

Por tal motivo, en muchas ocasiones, estos atajos nos llevan a resultados erróneos o a desviaciones de interpretación. Estas conclusiones falaces son denominadas sesgos cognitivos.

La tendencia a pensar que un argumento es fuerte porque es creíble, a enfocarse solo en la información que confirma lo que se creía previamente o bien a preferir un resultado seguro aunque pueda ser perjudicial, son algunos de esos sesgos cognitivos. La potencia de ellos radica en que no nos damos cuenta que los estamos ejecutando. Es decir, suceden tan naturalmente que demanda una enorme inversión de energía poder tomar conciencia de ellos y, eventualmente, revisar las decisiones derivadas de los mismos.

Uno de los ejemplos más comunes es cuando el multimedio más grande de Argentina se niega a pagar el impuesto a la riqueza aseverando que lo recaudado iría a “subsidiar los planes de empleo para mantener vagos”. En este caso, el receptor de la noticia debería hacer una búsqueda de datos sumamente engorrosa para determinar la veracidad de la información, por lo tanto la da como válida.

Otro ejemplo repetitivo es la afirmación “Se robaron un P.B.I.”. Su comprobación implicaría un esfuerzo de investigación cualitativa y cuantitativa que demandaría no sólo un tiempo significativo de nuestra vida, sino también una capacidad intelectual académica que la mayoría de la gente común no la tiene.

Además, la verosimilitud de la historia muchas veces se convierte en una buena razón para pensar que es cierta y que por consiguiente temerle al kirchnerismo, odiar a Cristina y frustrarnos porque volvieron al gobierno estaría justificado.

Creemos equivocadamente que nuestra conclusión es producto de un proceso racional, en el sentido clásico, cuando en realidad estamos justificando determinados posicionamientos de manera irracional.

En este sentido, los ultraderechistas y los mal llamados “libertarios”, utilizando la falacia narrativa y el conjunto de valores que traen aparejado los frames, manipulan las emociones de un electorado ávido de escuchar a alguien que les diga lo que quieren escuchar.

Por lo tanto, las falacias narrativas son la herramienta con la que las ultraderechas inducen a un electorado desencantado con la política a que no sólo los voten, sino que odien toda forma de pensamiento diferente a lo que instintivamente ellos creen defender.

El discurso de los ultraliberales, ultraderechistas o “libertarios” carece totalmente de propuestas, planes o ideologías porque en realidad no las necesita para acceder al poder.

Sus proposiciones se basan exclusivamente en valores, emociones y en el estímulo de los impulsos más primitivos que apuestan por algo diferente.

“Todos nos sentimos normales y todos estamos convencidos de que nuestros problemas, intereses y preocupaciones son normales. El discurso de la ultraderecha no dice qué es normal, simplemente lo deja a disposición del ciudadano para que lo rellene con los valores que le parezca. Ese relleno es usualmente denominado sentido común”.

Estos valores activados en nuestras mentes por el relato ultraderechista quizá estén ausentes o mal comunicados por el resto de los partidos, ya que responden a la lógica de lo racional. En cambio, los ultras movilizan las emociones más profundas del ser humano apelando al miedo a lo desconocido, al odio hacia el diferente y a la frustración por no cumplir nuestras expectativas.

En otras palabras, apelan a lo irracional.

Y aquí es dónde radica el éxito de su avance en todo el mundo y de su capacidad de movilizar a millones de electores en detrimento de los demás partidos: apelar a la emoción antes que la razón, evitando la reflexión y la argumentación.

La prueba concreta de este fenómeno se puede observar cuando un trabajador humilde, posiblemente desempleado, decide apoyar con su voto a un partido que planea flexibilizar y pauperizar aún más el mercado laboral, como es el caso de Juntos por el Cambio y Avanza Libertad en Argentina, o Alternativa para Alemania, o el Frente Nacional francés en Europa.

Incluso llegan a apoyarlos aquellas personas que, teniendo su salario y su jubilación asegurados, borran de su memoria las luchas sindicales que fueron necesarias para conseguirlos, para que ahora, gracias a un voto irracional, esos derechos fundamentales pertenezcan al pasado.

Cabe agregar que el desencanto con los partidos políticos tradicionales y las acusaciones de corrupción de la vieja política inoculada por los medios hegemónicos las veinticuatro horas del día los 365 días del año también colabora a enriquecer el discurso ultraliberal.

En complicidad con los jueces del establishment, les permite construir un enemigo visible que se extiende en el tiempo y que ha provocado la caída de formaciones históricas en varios países del mundo. Las acusaciones contra los líderes progresistas les permite establecer un enemigo visible que trabaja en contra de los intereses de sus representados, el pueblo, y a la vez posicionarse como el defensor de este último.

El discurso ultraderechista se caracteriza por establecer lógicas binarias. El pueblo frente al gobernante corrupto. Ambos son conceptos que la ultraderecha se encarga de definir y otorgar entidad según convenga. El keynesianismo, el progresismo, el Estado asistencial y el Peronismo pueden ser enemigos del pueblo. Los mapuches también pueden cumplir ese rol de enemigo al pretender apropiarse de un pedazo de nuestra Nación. También se puede expresar en los inmigrantes que, en tanto grupo externo, “vienen a ocupar nuestros lugares de trabajo y a estudiar gratis a nuestras universidades sin interés en integrarse, con costumbres foráneas y muy posiblemente contrarias a la moral local”.

El rol de la mujer, la identidad de género, el matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto legal y asistido, entre otros, son algunos de los debates en los que la ultraderecha aplica el frame de la amenaza latente. “La ultraderecha se erige así́ como una suerte de movimiento recuperador de los valores tradicionales en contra de la degeneración progresista. De esta forma, desafiar lo políticamente correcto ya no implica un castigo social, sino que pasa a ser una defensa de determinados valores. Ese último elemento está relacionado con el miedo a la incertidumbre, la falta de reglas o la pérdida del status quo como vehiculizador”.

Los ultras se han apropiado de todas las propuestas de los partidos progresistas resignificándolas a tal punto que han vaciado de sentido las palabras libertad, justicia, igualdad y Estado.

Si tomamos la iniquidad social como ejemplo de frame, la discusión sobre la distribución de la riqueza ha sido históricamente parte de la agenda de los partidos de izquierda.

La explotación de la clase dominante a los trabajadores, la justicia social, la crítica a la meritocracia o las luchas de clases son elementos propios de esa cuestión.

En este sentido, la pertenencia de este tema ya no es exclusiva de este sector del espectro político. En efecto, la ultraderecha ha sido capaz de arrebatarle esa hegemonía a las izquierdas y con ello, ha instalado un frame en el debate público que compite con esta ideología e intenta redefinir el problema llevando agua para su molino.

La ultraderecha promociona el frame de la injusticia mediante el cual mantiene la mala redistribución de los recursos como el problema que hay que resolver, pero modifica su definición. La causa no tiene que ver con ricos y pobres, como argumenta la izquierda, sino con el Estado de Bienestar, el keynesianismo, el peronismo o el socialismo.

Pone a los trabajadores a competir entre sí por los recursos del Estado, mientras concede todo tipo de libertades para aquellas empresas nacionales y multinacionales que viven de él.

También enfrenta a la clase trabajadora por los puestos de trabajo, por los niveles de educación para sus hijos, por la adjudicación de viviendas, por la salud pública, etc. y critica la permisibilidad del Estado para que los extranjeros de países limítrofes tengan las mismas oportunidades que los argentinos.

La frustración que genera este frame, potenciado por la narrativa, activa los apoyos de aquellos cuyas expectativas no están satisfechas por diferentes razones. Muchos ya no confían en el sistema ni en los partidos políticos tradicionales. Se sienten decepcionados, marginados y olvidados.

De esta manera, toda esta desazón y bronca acumulada va dirigida a chivos expiatorios asequibles, que pueden verse en la vida real y castigarlos a través del voto, en vez de dirigir esa bronca a los verdaderos artífices de sus desgracias, como es el caso de los hipermillonarios, la banca transnacional o el lobby de la embajada de los Estados Unidos.

En su relato se reivindican elementos ultraconservadores y los utiliza como artefacto en contra de los límites de lo políticamente correcto. En este sentido, lo que era considerado una falta de respeto hoy puede ser transformado en una verdad que nadie se anima a decir.

Como ya mencionamos anteriormente al analizar las estrategias persuasivas de los mass media, el crecimiento de la ultraderecha también se debe a la incapacidad de los partidos políticos tradicionales para comprender la lógica comunicacional ultra, ya que no han logrado desarrollar frames alternativos para competir en el espacio público.

Por otro lado, el periodismo hegemónico y las redes sociales también han servido de instrumento para el sostenimiento y diseminación de la narrativa ultraderechista mediante el uso de la segmentación de audiencias, la eficiencia de sus mensajes y la sofisticación de sus recursos a través del uso de la tecnología digital.

Parece mentira que el progresismo aún no comprenda que el discurso político de barricada o el de los grandes oradores al frente de multitudes ha caído en desuso, siendo reemplazado por el uso de las redes sociales y los focus groups.

En este contexto favorable, las ultraderechas han tenido la posibilidad de transmitir su discurso y con él, han activado en parte de la población la triada del miedo-odio-frustración. Estas emociones, sumadas a los sesgos cognitivos y al rol de los elementos arriba mencionados, son claves para entender el crecimiento de las distintas ultraderechas y su consolidación en los distintos sistemas políticos nacionales.

Según Andreu Jerez, “los partidos políticos se encuentran frente a una oportunidad única para revisar sus concepciones sobre el electorado. En la medida en que abandonen la vieja y obsoleta dicotomía razón vs. emoción, tienen la ocasión servida para redescubrir sus valores y a partir de ellos construir frames que compitan con la ultraderecha.

De hacerlo, lograran que los ciudadanos se vean obligados a decidir cuáles son sus valores principales y para ello ya no podrán dejarse llevar por las respuestas automáticas del cerebro.

Si empero ignoran esta situación y deciden continuar como hasta ahora, los partidos políticos serán incapaces de quitarse el estigma de ser la vieja política, y profundizarán la desconfianza del electorado favoreciendo así́ las opciones más radicales”.

SIN TRAIDORES NO HAY NEOLIBERALISMO

Hace exactamente diez años, en una suite del Hotel Marriot de la ciudad de Atlanta, EEUU, un grupo de ex presidentes liberales y derechistas de América Latina y representantes de la CIA se reunieron para organizar el desplazamiento de los gobiernos progresistas que aún perduraban en la región.

Uno de los presentes, el ex presidente Luis Alberto Lacalle dijo: “Ya que no podemos ganar las elecciones a estos comunistas, comparto una acción en dos pasos: Primero iniciar una campaña de descrédito contra los presidentes de orientación izquierdista o progresista para ir minando su liderazgo. Para ello contamos con los medios de comunicación. Segundo: Transformar las maniobras mediáticas en procesos judiciales que terminarán con los mandatos presidenciales sin que para ello hubiera que recurrir al voto popular”.

Esta información privilegiada y de primera mano fue suministrada por Manolo Pichiardo, dirigente del Partido de Liberación Dominicana, antes de asumir la presidencia del Parlacen (Parlamento Centroamericano).

Si bien a esa reunión no concurrió ningún ex presidente argentino, al año siguiente Eduardo Duhalde fue invitado a exponer.

También tuvieron activa participación en este tipo de reuniones la intrigante Margarita Stolbizer, la desertora Graciela Ocaña, la inefable Gabriela Michetti y la denunciadora serial Lilita Carrió a través de la “National Endowment for Democracy”, financiada por la CIA.

Según una investigación de la agencia Nodal, Estados Unidos destina entre 60 y 70 mil millones de dólares anuales en fundaciones como “Voces Vitales”, liderada por la enamoradiza Laura Alonso, o “Fundación Nueva Democracia” e “Instituto de Ayuda al Exterior”, destinadas a crear líderes republicanos a imagen y semejanza del “sueño americano”.

Basta con ver quienes van los 4 de julio a la embajada norteamericana a festejar el día de la independencia de EEUU: Políticos mediocres con aspiraciones de estadistas, jueces cuyos juramentos harían ruborizar a la justicia y periodistas aspirantes a la fama a través de indignas operaciones mediáticas.

Pero no son sólo las acciones de estos personajes secundarios las que nos someten a la dependencia del capitalismo transnacional, sino también la falta de decisión política de los presidentes progresistas para cambiar el estado de las cosas.

El neoliberalismo ha banalizado el concepto de soberanía nacional al punto tal que ningún gobierno, ya sea de corte progresista o de derecha, parecería asumir, ni siquiera cuando se festeja el día de la independencia argentina, el grado de extranjerización en que se encuentra nuestro patrimonio nacional y cultural.

¿De qué soberanía me hablan cuando una perversa asociación de bandoleros inescrupulosos endeudó al país a cien años con un pasivo tan descomunal que la sumatoria de la deuda de los cinco países más endeudados de la tierra no alcanzaría a cubrir el total de la deuda adquirida?

¿Qué independencia puede existir cuando de las 148 empresas públicas bajo el control del Estado nacional y 149 bajo control de Estados provinciales, municipales y mixtas que existían en 1976 sólo quedan 15 en funcionamiento, la mayoría multinacionales?

¿Cómo puede emanciparse un país cuya vía más importante de salida de sus productos al mundo está manejada por empresas privadas, casi todas de origen extranjero y el contrabando de exportaciones de mineras, agro-industria, carnes, pesca, combustibles y otros ronda los U$S 30.000 millones por año?

Según una investigación realizada por la socióloga y ensayista Alcira Argumedo la minera canadiense La Alumbrera, que declara exportar oro, cobre y molibdeno, olvidó declarar las exportaciones de cromo, titanio, circonio, cerio, cobalto, cesio, hafnio, lantano, lutecio, columbio, níquel, escandio, tantalio, terbio, torio, uranio, tungsteno, ytrio e iterbio, obtenidos en la explotación de los tres primeros, únicos declarados con fines tributarios.

De esta manera dicha empresa fuga más de 8.000 millones de dólares al año en minerales preciosos, utilizados por las potencias mundiales para construir misiles y materiales de alta tecnología.

A esta entrega planificada de nuestra producción minera debemos sumarle el envío de inmensos cargamentos de soja ilegales hacia a Paraguay y Brasil a la manera de triangulación para evitar el pago de las retenciones.

Si hubiera voluntad política para parar este sangrado, en poco más de un año se pagaría la deuda externa.

El año pasado Alberto Fernández firmó el decreto 949/20 en el que disponía el llamado a licitación pública para la realización de obras con peaje en la denominada Hidrovía.

La actual traza que se licitó se encontraba concesionada a la empresa belga Jan de Nul y a la argentina EMEPA S.A. desde 1995 cuando el ex presidente cipayo Carlos Menem les entregó la explotación de la ruta navegable más importante de Argentina ya que a través de la misma sale el 85 por ciento de las exportaciones del país.

Valiéndose de lobbys y presiones del establishment, esta empresa volvió a ganar la licitación. Jan de Nul y EMEPA S.A. continuará realizando la operación, explotación y mantenimiento de la vía de navegación de transporte comercial entre el kilómetro 584 del río Paraná y las zonas de aguas profundas naturales del Río de la Plata (Punta Indio) hasta la nueva licitación.

En medio de este inmoral drenaje de divisas, el Estado sigue sin hacerse cargo de la administración de la Hidrovía bajo el falso argumento de que los argentinos no podemos realizar el dragado y balizamiento, permitiéndole a las empresas privadas internacionales administrar los 30 puertos en los que se despacha el 80 por ciento de las exportaciones nacionales.

Ante este golpe a la esperanza de recuperar parte de nuestra soberanía, sólo nos queda esperar que el gobierno actual, al menos por un tiempo, fortalezca los controles a través de Prefectura Naval, Gendarmería, Ministerio de Transporte y AFIP.

Hay pruebas fehacientes de que la mayoría del contrabando se realiza reemplazando el espacio de agua que queda debajo de la línea de flotación con granos, minerales y cualquier otro tipo de elemento susceptible de traficar.

Dicha cuenca, integrada por las provincias de Buenos Aires, Chaco, Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe, Formosa y Misiones consta de 30 puertos en sus márgenes en donde están instaladas todas las empresas aceiteras de nuestro país, de las cuales el 80 por ciento son extranjeras.

El 100 por ciento de los puertos son absolutamente privados y por la hidrovía, en barcos de gran calado, circula el 90 por ciento de la mercadería transportada en contenedores y todo lo derivado de la industria agrícola y minera, además del aceite, el petróleo, el gas natural y todo lo producido por la metalúrgica, la siderúrgica y las automotrices.

Cabe aclarar que Menem, en un intercambio de favores espurio, le otorga la concesión a Romero, dueño de EMEPA, tres años antes de la privatización efectiva (1995), momento en el que se sumó la multinacional belga.

Para atenuar este bochornoso drenaje de divisas, luego de tres décadas de dudosas renovaciones de la concesión, el presidente Alberto Fernández anunció la creación de la Administración Federal Hidrovía Sociedad del Estado, una empresa en la que participaría el Estado nacional junto a las siete provincias rivereñas.

Esto daría un rol muchísimo más activo del Estado en la administración de las exportaciones, pero principalmente un control absoluto sobre la salida de nuestra riqueza nacional, evitando el contrabando y la subfacturación de las remesas despachadas.

Aunque parezca mentira, hasta antes de la renovación actual no se realizaba un control de carga de los barcos que circulaban por la Hidrovía, sino que sólo bastaba con una simple declaración jurada de los transportistas para determinar cuantitativamente y cualitativamente la carga impositiva y el producto exportado.

El proyecto de construcción del Canal Magdalena será una alternativa esperanzadora para lograr parcialmente una soberanía inicial ya que es el canal de vinculación natural entre el litoral marítimo y el fluvial, el cual permitiría que los barcos que proceden de los puertos nacionales o de ultramar, puedan acceder a los puertos fluviales sin pasar por aguas uruguayas, donde actualmente se someten a colas para ingresar y en definitiva quedan fuera de la jurisdicción Argentina, sin beneficio alguno para nuestro país.

Lo primero que se necesita es concretar el dragado urgente del canal Magdalena, alineando los lugares que tengan talleres y equipos que lo puedan afrontar: Obras Públicas, Fuerzas Armadas y astilleros disponibles.

Lo segundo es la utilización de la materia gris nacional egresada de nuestras Universidades Nacionales para la dirección y ejecución del proyecto.

Recuperar el control del tráfico del Paraná significaría no sólo evitar el contrabando y la evasión fiscal, sino también la gesta de una nueva Vuelta de Obligado, una reafirmación ineluctable de nuestra independencia y soberanía nacional.

Siempre y cuando, la derecha neoliberal, valiéndose de su ejército de traidores vendepatria al servicio del capitalismo transnacional, no impida el ansiado proyecto emancipador.

LA DERECHA: UNA VISIÓN DESDE LA SOCIOLOGÍA

Diez años antes de la caída del muro de Berlín, tanto Margaret Thatcher en Inglaterra cómo Ronald Reagan en Estados Unidos sepultaban definitivamente el Estado de Bienestar y el mundo libre de la posmodernidad tornaba obsoleto cualquier discurso de reivindicaciones sociales y laborales, trayendo aparejado la movilidad social descendente, el endeudamiento y la fuga.

La ortodoxia monetarista, las privatizaciones, la libertad financiera y la flexibilización laboral dejaron atrás las políticas igualitarias y el Dios mercado reemplazó cualquier tipo de política de inclusión social, iniciándose una poderosa campaña de descrédito de los socialismos y de los gobiernos progresistas.

A comienzos del siglo XXI, los movimientos populares latinoamericanos de la mano de presidentes de la talla de Lula, Kirchner, Correa, Evo Morales y Chávez pusieron freno al ascenso desenfrenado de la derecha neoliberal reinventando la política, apostando a la integración regional y revalorizando las luchas sociales.

Si bien esta acción mancomunada de América del Sur desenmascaró la parte más reaccionaria y conservadora de la “libertad de mercado”, también despertó  el odio y la hostilidad hacia los sectores más vulnerables, tildándolos de planeros, vagos, negros, populistas, chorros, kukas.

Esta animadversión hacia el otro, hacia el diferente o hacia el vulnerable fue la base sobre la que se construyeron estos movimientos cuya extrema violencia política representan el neofascismo liberal en pleno ascenso, “explosiva combinación entre extremo liberalismo económico y sádica violencia política”.

Como ya lo había anticipado el filósofo Walter Benjamin a principios del siglo pasado, la estética de la violencia trasladada a la política ha demostrado tener un enorme efecto persuasivo en la sociedad.

Las ultraderechas, a pesar de que vienen a terminar con los controles de precios, con las indemnizaciones por despido y los derechos laborales, que consideran a los salarios un costo para los empresarios, que creen ciegamente en la mano invisible del mercado, son votados con entusiasmo por una gran pare de la población, incluso por vastos sectores de las clases populares.

Ellos, que pretenden evitar a toda costa que el Estado controle sus negocios privados, que consideran el régimen impositivo como confiscatorio culpándolo de ahuyentar las inversiones, pero usan toda la parafernalia institucional para facilitar sus negociados, son aclamados por un pueblo cuyo salario fue devastado por un aumento colosal en las tarifas de los servicios públicos.

Según el sociólogo Gustavo Véliz “Por esta misma senda, el primer gobierno de los CEOs de nuestra historia diseñó su política económica para enriquecer (aún más) al 1 % de los más ricos, mediante medidas tales como: la devaluación, los tarifazos, la liberación de precios, la rebaja impositiva para patrones y rentistas, el endeudamiento o el blanqueo de capitales; pero también, en virtud de la fuga, la evasión, la elusión o las guaridas fiscales. Y todo ello sin contar las maniobras fraudulentas con que dicho gobierno benefició a empresas propias o “amigas”: Shell, Autopistas del Sol, Parques Eólicos, Macair-Avianca, Iecsa, Isolux, Pampa Energía, Cablevisión, Techint, Tecpetrol, los bancos, los medios concentrados o las distribuidoras energéticas”.

Manipulando el sentido común a través de los medios de comunicación colocan a Chile, Suecia, Finlandia, o Noruega como “países en serio”, ocultando la falacia de que Chile es el país más desigual de América Latina y que en los países nórdicos los controles y las regulaciones estatales son centrales, con asignaciones sociales elevadísimas e impuestos altísimos para las grandes fortunas.

Todos los que no tengan un pensamiento neoliberal o de ultraderecha son enemigos.

Así, los presidentes progresistas, los sindicatos y los movimientos sociales son chorros, corruptos y será a través del law fare o guerra jurídica que se los perseguirá hasta hacerlos desaparecer de la faz de la tierra.

De esta manera, si la política es deshonesta y corrupta, sólo nos queda la propuesta liberadora de la ultraderecha, representada por banqueros, financistas y los grandes grupos económicos que, a través de sus candidatos “libertarios” y de “mano dura” traerán la liberación de un pueblo esclavizado por un Estado opresor.

A principios del siglo XX, la escuela de Frankfurt develó que uno de los tantos síndromes de la personalidad autoritaria es la identificación con el fuerte y su consecuente hostilidad hacia los débiles. “Cuando se internaliza el control social opresivo, muchos sujetos se adaptan a dicho ordenamiento asumiendo, de un modo irracional, la obediencia y la subordinación a la autoridad (e identificándose con quienes se hallan en el vértice de la pirámide). Así, la estructura pulsional sadomasoquista opera, a la vez, como la condición y el resultado de dicha adaptación. Esta constitución tan particular del superyó permite que la hostilidad hacia el padre represor se convierta en amor por su autoridad. De esta manera, una parte de la agresividad resultante de las represiones y los tabúes, es absorbida y transformada en masoquismo (autocastigo, autoimposición de un sacrificio necesario), mientras que la otra parte sobrante se canaliza como violencia sádica hacia aquellos con quienes el sujeto no se identifica: los grupos débiles y marginales (que vendrían a sustituir al padre-autoridad odiado). Aquí, los estereotipos cumplen una función central ya que logran re-dirigir la energía libidinal de acuerdo con las demandas de un superyó muy estricto”.

En este sentido, es comprensible que vastos sectores de las clases medias y algunos de las clases populares se identifiquen con los sectores del poder y prefieran estar del lado de los opresores y no de los oprimidos, canalizando su odio hacia las clases más vulnerables.

“Todos somos Vicentin” es el slogan por antonomasia, pero también muchos se han sentido identificados con los look out patronales o apoyan a los CEOs y dueños de grandes fortunas para que sean candidatos ya que “como tienen dinero no vienen a robar”.

Por otro lado odian a los que están en la base de la pirámide social: los pobres, los inmigrantes ilegales, los subsidiados por el Estado, etc.

Toda esta parafernalia de estrategias caerían por su propio peso si se discutiera de manera racional en cualquier debate público, pero la práctica política actual ha prescindido del discurso racional y la argumentación rigurosa, dándole espacio a la emotividad y los sentimientos.

La espectacularización de la política y los focus group, especialistas en manejar las emociones a través del marketing, han desplazado la racionalidad del debate público.

“La fórmula vacía (aunque incansablemente repetida) reemplaza al dato, al indicador, al cotejo empírico. Estandartes que históricamente habían inspirado las luchas populares, cómo libertad, cambio, república, democracia fueron reemplazados por miedos, virulencias, falsas noticias, estigmatizaciones, eslóganes repetidos, y sadismo extremo. En definitiva, un inédito deseo de no saber”.

Como corolario, la derecha neoliberal es absolutamente negacionista, reivindicadora del genocidio planificado por la dictadura y precursora de la teoría de los dos demonios.

Repitiendo siempre la frase “el curro de los derechos humanos” defenestran el accionar de las Madres y Abuelas y aborrecen toda actividad desarrollada por las organizaciones humanitarias.

He aquí un resumen de sus propuestas que, aunque parezca absurdo, según el resultado de las elecciones de medio término tienen una gran aceptación por gran parte del pueblo argentino:

“Entregarnos a la voracidad de los mercados; anular las indemnizaciones por despido; liberar el dólar y las tarifas; acordar con el FMI “a como dé lugar”; rebajar aportes patronales; eliminar retenciones a las exportaciones; achicar el gasto público; defender a los formadores de precios y a los propietarios de grandes fortunas; estigmatizar a los que viven de la ayuda social; demonizar a políticos y sindicalistas; cultivar el odio; estimular las conductas masoquistas y sacrificiales; incentivar la hostilidad y la violencia hacia los más desamparados; amenazar con el caos; propiciar el uso de armas de fuego; alentar el asesinato por la espalda; defender incondicionalmente a la mafia judicial; negar el genocidio; desprestigiar a la ciencia y a la política; promover una burbuja emotiva y cognitiva resistente a cualquier embate de la crítica, la reflexión y la rigurosidad; indignarse, encender alarmas, hacer ruido, confundir, convencer de que nada vale la pena y de que solo los fuertes podrán guiarnos para salir del laberinto”.

La violencia extrema en el discurso de esta corriente ultraliberal aún no se ha visto plasmada en la realidad política dado que sus apologetas aún no han alcanzado el poder suficiente dentro del sistema democrático, pero poco a poco lo están logrando.

Si la sociedad no toma conciencia de que está apoyando con su voto a una derecha criminal que ni bien llegue al poder descargará todo su instinto genocida sobre sus enemigos, llámense progresistas, socialistas, estatistas o librepensadores, habrá colaborado con el ascenso definitivo del nazismo y el fascismo al siglo XXI.

Y todos sabemos cuál es el desenlace final.

¿ES LA JUSTICIA SOCIAL UNA UTOPÍA?

Es común escuchar a los iluminados profetas de establishment despotricar constantemente contra el estado de bienestar asegurando que el mismo anula las posibilidades de ascenso social a través del mérito y del esfuerzo propio, estimulando la vagancia y la dependencia estatal. Esta falacia, como casi toda la estructura teórica en la que se sostiene el neoliberalismo, se cae a pedazos con sólo tomar como referencia el gobierno de Macri cuya gestión dejó 16 millones de pobres y un Estado en bancarrota. Existe ineluctablemente sólo una manera de evaluar si una política fue buena o mala: Una economía saneada en el marco de una justicia social.

Según el sociólogo Francois Dubet la justicia social se compone de dos elementos fundamentales: la igualdad de oportunidades y la igualdad de posiciones. Ambas tienden a reducir las desigualdades sociales o al menos volverlas aceptables. La igualdad de oportunidades tendría que ver más con la eliminación de las discriminaciones de todo tipo, mientras que la igualdad de posiciones con acercar medianamente los salarios mínimos a los más altos y emparejar el acceso a la salud, educación, recreación, etc. de las clases altas con las más bajas.

Dubet dice que “la igualdad de posiciones busca ajustar la estructura de las posiciones sociales sin poner el acento en la circulación de los individuos entre los diversos puestos desiguales”. En este caso, la movilidad social es una consecuencia indirecta de la relativa igualdad social. En pocas palabras, no se trata tanto de prometer a los hijos de la clase trabajadora que tendrán tantas oportunidades de llegar a ser ejecutivos como las que tienen los hijos de estos últimos, como de reducir la brecha en las condiciones de vida y de trabajo entre los obreros y los ejecutivos. No se trata tanto de permitirles a las mujeres que ocupen los empleos hoy reservados a los hombres, como de hacer que los empleos que ocupan tanto las mujeres como los hombres sean tan iguales como sea posible. La igualdad de posiciones tiende a reducir las desigualdades con el acceso a la seguridad social de las clases más bajas para enfrentar las crisis cíclicas gracias a la redistribución de las riquezas mediante retenciones sociales y un impuesto progresivo sobre la renta y al desarrollo de los servicios públicos a cargo del Estado. Es en primer lugar en el terreno de las condiciones de trabajo y de los salarios donde se constituyen y se reducen las desigualdades sociales. El ejemplo argentino del primer peronismo demostró la efectividad de estas políticas inclusivas, logrando una distancia considerable con otros países con mayor desigualdad. Hay que destacar también que el modelo de justicia social construyó una representación de la sociedad en términos de clases sociales y de focalización de la lucha contra las desigualdades en la esfera del trabajo. En este sentido es destacable la labor de los sindicatos en los conflictos por la equiparación de los salarios y en la lucha por una justa distribución de la riqueza.   Más allá de eso, la igualdad de posiciones construye “un contrato social expandido y una solidaridad esencialmente «ciega» a las «deudas», a los «créditos» y a las responsabilidades de cada individuo”.

La otra manera de concebir la justicia social es la igualdad de oportunidades, o sea la posibilidad para todos de ocupar cualquier posición en función de un principio meritocrático. Aspira menos a reducir las desigualdades de las posiciones sociales que a luchar contra las discriminaciones que obstaculizan la realización del mérito, permitiéndole a cada cual acceder a posiciones desiguales como resultado de una competencia equitativa en la que individuos iguales se enfrentan para ocupar puestos sociales jerarquizados. En este caso, las desigualdades son justas, ya que todos los puestos están abiertos a todos. El que fracasa en el intento de superación es porque no se esforzó lo suficiente. Todo se distribuye de acuerdo a los méritos del individuo (meritocracia). Es como si dijéramos que como Maradona en base al mérito llegó a la cúspide, cualquiera que se esfuerce puede lograrlo, pero queda en claro que, aunque existan veinte Maradonas la brecha entre ricos y pobres seguirá existiendo, pues no se realiza un reparto equitativo de la riqueza. El contrato social «ciego» es sustituido por contratos más individualizados, que comprometen la responsabilidad de cada individuo y lo llevan a hacer valer su mérito para optimizar sus oportunidades. Si triunfa, mejor; si fracasa, peor para él.

Dubet defiende la igualdad de posiciones por sobre la igualdad de oportunidades ya que la igualdad, al acotar las distancias de la estructura social, es «buena» para los individuos y para su autonomía; aumenta la confianza y la cohesión social en la medida en que los actores no se empeñan en una competencia constante, tanto para lograr el éxito social como para exponer su estatus de víctima para beneficiarse de una política específica. La igualdad de posiciones, aunque siempre relativa, crea un sistema de deudas y de derechos que lleva a resaltar lo que tenemos en común entre las personas más que lo que nos distingue y, en ese sentido, refuerza la solidaridad. La igualdad de posiciones no aspira a la comunidad perfecta del utópico comunismo, sino que busca la calidad de la vida social y, por esa vía, la de la autonomía personal, ya que al no encontrarnos amenazados por desigualdades sociales demasiado grandes tenemos más libertad de acción. En ese sentido, no contradice la filosofía política liberal, aunque lleva a regular y limitar el libre juego del liberalismo económico y sus consecuencias humillantes para las clases bajas. Resumiendo, la mayor igualdad posible es buena «en sí misma» en la medida en que no ponga en peligro la autonomía de los individuos y, más aún, es deseable porque refuerza esa autonomía.

El segundo argumento a favor de la igualdad de posiciones se basa en que permite aplicar la igualdad de oportunidades, es decir el ascenso social a través del esfuerzo personal ya que las distancias entre los puestos son más reducidas. “A pesar de la sabiduría de lo que Rawls llama el «principio de diferencia», que requiere que la igualdad de posiciones no lleve a un deterioro de la condición de los menos favorecidos, es fácil constatar que, en todas partes, las desigualdades se profundizaron más en los países donde prevalece el modelo de las oportunidades que en los países donde prevalece el modelo de las posiciones”. El ejemplo típico es Estados Unidos e Inglaterra, casualmente la cuna del neoliberalismo.

En definitiva, los gobiernos que promuevan la igualdad de posiciones edificarán una sociedad más libre de actuar ya que los sujetos no se verán amenazados por desigualdades sociales demasiado grandes que le impidan su desarrollo individual y colectivo.

LAS RUINAS CIRCULARES

El neoliberalismo sueña un mundo substancial en donde los sentimientos se cotizan según la metafísica de la oferta o la demanda. Un no- lugar en el que las personas no existen, sino que hay sólo referentes matemáticos que deambulan hacia un horizonte concreto, racional y edificado sobre la base de una espigada opulencia.

Seres que se mueven sobre un territorio cartesiano cuyas emociones fluctúan según las variaciones del mercado: Si sube la bolsa la dicha hace estremecer los corazones de felicidad, si cae las frustradas lágrimas brotarán detrás de unos ojos verde-azulados, como el color del billete que mueve al mundo.

Si, ellos y su epicúrea doctrina tienen algo en común con el mito y las creencias de algunos hombres: la certeza de que están ubicados en el mejor de los mundos y el orgullo señorial de que son herederos de un poder ineluctable.

Sienten nostalgia cuando sueñan que sueñan, y las reminiscencias de los recuerdos los transportan a un lugar en el que eran reconocidos como similares, como próximos, más nunca pudieron dominar el terror que les produce la fase REM, saber que la vigilia está allí, esperando para reprocharles su pereza reñida con la utilidad y la productividad.

Porque el capitalismo no sueña, sino que es soñado.

Por ese motivo le rezan fervorosamente al Dios del dinero para que el goce de comprar ilusiones se prolongue para siempre. Y así transcurren en su devenir temporal, absurdas mímesis habitantes de un país que sólo existe en la mente de un ser sin tiempo ni memoria, ciudadanos de una quimera que se extinguirá en un abrir y cerrar de ojos, el día en que el demiurgo del capitalismo despierte a la realidad.

Nadie puede enfrentarse al poder de la burguesía transnacional y quien lo haga terminará sucumbiendo ante el dominio de su fuerza política, económica y militar.

El omnipotente capitalismo de shock sabe que quienes se resisten a su poder terminarán como Venezuela, o cómo Cuba, cuya obstinación la termina pagando siempre el pueblo.

Desde que en el siglo pasado la isla caribeña pasó a ser un pésimo ejemplo internacional para la hegemonía capitalista global, el gobierno de Estados Unidos  se la tiene jurada al punto tal que durante 62 años la ha asfixiado con un bloqueo inhumano, impidiéndole importar insumos y exportar sus productos.

Hoy, la pandemia ha potenciado el cerco fatal ya que su principal fuente de ingresos, el turismo, se ha visto reducido en un gran porcentaje, mientras que el bombardeo mediático desde Miami incitando a la rebelión reemplaza las antiguas invasiones armadas.

Si bien el pueblo cubano es permeable a la guerra mediática desatada por las agencias norteamericanas para desestabilizar y desmoralizar a sus ciudadanos, fueron unos pocos centenares de personas las que salieron a protestar hace unos meses en contra del gobierno de Díaz Canel.

Sólo en la ciudad de la Habana, principal centro de la protesta, hay más de tres millones de habitantes, por lo que las manifestaciones estuvieron lejos de ser masivas, aunque preocuparon en su momento al gobierno ya que estas obedecen a la logística de las agencias de inteligencia de EEUU.

Cuba es un mal ejemplo para América Latina dado que ha edificado un sistema de salud y una medicina prodigiosa y ha desarrollado vacunas autóctonas contra el Covid, demostrando ser uno de los países con mejores estándares de salud pública del mundo.

Por tal motivo, el imperio norteamericano intenta boicotear ese triunfo bloqueándoles el acceso a jeringas, agujas y cualquier tipo de medicamento que necesiten importar, para destruir no sólo el elevado nivel científico de la medicina cubana, sino la propia salud de los habitantes de la isla.

En este monstruoso sentido, el gobierno de Joe Biden ha amenazado con severos castigos a las aseguradoras que requieren las compañías navieras para surcar los mares si son contratadas por buques que trasladen insumos o medicamentos hacia la isla.

Todavía el mundo no puede creer cómo un pequeño país caribeño ha resistido tantos años de bloqueo, de desestabilización contrarevolucionaria ejercida por 16 agencias de inteligencia (entre las cuales se encuentra la CIA) y del ataque constante de propaganda a través de las redes sociales.

Quizá el apoyo moral de Francia, Reino Unido, Alemania y la mayoría de los países del mundo al votar todos los años en la ONU en contra del bloqueo ayuda a mantener la moral del pueblo cubano en alto, pero también la educación y el sentido de dignidad que brinda la soberanía potencia indudablemente la decorosa resistencia.

Ernesto Limia Díaz, vicepresidente primero de la Asociación de Escritores de Cuba dijo que “Díaz-Canel no llamó al desorden, a abusar de nadie; no llamó a linchamientos ni a la represión policial, que es lo común en este mundo hipócrita en el que se habla de libertad para imponer la dictadura de los poderosos.

Díaz-Canel llamó a que no se permita bajo ningún punto de vista que progrese un golpe blando para justificar un pronunciamiento de la OEA pidiendo una intervención militar humanitaria, como se ha hecho en otros países de América Latina.

A diferencia de otras geografías muy cercanas, incluido Estados Unidos, no se vieron en las imágenes publicitadas escafandras ni palos; a nadie mataron como en Colombia ni le sacaron los ojos con balines como en Chile, ni le dieron golpes como en Estados Unidos a las protestas del movimiento por los derechos de los negros. El mundo pudo contemplar una imagen inusual: un presidente en el vórtice del huracán conversando, dialogando, explicando… Eso no se ve en ningún lugar de este Planeta. Su actitud resulta admirable, como admirable resulta el esfuerzo que está haciendo el país mientras su poderoso vecino se empeña en asfixiarlo para llegar después como salvador e imponer sus designios”.

Así es la justicia de este universo y así será por mucho tiempo.

La prueba está en que, mientras los cubanos intentan brindar ayuda humanitaria enviando vacunas al mundo, un barco que llega al país caribeño con ventiladores para salvar vidas, es obligado por EEUU a desistir de desembarcar en la isla, condenando a muerte a centenares de seres humanos, por el simple hecho de querer vivir y morir en libertad.

EL SUEÑO DEL DEMIURGO

Contrariamente al discurso dominante, durante la segunda década del siglo XXI, los países que se resistieron a ser soñados por el neoliberalismo y su populismo de derecha lograron que su PBI se expandiera de manera mucho más acelerada que quienes se sometieron al dominio del mercado.

Si no fuera porque inmediatamente la presión internacional del establishment, los golpes blandos y de mercado y las campañas destituyentes financiadas por la embajada norteamericana hicieron lo suyo, hoy la cosa sería diferente.

Sus políticas y sus logros fueron tan notorios que solamente la pandemia pudo hacerles perder el ritmo virtuoso de su economía y su movilidad social ascendente.

Estos pequeños países que lograron enfrentar al nuevo monstruo capitalista y que, a diferencia del mago borgiano de “Las Ruinas Circulares” se resistieron a la humillación de ser soñados por otro son dos: Bolivia y Portugal.

Bolivia: Desde que llegó a la presidencia Evo Morales el país había cuadriplicado su PBI, había reducido casi a la mitad los índices de pobreza e indigencia y había aumentado el salario mínimo en dólares manteniendo el tipo de cambio estable. Asimismo, había logrado consolidar la macroeconomía sin crecidas inflacionarias y disfrutaba del apoyo de un amplio sector ya que había mejorado las condiciones de vida de las mayorías populares.

Durante su gestión gubernamental de 2006 a 2019, la coordinación social y política del MAS, la COB y el Pacto de Unidad, nacionalizaron los hidrocarburos y recuperaron las empresas estatales, impulsaron la industrialización de los recursos naturales, redistribuyeron la riqueza nacional, transformaron la estructura política de Bolivia con la Asamblea Constituyente y la formación del Estado Plurinacional y proyectaron al país a nivel internacional con una posición anticolonial, nacionalista y antiimperialista.

Durante veinte años, las empresas transnacionales, protegidas por las políticas neoliberales, habían sometido a la pobreza y a la explotación a vastos sectores de la clase trabajadora, pero con la nacionalización de los recursos naturales se logró un crecimiento exponencial en la calidad de vida de este grupo etario. Con un nuevo modelo de desarrollo, articulando los distintos sectores de la sociedad, de la economía y con independencia del FMI para tomar medidas, este pequeño país había logrado una total soberanía de su Banco Central. ,

Contradiciendo los enfoques clásicos de la economía ortodoxa, se mantuvo el control de precios hasta que se estabilizó la inflación, de manera tal que Bolivia tuvo un crecimiento por cinco años consecutivos hasta que fue derrocado por el golpe que obligó al exilio a su presidente electo Evo Morales.

En conclusión, la dignidad de un país con rostro de indígena, irradiando al mundo una manera ancestral y armónica de administrar la economía y promover la justicia social, resultó una mojada de oreja para el establishment, por lo que esa derecha neoliberal con ribetes cuasi-religiosos que asola américa latina no tardó en hacerse conocer.

Con toda la fuerza del racismo, el odio y el apoyo del país más poderoso del mundo, Evo Morales fue derrocado por un golpe de estado protagonizado por compatriotas traidores que inmediatamente detuvieron la movilidad social ascendente y reprivatizaron los recursos naturales.

Morales pudo abandonar Bolivia el 11 de noviembre de 2019, un día después de dejar el poder forzado por las fuerzas militares y policiales y por la Central Obrera Boliviana luego de que la Organización de Estados Americanos (OEA) hiciera una denuncia falsa sobre un presunto fraude en el resultado de las elecciones de octubre de ese año, en las que el mandatario había obtenido la reelección.

«Todo nace en el odio al indio -explicó el exmandatario indígena-. Me duele decirlo pero en Bolivia ha aparecido una derecha extrema que ha hecho que vuelva el racismo», y citó declaraciones de enero de 2020 en las que la presidenta de facto, Jeanine Áñez, prometía que iba a evitar «que los salvajes del MAS vuelvan al gobierno».

Morales no dudó en afirmar que desde su salida del gobierno y hasta la vuelta al poder del socialismo con el triunfo electoral de Luis Arce «hubo dos golpes de Estado», el segundo de ellos incluso semanas antes de que asumiera el nuevo gobierno, a partir de planes militares apoyados por sectores de poder.

En cuanto al desarrollo de la situación en los dos días que pasaron entre el golpe y su escape, dijo: «para mí la cuestión era patria o muerte», pero recordó que Hugo Chávez le había contado que cuando tuvo un golpe de estado en su contra, Fidel Castro lo llamó y le recomendó: “salve la vida, y a partir de ahí podrá salvar todo lo demás».

A un año de haber recuperado el proceso democrático en Bolivia, el gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS), bajo la conducción del presidente Luis Arce, ha conseguido superar la profunda crisis económica y enfrentar planificadamente el COVID 19.

Este esfuerzo de recuperar una economía y una población diezmada por la pandemia se debe enfrentar, como varios países latinoamericanos, a la conspiración desestabilizadora de la oposición cívica, política y mediática conservadora y tiene desafíos importantes para profundizar el proceso revolucionario con la industrialización, la redistribución social de recursos y la aceleración de la democracia participativa de autodeterminación nacional-popular.

El crecimiento de la economía alcanzó en los últimos doce meses más del 9%, la reducción del desempleo pasó de 10.5% el 2020 a 6.5% en 2021, la balanza comercial tuvo un superávit de 340 millones de dólares, la inflación está controlada al 3.1%, el tipo de cambio se mantiene estable en 6.96 y las actividades mineras, manufactureras, de construcciones, de servicios y comerciales tuvieron un repunte muy importante; todo esto impulsado por el papel central de las políticas de Estado y del fortalecimiento del mercado interno.

Por su parte, la vacunación masiva permitió superar el 60% de la población objetivo, el mejoramiento de la infraestructura hospitalaria y la seguridad médica, la provisión de medicamentos, la atención oportuna y las campañas de sanidad social han permitido reducir notablemente los niveles de enfermedad con los efectos positivos sobre las actividades económicas.

Atrás quedaron (por el momento) la devastación producto del Golpe de Estado de noviembre de 2019 y el Gobierno criminal de Jeanine Añez, apoyado por el imperialismo norteamericano y los gobiernos de Jair Bolsonaro de Brasil y Mauricio Macri de Argentina.

En nombre de la libertad de mercado no solamente ejecutaron las masacres de Senkata y Sacaba con más de cuarenta muertos, sino que persiguieron y detuvieron a dirigentes sociales y políticos, realizaron actos de corrupción con la fraudulenta compra de respiradores y fármacos y ejecutaron medidas neoliberales a favor de terratenientes, banqueros y grandes comerciantes.

Este pequeño país cuya dignidad apenas empieza a recuperarse, ha tenido el valor de devolverle al Fondo Monetario Internacional (FMI) un millonario crédito contraído por el gobierno de facto en 2020, dado que el préstamo era  extremadamente oneroso, además de haber sido gestionado irregularmente por el régimen asesino de Jeanine Áñez.

Según el actual presidente, el crédito de 351,5 millones de dólares habría condicionado una serie de imposiciones fiscales, financieras, cambiarias y monetarias, «vulnerando de esa manera la soberanía e intereses económicos del país».

Por su parte Evo Morales, distanciado del Fondo durante sus 14 años de gobierno (2006-2019), felicitó a Luis Arce por «devolver al FMI el crédito entreguista, oneroso y condicionado asumido por la dictadura en contra de los intereses de nuestro pueblo» y celebró que «Bolivia nuevamente sea libre, digna y soberana».

Portugal: En el último trimestre antes de la pandemia, la economía de Portugal había crecido casi el 3 por ciento simplemente con el incentivo a la inversión, la producción y el empleo. Se apostó por el consumo interno con una política moderada y responsable a través de un convenio entre las empresas, los sindicatos y el estado. Se aumentó el salario a trabajadores y jubilados y cayó la tasa de desempleo con políticas activas hacia las pequeñas y medianas empresas.

Pero lo más importante es que se evitó la continuidad del endeudamiento con el FMI dado que lograron expandir su PBI al punto tal que en el último trimestre la inversión cerró con un diez por ciento de aumento. En conclusión, se logró un superávit de las exportaciones y la baja del déficit fiscal incentivando la inversión, la producción y el empleo, todo a contramano del discurso único del neoliberalismo y sus adláteres, los medios de comunicación.

Por esta decisión política, el presidente de la República de Portugal, Marcelo Rebelo de Sousa fue reelegido en las elecciones presidenciales sin necesidad de que los portugueses vayan a las urnas para una segunda vuelta.

El proceso que vivió Portugal para despegarse definitivamente del FMI tiene una cronología que comienza en 2011 con un crédito de 38 mil millones de dólares.

Las típicas recetas recesivas del organismo comenzaron a ser aplicadas al poco tiempo. Recortes de salarios, despidos masivos en el sector público, suspensión del cobro de aguinaldo para empleados públicos, pensionados y jubilados, ampliación de la jornada laboral a 40 horas, etcétera. Estos «reordenamientos» impulsaron el desempleo del 7.5% en 2008 al 16% para el 2012. Asimismo, entre 2013 y 2014 la pobreza alcanzó al 27,5%.

El programa de austeridad tuvo como correlato el recobro de las exportaciones y una recuperación de la macroeconomía, pero esto se replicó en mayor deterioro económico para la población portuguesa, lo cual finalmente derivó en un rechazo en las urnas en 2015.

El socialista Antonio Costa ganó las elecciones y encabezó una coalición de izquierda que cambió las reglas: aumentó las pensiones, redujo impuestos y revirtió los recortes salariales, sin implicar esto un aumento respecto a los valores previos a Passos Coelho. Al mismo tiempo se recuperó la jornada de 35 horas semanales para empleados públicos.

Las recetas le permitieron continuar con la senda de reducción de déficit y crecimiento económico. El boom del turismo impulsó también las buenas cifras.

En ese contexto, el gobierno de Costa logró reducir a 0.5% el déficit fiscal y equilibrar sus cuentas.

Sin las típicas recetas inhumanas del FMI, el gobierno portugués consiguió en simultáneo cumplir los tratados que firmó, consolidar las cuentas públicas, estabilizar el sistema financiero y promover el apoyo a la inversión, devolviendo ingresos y orgullo a los portugueses. “No recortamos pensiones, las subimos; no aumentamos impuestos, los bajamos; creamos y devolvimos ingresos», dijo en aquel momento el presidente.

Para 2018, Portugal había logrado cancelar la totalidad de la deuda con el FMI.

Pero como en todo el mundo, la pandemia todo lo cambió.

Éste pequeño país europeo, de poco más de 10 millones de habitantes que se venía enfrentando con gran dignidad al neoliberalismo dando el ejemplo de cómo salir con éxito de la crisis económica del 2008, se encontró privado del turismo.

Aun así, logró evitar caer en las garras del FMI apostando a la marca país y a la innovación: Se reconvirtió la industria, se desarrolló una marca nacional relacionada con la sardina, los vinos, el calzado y la moda. Además se realizó una fuerte apuesta por la llamada diplomacia económica, que conjuga la internacionalización de su economía. De hecho, su diplomacia es conocida por ser extremadamente interventora y comprometida con las pequeñas y medianas empresas de este país.

Lo que hizo el gobierno de centroizquierda a partir de 2015 fue no implementar una gran contracción fiscal, sino que empezaron a gastar un poco más en términos de salarios, lo que tuvo inmediatamente un efecto multiplicador en la economía. Gastaron un poco más sin gastar demasiado y produjeron un incremento en el PBI y un aumento en los ingresos por impuestos.

Precisamente, empezaron a gastar un poco más y la política antiausteridad marcó el cambio desde los momentos más duros de la crisis financiera, ya que el modelo de Costa se basó en incentivar el consumo más un gasto público estructural, es decir, inversión pública en educación y en infraestructuras.

No necesitaron hacer una revolución ni una ruptura con el sistema capitalista, simplemente tomaron los indicadores económicos de 2014 y a través de una revisión de la política económica aplicaron un aumento de salario y una incentivación estatal a las empresas privadas.

La recuperación se notó mucho en 2017. Ese año el PBI portugués registró un crecimiento del 2,7%, el valor más alto del país desde el comienzo del nuevo milenio y la tasa de desempleo bajó a niveles precrisis.

Lo que se dio a conocer como el milagro económico portugués fue, como en todos los países del mundo opacado por la pandemia, la cual redujo el turismo en un 76 por ciento, el PBI se desplomó un 8,4 por ciento y se llegó a una recesión similar a la de 1936.

Sin embargo, según los expertos, las medidas impulsadas durante los años previos a la pandemia, permitió capear mejor la nueva crisis y Portugal es uno de los países que mejor se está desempeñando en la recuperación, al punto tal que hoy Antonio Costa vuelve a ser reelecto con el 42 por ciento de los votos.

Con sus logros y con sus retos, ¿es Portugal un modelo en el que deben mirarse otras pequeñas economías que no acepten ser soñadas por el demiurgo neoliberal?

Hay otros países de Europa, también pequeños, que entraron en la UE después que Portugal, que están teniendo comportamientos extraordinariamente positivos, como Eslovenia, pero enfrentar un capitalismo global que todo lo somete a sus intereses transnacionales, implica entrar en una batalla que no todos están dispuestos a pelear.

PRESCINDIR DEL PERIODISMO DE GUERRA

En Argentina, el periodismo destituyente no nació en este siglo, cuando las fuerzas de la derecha liberal deciden eliminar al kirchnerismo utilizando la estrategia de las falsas noticias combinadas con el law fare.

Los mercenarios mediáticos siempre existieron y fue principalmente luego del derrocamiento de Perón que tuvieron su mayor notoriedad cumpliendo la función de preservar a los poderes concentrados a través de la creación de un enemigo del pueblo, un dictador contrario a las libertades republicanas dentro del “orden y progreso”, erradicando cualquier tipo de rebeldía o voz independiente.

Una de las falacias que mejor resultado les dio y que se extendió hasta nuestros días a través del sentido común fue que el peronismo no quería la educación del pueblo, pese a que fue Perón quien entre 1946 y 1955 aumentó el presupuesto destinado a educación, creó establecimientos, aulas, escuelas técnicas y colegios para adultos. Además dictó nuevas leyes para que la universidad fuera gratuita y para el acceso a la enseñanza privada. En 1949 fundó el Ministerio de Educación y en 1954 creó una organización sindical docente peronista, la Unión de Docentes Argentinos.

Si nos atenemos al revisionismo histórico, el peronismo hizo más por la educación que el propio Domingo Faustino Sarmiento, ya que el legendario maestro lo hizo para terminar definitivamente con el gaucho, mientras que Perón lo implementó para que los hijos de miles de analfabetos que construyeron nuestra nación tuvieran la posibilidad de crecer en la escala social y aplicar sus conocimientos para lograr la independencia definitiva.

Uno lo hizo para dominar. El otro para liberar.

Este periodismo de guerra es el mismo que hoy nos dice que la argentina es una mierda con o sin pandemia, que como somos un país inviable nuestros jóvenes deberían emigrar a otros países “en serio” para progresar y no regresar nunca.

Muchos de estos periodistas, cuyos ingresos provienen de fundaciones norteamericanas, aseguran que si un argentino se va a Islandia y vende empanadas, en unos meses será multimillonario. Es la misma falacia que si dijéramos que Máxima Zorreguieta por haberse ido a Holanda hoy es reina, o porque Bergoglio se fue al Vaticano hoy es Papa.

En este sentido, lo que se busca es una migración masiva para que las grandes empresas y grupos económicos tengan a disposición una masa de trabajadores que acepten ser explotados. En otras palabras, se promueve que se vayan los argentinos a trabajar afuera para que se pueda recibir miles de inmigrantes venezolanos, peruanos o bolivianos para que trabajen más de 8 horas, sin vacaciones ni jubilación y así engrosar el ejército de mano de obra barata.

Lo que el poder concentrado hacía antes a punta de pistolas, itacas y picanas ahora lo consiguen con un periodismo deshonesto y con la punta de una lapicera de un juez que cumple la función que estaba antes reservada a los grupos de tarea.

Cristina Fernández, una de las personas que más han sufrido el law fare, sostiene que el rol que tuvieron los militares durante la década del setenta, hoy lo cumplen los jueces y la prensa.

En los setenta, Papel Prensa fue sustraída a sus dueños a punta de picana y armas de guerra. Hoy, las empresas de De Souza y López fueron quitadas con las mismas armas mediático-judiciales que se utilizan para atacar al gobierno de Alberto Fernández.

En los 70 iban a buscar de noche a los sospechosos y los sacaban en un Fálcon verde sin patente. Hoy los sacan en pijama, se los lleva en un patrullero y se los filma para humillarlos.

Cabe aclarar que, históricamente estos magistrados que utilizan la Constitución en perjuicio del pueblo, son hijos de un Poder Judicial cuya función siempre ha sido la de limitar el poder popular o de las mayorías.

En tal sentido, el derecho es también otra falacia que se utiliza para fundamentar las iniquidades de la sociedad; un conjunto de sofismas destinados a fundamentar los privilegios de las clases acomodadas.

En consecuencia, el Poder Judicial tendría ineluctablemente más poder que el presidente de la Nación, dado que se autoaudita, se autocontrola, es vitalicio, no pasa por el escrutinio popular y su máxima autoridad -el presidente de la Corte- se puede autovotar.

El desquicie es tan evidente que un juez llegó a inventar una figura llamada “derecho penal creativo” para procesar por traición a la patria a una presidenta cuando, según la Constitución, esta resolución requiere que se esté en guerra con otro país.

El periodismo de guerra y la derechización de la justicia siempre fueron los custodios del poder hegemónico, el cancerbero de un sistema que a partir de 1955 se propuso que “el hijo del barrendero siga siendo barrendero”.

Si hasta la década del 70, Argentina aún conservaba la característica de país en vías de desarrollo y un aparato productivo relevante en comparación con las grandes potencias mundiales, fueron las sucesivas políticas neoliberales las que pulverizaron definitivamente ese progreso.

¿Cuáles fueron las causas que nos llevaron a transformarnos prácticamente en una economía primaria?; ¿Quiénes fueron y son los verdaderos causantes de la destrucción del aparato productivo y la deuda externa monumental que nos condicionará de por vida?

Sabemos que esta deliberada involución surge durante la dictadura cívico- militar al imponerse un modelo económico de disciplinamiento social basado en la acumulación y la especulación rentístico- financiera, orientada a destruir la producción nacional.

También sabemos que, a diferencia de Brasil, que se endeudó para completar su proceso de industrialización, Argentina lo hizo para solventar la especulación, la fuga de capitales y la demanda de consumo de importados en reemplazo de la industria nacional, favoreciendo a las élites agrarias y los grandes grupos económicos y financieros.

Pero todo esto nunca podría haberse llevado a cabo sin el apoyo incondicional de los medios de comunicación, quienes a través de la creación de un imaginario social en el que el que el ciudadano común debía aceptar su destino de sumisión, lograron que la sociedad adhiriera estoicamente al fin de la movilización social ascendente.

Podría decirse que, bajo una brutal represión militar, el pueblo tuvo que soportar que se reprimarizara la economía y se cerraran miles de empresas sin chistar, ya que de hacerlo se corría el riesgo de engrosar el ejército de desapariciones forzadas que durante siete años se llevó a cabo de manera sistemática.

También en la década de los noventa, un presidente que traicionó a quienes lo votaron llevó al extremo la brutalidad económica friedmaniana de reducir el Estado a su mínima expresión, privatizando todo lo que se podía privatizar.

Sin embargo, en el sigo XXI algo cambió para beneficio y relajamiento de quienes tienen la función cultural de mantener el estatus quo.

Ya no hubo que reprimir ni engañar a un electorado que, a pesar de haber tenido uno de los ingresos per cápita más altos de Latinoamérica y un gobierno que había saldado la opresiva deuda externa, increíblemente quiso retornar al sistema económico de los años de plomo: un gobierno de tinte neoliberal manejado no por políticos, sino por los mismo patrones y empresarios que se enriquecieron durante las dictaduras.

Luego de las elecciones de medio término quedó demostrado que somos nosotros mismos, los ciudadanos libres, quienes elegimos regalar al mejor postor lo poco que nos queda de nuestro patrimonio económico y cultural.

Podría decirse que ya estaríamos listos para prescindir del periodismo de guerra dado que la colonización de nuestra subjetividad fue exitosa e inminente.

En esta anomalía histórica en la que los argentinos volvimos a elegir en las urnas a los mismos personajes que hipotecaron nuestro futuro, también dejamos expuesto el desprecio a los candidatos de la única fuerza política que siempre luchó por la independencia y la autonomía regional. A pesar del estancamiento del PBI, la desindustrialización, el alto nivel de endeudamiento externo, la alta remisión de utilidades y la persistente y elevada fuga de capitales que dejó la derecha liberal, los argentinos insistimos en darles una nueva oportunidad.

En una incoherencia reflexiva y moral de características inauditas, a través del voto añoramos con nostalgia las políticas neoliberales que a partir del cambio de gobierno a fines de 2015 sólo reforzaron los lazos de dependencia, especialmente en sus aspectos más financieros.

En tal sentido, podemos deducir que nuestra sumisión ya no es solamente económica, sino cultural, en la cual una burguesía doméstica carente de visión desarrollista, baja línea a una sociedad que, sumergida en la anomia social, transita entre el odio y las necesidades básicas insatisfechas.

Será sumamente dificultoso que Argentina vuelva a reponerse si es entregada nuevamente por sus propios ciudadanos a un gobierno neoliberal, de derecha o a los mal llamados “libertarios”.

No sólo quedarán definitivamente sepultados los derechos laborales y sociales acumulados durante más de medio siglo, sino que las pocas inversiones que registre la economía argentina estarán fundamentalmente destinadas a sectores rentísticos o serán entregadas definitivamente a manos extranjeras.

Más allá de las diferencias políticas, sociales y económicas de cada país, aquellos que han logrado torcer su “destino natural manifiesto” en el marco del llamado capitalismo global, lo han hecho a partir de una activa planificación estatal, que impugna las teorías librecambistas predominantes.

Difícilmente se logrará en Argentina, con una sociedad que reproduce las formas de acumulación del poder hegemónico, banalizando la palabra “soberanía” a través de un voto encolerizado y dejando su suerte librada al ignominioso reinado del mercado.

LOS LÍMITES DEL CAPITALISMO

Si tomáramos la concepción marxista del materialismo histórico, el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc., por lo tanto la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o de una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres.

Esa estructura formada por el conjunto de las condiciones materiales de producción (instrumentos y medios de trabajo), necesarias para el surgimiento y desarrollo de una u otra formación socio-económica está cambiando de manera abrupta.

Tal es el estado de crisis del actual proceso que, mientras resultan evidentes los limites ecológicos de la actividad económica, las finanzas se desacoplan completamente de la economía real y nos enfrentamos a un nuevo paradigma en el que lo nuevo y lo viejo se enfrentan en una dialéctica inédita en la historia de la humanidad.

Quiérase o no, para bien o para mal, el mundo está cambiando.

Y no sólo porque una enfermedad planetaria ha puesto en jaque a todos los sistemas de gobierno, sino también porque el desarrollo de las fuerzas productivas ha alcanzado un punto en el que las relaciones de producción se ven afectada por tres causas fundamentales: los sistemas democráticos tradicionales, el calentamiento global y la hipertrofia de cuatro o cinco empresas transnacionales.

Lo que para Marx constituía una dialéctica superadora hoy nos somete a un retroceso histórico similar a la época feudal, en donde se naturaliza la extrema desigualdad y la expropiación del territorio de la subjetividad por un capitalismo depredador que contamina y destruye lo que toca.

El cambio climático no es una distopía, sino un presente que se manifiesta en la alteración de los ecosistemas a punto tal que mientras en la costa canadiense los mejillones aparecen cocinados por el calor, en Siberia, la Organización Meteorológica Mundial registra 38°C en Verjoyansk, al norte del círculo polar ártico.

La emisión de gases producto del desarrollo industrial durante casi trecientos años han producido un efecto invernadero que concentra el calor solar produciendo altas temperaturas en varias regiones frías del planeta. Esto, sumado a la explotación de la mega minería a cielo abierto, pasando por la tala indiscriminada de bosques para la agricultura transgénica, el volcado de desechos tóxicos al mar y el uso de pesticidas y agrotóxicos anuncian sin duda el principio del fin.

Hoy, los límites de las relaciones capitalistas se mantienen intactos, pero las relaciones tecno-feudales han comenzado a superarlos, sometiéndonos a una especie de gleba digital que nos impide reparar en el grado de impunidad en que se mueven los grupos concentrados.

Toda la economía capitalista está orientada a extraer de la tierra todo lo que se pueda hasta que ya no haya nada más para explotar, pero los grupos selectos de la política y del empresariado mundial están preparándose para este escenario.

No en vano las élites de Estados Unidos, China y Rusia están tomando medidas en caso de que el planeta colapse, para sobrevivir en bunkers subterráneos gigantescos, capaces de albergar a miles de personas durante meses. En síntesis, piensan que el gobierno debería seguir funcionando aun cuando no queden personas vivas en el mundo sobre las cuales ejercer la autoridad.

Según la percepción del filósofo Slavoj Zizek, multimillonarios dueños de medios y empresas digitales tales como Musk, Bezos y Branson organizan vuelos espaciales privados con el fin de escapar de la catástrofe ecológica que amenaza la supervivencia de la vida en la tierra.

Desde el comienzo del Covid, empresas como Google, Apple, Facebook, Amazon y Microsoft han demostrado que, aunque todas las economías del mundo se derrumben, ellas pueden continuar sobreviviendo gracias a que se han logrado independizar del sistema económico mundial.

Gracias al uso de los datos, la automatización de tareas en base a la inteligencia artificial, enormes recursos financieros disponibles de inmediato y crecientes abusos de posición dominantes que se acrecentaron durante el aislamiento social obligatorio estas megaempresas han formado un mundo paralelo.

Con el tendido de fibra óptica pueden superar los límites de cualquier país y penetrar sin demasiadas dificultades, casi sin controles y al manejar tanto dinero pueden comprar a posibles competidores antes de que hagan sus primeros pasos, así como «invertir» millones en lobby.

En lo que se denomina “caja chica”, es decir el dinero en efectivo que pueden utilizar para comprar voluntades, en la mayoría de los casos superan los 50.000 millones de dólares, es decir, más que nuestra deuda externa.

Joseph Robinette Biden Jr., actual presidente de los Estados Unidos y otros líderes del mundo globalizado buscan imponer a estas empresas tasas globales y nuevas regulaciones antes de que, como temen algunos, se vuelvan inmanejables y su lógica imponga un nuevo modo de acumulación.

Lamentablemente, todos sabemos que el dinero mueve al mundo y hace que las voluntades se tambaleen, aunque eso implique el fin de una era en la que el capitalismo parecía haber logrado su máxima expansión.

Mientras la vetusta derecha política y mediática repite eslóganes y prejuicios contra el Estado, el debate mundial apunta a fortalecerlo, ya no sólo por el papel central ocupado en la pandemia, sino para poner límites y enfrentar el avance despiadado de los gigantes del mundo digital.

Seremos nosotros, los ciudadanos, quienes, en el momento de elegir a nuestros representantes, podamos pensar con cabeza propia y no ser pensados por un sistema basado en los focus groups, big data, trolls, bots y toda la parafernalia de fake news con la que cuentan las grandes empresas digitales en connivencia con los medios hegemónicos.

Si los estados nos apoyan en esta lucha, la recuperación del territorio de la subjetividad dejará de ser una utopía y el mundo, quizá, vuelva a ser un buen lugar para vivir y no sólo para sobrevivir.

MAQUINARIA DE DESTRUCCIÓN MASIVA

La IV Cumbre de las Américas, desarrollada el 4 y 5 de noviembre de 2005, en Mar del Plata, marcó el inicio del proyecto emancipador de la Patria Grande, que los presidentes Néstor Kirchner, Hugo Chávez, Luis Ignacio Lula da Silva, Evo Morales y Rafael Correa imaginaron e impulsaron para la región, en un intento por romper la hegemonía de los Estados Unidos en Latinoamérica.

Todos estos bellos momentos se perdieron en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

Por otro lado, en Europa sucede exactamente lo mismo en el sentido de que la ultraderecha más reaccionaria y más retardataria tiene un enemigo en común: Bruselas como sede de la Unión Europea, dado que pretende volver a la independencia política y económica de cada país, esgrimiendo un discurso de odio hacia el inmigrante, principalmente el de origen musulmán.

En este sentido, estamos viviendo un fenómeno universal similar a cualquier período de la historia en el que los modelos nuevos no pueden emerger dentro de los viejos arquetipos idealizados cómo absolutos.

La crisis de representación y el deterioro de los partidos mayoritarios en la mayoría de los países del planeta, sumado a la desazón que deja la pandemia, han transformado la percepción de la política habilitando la posibilidad del crecimiento de nuevas fuerzas y liderazgos, como es el caso del anarcocapitalismo exacerbado que promueve la guerra contra el estado de Bienestar.

El ascenso de la ultraderecha liberal y las secuelas dejadas por el Covid (que aún no deja de poner palos en la rueda tanto en la economía como en salud mundial) está produciendo una crisis de la globalización iniciada a fines de los 80.

Su manifestación más emblemática se da en la fractura social y anomia colectiva, al punto tal que los ciudadanos ya no eligen al mejor gobierno, sino al menos peor e incluso a sus propios verdugos, justamente en el período de mayores recortes sociales desde los orígenes del neoliberalismo.

La atrofia de la experiencia estaría gestando una dinámica de acción-reacción alimentada por intereses electorales de corto plazo, con la finalidad de que el capitalismo financiero transnacional pueda desatar toda su fuerza destructora de los derechos laborales y sociales adquiridos a lo largo del siglo XX.

Como un Tsunami o una guerra, la pandemia ha colaborado para que la doctrina del shock desarrollada por Naomi Klein haya transformado en tabula rasa la mente de todos los ciudadanos del mundo, de manera tal que el capitalismo de desastre pudiera reinsertarse nuevamente sin apelar a la fuerza.

La incorporación de la ultraderecha para llevar la libertad de mercado a su máxima expresión se caracteriza por haber abandonado la lógica del discurso político y la argumentación, además de no tener ninguna relación con la ética, dado que no la necesitan pues en todo el mundo acceden al poder a través del voto.

Esta nueva derecha ultraliberal podría considerarse la etapa superadora del neoliberalismo ya que ha conseguido atrofiar la memoria de tal manera que la gente no pueda leer ni siquiera lo que ha sucedido apenas hace dos años atrás.

Esto les ha abierto un campo de acción a tal punto que ya no necesitan maquillar lo que van a hacer; simplemente lo dicen a boca de jarro en sus campañas ya que tienen la seguridad de que van a ser votados por una vasta fracción de la sociedad, incluso por algunos segmentos de los sectores populares.

No es la estetización de la política lo que llama al electorado a votar por tal o cual candidato, sino que es la ornamentación de la nada misma sin ningún tipo de eufemismo.

Según el psicólogo Jorge Alemán “Un representante puro del neoliberalismo ya no puede ni debe pronunciar la palabra política, la misma remitiría inevitablemente a otras palabras que terminarían por revelar el proyecto político en toda su crudeza destructiva. Hasta nueva orden para el neoliberalismo la palabra política debe permanecer en su grado cero.

Si en la ocasión electoral de Macri este pudo mentir con un descaro ilimitado, ahora el discurso de la derecha argentina debe mantenerse con otra exigencia: vaciar de significación política a todos los enunciados de la campaña, hablar sin decir nada y, a la vez, para que ese discurso no se disperse en la nada, mantener la constante del odio. También hay que señalar que si bien el político neoliberal no puede gozar de la política sí le está permitido gozar de cómo engaña a sus seguidores.

De ese modo el neoliberalismo fija su posición: inconsistencia de la palabra política, consistencia del odio”.

¿Cómo se logra esa inyección de odio irracional?

En primer lugar, se debe vaciar de contenido histórico cualquier tipo de lectura ciudadana, de manera tal que en la batalla del control de las subjetividades el odio ocupe el lugar vacío de la propuesta neoliberal.

Para lograra esta vacuidad en el pensamiento se va aumentando de manera dosificada ese plus de odio hasta que en vez de haber un pueblo que exige sus derechos adquiridos constitucionalmente, queda una masa iracunda producida para utilizar a discreción.

Obviamente, según Alemán, “esa oquedad es solo en términos políticos ya que desde la perspectiva del régimen de reproducción del capital y su ideología neoliberal no hay hueco alguno, siempre se trata de intereses materiales que garantizan la captura de la vida de la Nación”.

La actitud tanática neoliberal confronta siempre con cualquier tipo de proyecto político emancipador, dado que éste último siempre remite a la aspiración de mejorar la calidad de vida de las mayorías, debiéndose reinventar permanentemente.

“En cambio, el neoliberalismo busca realizar la pulsión de odio que le da la forma a una existencia desconfiada, donde la pasión está puesta en que la vida sea sólo la cancelación de la verdad”.

Estamos en un período histórico de la civilización en donde hay millones de personas que, enojadas y desconcertadas por las consecuencias económicas y sociales de la pandemia, votan en contra de ellas mismas.

Se vota en contra de los derechos laborales, sociales, la distribución de la riqueza y la movilidad social ascendente. Se vota en contra del Estado de Bienestar y la estatización de los servicios básicos. En definitiva, se vota a favor de los verdugos de la humanidad.

Existe un enorme desarraigo y un sentimiento antipolítico muy marcado, producto de la anomia social y la desigualdad creciente.

En tal sentido, sería muy hipócrita culpar solamente al avance del ultraliberalismo de todas las vicisitudes sufridas a lo largo de este siglo, dado que los políticos también son responsables de este desencanto con el sistema democrático al haber defraudado a muchos ciudadanos con promesas incumplidas, atisbos de corrupción generalizada o simplemente errores superfluos.

En nuestro país tenemos el caso, por ejemplo, de la foto del cumpleaños de Fabiola Yáñez en plena pandemia o la denuncia de favoritismos en la aplicación de la vacuna, errores nimios si lo comparamos con la depredación macrista, pero efectivos a la hora de inocular odio.

Además, muchos gobiernos de izquierda o de corte popular han dejado su impronta de corrupción en muchos lugares del planeta, situación que es aprovechada arteramente por los libremercadistas para avanzar en su proyecto de eliminación definitiva del Estado e instaurar su ideología privatizadora y concentradora del capital transnacional.

Precisamente, para este neoliberalismo de nuevo cuño, la verdadera democracia pasa a ser una molestia insoportable en un mundo donde el capital financiero y las corporaciones necesitan que ningún gobierno ponga algún tipo de trabas en su expansión ilimitada.

Es por ello que van por el socavamiento y la corrosión de la vida democrática sin tapujos, arrojando como confites en sus campañas consignas altamente fascistas, misóginas y racistas.

Esta estrategia reaccionaria se ha esparcido por varios países de América Latina y la Unión Europea utilizando siempre el mismo mecanismo: Un discurso vacío de propuestas racionales pero abundantes en metáforas o clichés incitando a las emociones y a la acción violenta.

Es tan brutal e inhumana la maquinaria que se está perpetrando que sería necesario una contraofensiva heroica de los partidos socialdemócratas, progresistas y de izquierda para evitar que esta extrema derecha nunca llegue al poder.

Pero, lamentablemente, si tomamos como ejemplo a la izquierda argentina, ésta termina siempre siendo funcional a la derecha más recalcitrante debido a su odio histórico al peronismo.

En conclusión, “si esto no se puede detener, no habrá un cambio de gobierno en los distintos países del mundo, sino la puesta en marcha de una maquinaria de destrucción masiva, la cual tendrá consecuencias irreversibles para toda la humanidad”.

LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL PERIODISMO

A pesar de que el neoliberalismo es una ideología de derecha cuyos valores exaltan el egoísmo y la desigualdad a la vez que rechazan la solidaridad y la justicia social, es una teoría fundamental en la historia del pensamiento económico del siglo XX.

No en vano en 1976 su máximo exponente, el norteamericano Milton Friedman, ganó el premio Nobel de Economía por sus resultados en los “campos de análisis del consumo, teoría monetaria y demostración de la complejidad de la política de estabilización”.

Tal era su fama internacional que Augusto Pinochet se fotografiaba junto a él haciendo alarde de que Chile ya había adoptado sus criminales políticas económicas tres años antes, en el marco de una lógica represiva de torturas, desapariciones y muertes.

En la Argentina, luego de medio siglo de ascenso y descenso de esta corriente monetarista aplicada por gobiernos entreguistas, los poderes concentrados vieron la oportunidad, dentro del contexto internacional actual, de volver al ruedo a través del sistema democrático de elecciones libres.

Cuando apreció en la esfera política Mauricio Macri, el establishment confió en que una nueva derecha sin intermediarios, con un discurso que se movía dentro de los límites de la democracia, con una impronta novedosa y segura de sí misma, sería la depositaria de sus permanentes aspiraciones de clase.

Protagonizada por dueños de empresas y garantizando a rajatabla la libertad de mercado logró el apoyo masivo del poder real. Multimedios secundados por una banda de periodistas sin ética, el uso de los servicios de inteligencia para extorsionar y una justicia manejada por jueces adictos sostuvieron los desaguisados de la alianza Cambiemos hasta que ya no se pudo más tapar el sol con las manos.

Aún no queda claro si el macrismo y sus ministros fueron una organización amoral y apolítica constituida para destruir la matriz productiva e industrial de la República Argentina o una asociación ilícita de CEOS que se unieron para saquear las arcas del Estado en el menor tiempo posible, aunque todos nos inclinaríamos más para el lado de la segunda opción.

En lo que sí hay certeza absoluta es que el FMI, por primera vez en la historia del mundo, prestó al gobierno de Macri la suma más descomunal desde que se fundó en 1945: cuarenta y seis mil millones de dólares (de los cuales U$S 5.400 millones en stand by fueron rechazados por el nuevo gobierno de Alberto Fernández) en apenas tres años de gestión y violando la mayor parte de su propio estatuto.

Este préstamo monstruoso e inédito, así como entró por una puerta se fugó por la otra. El gobierno no hizo absolutamente nada, la actividad económica cayó a los lugares más bajos del planeta y los argentinos quedamos de un día para el otro debiéndole al FMI el 97,7 % del producto bruto interno.

En consecuencia, al haber perdido Macri las elecciones del 19, el último informe del FMI señaló: “rever desembolso del préstamo por inflación decepcionante, mayor dolarización y salida de capitales y la necesidad de mayor ajuste por la caída de ingresos fiscales”.

En menos de cuatro años, Mauricio Macri generó las mismas cifras negativas que “la suma de la cosecha amarga Menem-Alianza en poco más de diez”.

La reprimarización de la economía, la timba financiera y el industricidio de empresas a valor de remate fue el corolario de esta aventura neoliberal. En este caso la acción no fue hecha al azar, sino que fue un plan metódicamente llevado a cabo por los grandes poderes concentrados en complicidad con los medios de comunicación.

Rufianes o inoperantes, jamás se vio en la historia contemporánea la incongruencia casi surrealista de que un gobierno defaulteara su propia deuda y que el endeudamiento más colosal de la historia terminara financiando apenas una aciaga y deshonrosa “emergencia alimentaria”.

Toda esta rapacería organizada jamás hubiese podido llevarse a cabo sin el apoyo incondicional de los medios hegemónicos y su ejército de periodistas mercenarios o esclavos ante la amenaza de perder su precarizado empleo.

Precisamente, esta última aseveración nos habilita a hacer un paréntesis para reflexionar acerca del papel del periodismo dentro de un Estado cuasi mafioso, cuyos representantes cabalgan entre la desidia y la corrupción.

El periodismo nunca fue ni será independiente. Su formación académica apenas le permite tener un conocimiento a vuelo de pájaro de “lo que hay que saber”, situación que lo acerca más a los saberes de la gente común, del ciudadano de a pie que a la de los intelectuales especialistas en temas políticos, sociales y económicos.

Por lo tanto, si bien esta condición tiene sus limitaciones al momento de profundizar en el ámbito de lo científico, resulta considerablemente favorable para comprender endopáticamente a la sociedad, dado que el periodismo como ciencia se inclina más a los estudios de campo cualitativos y cuantitativos que a los estrictamente académicos.

Basándonos en diversas metodologías de investigación y en distintos enfoques sobre las relaciones sociales, su evolución y los fenómenos que se han derivado de ellas, hemos intentado exponer las razones o las contradicciones que nos llevan a veces a actuar de la forma que lo hacemos.

Ni bien retornó la epidemia neoliberal a América Latina y su propagación se materializó en nuestro país a través del gobierno de Cambiemos, la mayoría de los ciudadanos, basándonos solamente en la experiencia y el sentido común percibimos inmediatamente la tendencia delictiva y expoliadora del proyecto político- cultural que se avecinaba. Al instante nos dimos cuenta que mediante el aumento demencial de las tarifas de los servicios y la devaluación de la moneda la transferencia de la riqueza de los ricos hacia los pobres era inminente. Un Macri transformado en Hood Robin con un ejército de gerentes de empresas saquearon a la población de menores recursos, a los discapacitados y a los pequeños productores desplegando el fantasma del hambre en toda la Argentina. La gente del llano lo vivía y  lo sufría. Los informadores de los medios hegemónicos también, pero… ¿Por qué ninguno de estos periodistas pudo percibir este desastre organizado siendo que ellos sí son especialistas en cada tema que investigan, en cada funcionario público que entrevistan y en cada área que editorializan? En los medios monopólicos el título más precario que tiene la gran mayoría de los periodistas es el de abogado, pasando por  licenciaturas en ciencias políticas, medicina, economía y hasta doctorados en distintas áreas de ciencia. Por lo tanto, ¿es comprensible que un ciudadano común haya descubierto la trama macrista ni bien comenzó mientras que quienes manejan la información ¡Oh sorpresa!: Recién al final del período sospechan que hubo “algunos desaciertos” en el manejo de la política?

Volviendo al principio de la reflexión sobre el periodismo, podemos concluir que no todos los periodistas se someten al poder ya que muchos de ellos han dado la vida por defender sus ideales, como en el caso de Rodolfo Wallsh y muchos más en los años de dictadura.

Pero quienes, tomando por estúpidos al pueblo argentino protegieron y continúan apadrinando descaradamente un proyecto de país similar al del proceso de reorganización nacional, son sin duda la vergüenza y la degradación impúdica de esta loable profesión.

Haciendo uso del poder que le otorga el manejo del discurso, los periodistas de los medios hegemónicos blindaron a través de razonamientos falaces todo el destrozo sistemático que se produjo en cada área del poder ejecutivo, legislativo, judicial y comunicacional de la República Argentina.

Los resultados quedaron expuestos. Ellos, muy poco.

Cabe aclarar que durante el período 2015- 2019, no todos los periodistas pudieron ejercer la libertad de opinión que se requiere dentro de un sistema democrático y republicano.

Durante el gobierno de Macri se utilizó el poder del Estado para implantar un plan sistemático de espionaje político ilegal como método de dominación y extorsión, al mejor estilo de la práctica mafiosa.

En complicidad con los medios de comunicación hegemónicos y el Poder Judicial espiaron ilegalmente a 171 organizaciones políticas, sociales, gremiales y a periodistas de cualquier tipo de ideología, ya sean propias o ajenas.

Al menos 354 víctimas directas confirmadas y 43 intervenciones de los servicios de inteligencia en causas penales solamente en los primeros 12 meses del gobierno de Macri fueron suficientes para quebrar emocional, económica y políticamente a las víctimas a través de los conocidos “carpetazos”.

En consecuencia, intentar sintetizar cuatro años de la gestión macrista implicaría reinscribir y/o reinventar una nueva teoría del caos. Nadie en la historia argentina destruyó, aniquiló y modificó  tanto en tan poco tiempo.

El deterioro general de la economía productiva, del Estado y de las condiciones de vida de la población que creó el gobierno de Macri nos dejó un país semidestruído, justo en el momento en el que las superestructuras políticas, sociales e ideológicas de todo el mundo se desmoronan como un castillo de naipes arrastrando con ella valores e instituciones a causa de una pandemia fulminante y de alcance mundial.

Si analizamos que hubo más inversión extranjera durante el gobierno de Cristina  que en el de Cambiemos (autodeclarado el más amigo del capital de toda la historia y a cuyo poder se ha sometido casi con ribetes pornográficos) y que actualmente, aún con pandemia, las inversiones superan al 2019, queda como conclusión que lo único relevante del macrismo fue la entrega premeditada de la Argentina a manos del FMI y de los acreedores privados.

Las recetas inmediatas ya todos las conocemos: llegar al equilibrio fiscal por el atajo de recortar las partidas para transferencias a la actividad económica, los programas sociales y las compensaciones a la seguridad social.

Si nos atenemos a la historia concreta, a partir de la primera experiencia neoliberal efectuada por el golpe militar del 76 la sociedad argentina le dijo adiós a la movilidad social ascendente. El nivel de vida de los argentinos comenzó a deteriorarse de manera continua, salvo en los primeros años de democracia alfonsinista y en el período kirchnerista que duró hasta 2015. El macrismo le dio la estocada final y se pasó de una sociedad relativamente estable a otra en crisis y fragmentaria. La destrucción del contrato social fue tan demoledora que hasta un partido centenario como la UCR quedó a punto de desaparecer. Todo lo que podía romperse se rompió. La aniquilación del aparato productivo y el lastre de la deuda externa que deja Macri condicionará durante décadas el desarrollo nacional cualquiera sea el partido político que gobierne.

Si no logramos recuperar la memoria para tomar conciencia de que definitivamente una y otra vez los mal llamados populismos o gobiernos de centroizquierda reconstruyen, organizan y pagan lo que las políticas liberales de derecha desmantelan, aniquilan y endeudan es por qué la atrofia de la experiencia está dando sus frutos.

En la Argentina murieron o desaparecieron treinta mil personas por rechazar el mismo régimen que fue votado entusiastamente por gran cantidad de argentinos, incluso hay grandes posibilidades que lo vuelvan a hacer en 2023.

La atrofia de la experiencia neoliberal ha dado su lóbrega recompensa al verse plasmada en el avance de la ultraderecha heredera de aquellas políticas de exterminio setentista, con el aval de los medios concentrados y un sistema judicial pútrido.

Mientras tanto, en medio de la perplejidad, la frustración y la decepción de un país “sin historia, donde todo es pura aspiración”, las Madres y Abuelas continúan luchando por mantener viva la memoria colectiva.

COLOFÓN

A pesar del negacionismo del gobierno anterior y de un 40 por ciento de la población argentina que demuestra su indiferencia a través del voto, Madres y Abuelas nos dicen que no importa, que hay que seguir luchando, pues “todo está guardado en la memoria, refugio de la vida y de la historia”.

Las Abuelas que persisten en la búsqueda de sus nietos desaparecidos tienen más de 80 años. Rosa Roisinblit, la más longeva, alcanza los 102. La pandemia las guardó en sus casas, pero a fuerza de voluntad y perseverancia continuaron realizando sin pausa ese trabajo que las ocupa de manera permanente desde hace 44 años. “La pandemia nos afectó el poder encontrarnos, pero Abuelas trabajó sin parar de manera virtual”, dice Estela de Carlotto.

Ellas hacen la historia: las Madres y Abuelas, su universidad llena de jóvenes, su cansina esperanza impulsora de movimientos sociales, de conferencias, de proyectos.

Las Madres y Abuelas y su joven radio, para que se escuchen sólo las cosas que hay que decir, verdades que ningún medio de comunicación se atrevería a expresar bajo la lógica de un mundo atravesado por la avaricia y la anomia social.

La intervención y el compromiso de Hebe, de Estela, de Nora, en cada lucha contra las mafias, contra la miseria, contra la muerte.

Y cada jueves, como siempre, las Madres y Abuelas circulando, antes caminando juntas, hoy, de manera virtual, tejiendo solidaridad, construyendo este territorio de la Plaza para que sea el espacio de todos, marchando contra el reloj de la desmemoria y la indiferencia.

Las Madres, además de denunciar lo que había ocurrido con sus hijos, hicieron otra cosa: comenzaron a levantar los mismos ideales y sueños por los que esos jóvenes habían luchado y entregado sus vidas.

Por eso sintieron que aún sin estar, revirtiendo el orden establecido, sus hijos las estaban pariendo.

En ellas nació una nueva manera de luchar a través del amor, sin venganza, sólo con justicia.

Aquellas amas de casa desgarradas por la suma de todas las tristezas, habían logrado transformar el dolor en acción y en pensamiento; el entumecimiento aletargado del miedo en lucha por un ideal; el desaliento y la impaciencia en osadía para enfrentar al poder real.

Y sus lágrimas resecas por el viento de la historia, en pura acción transformadora.

Para que no olvidemos, ellas nos cuentan que había una vez un país con jóvenes que soñaban, y el sueño propio de cada uno de ellos era el sueño de todos. Y en ese país de nombre con brillo de luna, los sueños y la vida iluminaron los cruentos años de oscuridad, permitiendo que toda la sociedad viera claramente el espantoso rostro de los verdugos de la historia. Las madres están dejando esa herencia.

Para acorralar a la muerte, como el primer día, “tejiendo luchas, haciendo circular los sueños y alumbrando la vida”.

Esas bellas señoras de cabellos del color que nombra la patria y rostros marcados por los años adversos aprendieron a transformar el odio en amor, las heridas en acción solidaria y las palabras en viento, porque ellas, cuando hablan, son un huracán en movimiento.

Pero el tiempo pasa y muchas de ellas han comenzado a partir. ¡Hasta el próximo jueves, en algún lugar del tiempo y la memoria, Aurora, Carmen, Mercedes, Felisa, Nair y muchas más que día a día se apagan como el sol del poniente!

Cuando se las ve arrastrando sus piernas agotadas de marchas y sostenidas por sus bastones trabajando por la recuperación de los nietos robados, conteniendo a la compañera que se cae por el peso de los años y dando mensajes de esperanza y alegría no podemos hacer otra cosa que contener las lágrimas y adorarlas.

Porque ellas son, cómo dice Joseph Granvill, “pura voluntad, que nunca muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y su fuerza? Pues Dios no es más que una gran voluntad que penetra todas las cosas por obra de su fuerza. El hombre no se doblega a los ángeles, ni totalmente a la muerte, si no es por la flaqueza de su débil voluntad”.

Y hasta nos hace pensar que la claridad que irradian sus ojos que todo lo ha visto iluminarán algún día la oscuridad de este mundo  sin memoria, sin historia en donde sólo se vive aspirando la utopía de la realización material inoculada por un sistema construido sobre bases falsas.

Son estos los cimientos endebles los que sostienen una raza humana que transitando una pandemia planetaria inédita se niega a liberar las patentes de las vacunas para combatirla, postergando la mitigación del virus y condenando a muerte a millones de personas. Una humanidad dolorosa y mezquina, apenas diferente del mono, torturada, contradictoria, individualista y belicosa.

Por el contrario, la victoria de las convicciones morales de memoria y justicia impulsadas por un grupo de madres que reclamaban por sus hijos desaparecidos son y serán el motor de la historia, la dialéctica que sintetiza la superación del ser humano y la síntesis absoluta de la evolución universal.

Quizá sea el amor que ellas transmiten el remedio definitivo contra aquel experimento atroz iniciado en 1973 cuyas políticas económicas siguen sembrando en el planeta hambre y explotación del hombre por el hombre.

Las Madres y Abuelas no lucharon solamente contra un sistema opresor y asesino, sino que pertrechadas de amor y justicia se enfrentaron al aparato más poderoso que utiliza el neoliberalismo para colonizar el imaginario social de todo el planeta: el odio como arma de destrucción masiva.

Esta artimaña ideológica del capitalismo de desastre ha borrado de la memoria colectiva las experiencias de violencia fascista vividas por los sucesivos gobiernos de corte liberal y por ende estimulado la despolitización de vastos sectores populares que se resisten a darse cuenta del horror que esta doctrina apocalíptica conlleva.

Casi sin darnos cuenta, nos han ubicado en el peor de los mundos, un mundo en el que la velocidad del placer estimulada por los medios de comunicación no deja tiempo al nacimiento del deseo y sólo acumulamos frustraciones que el tiempo se encarga de borrar o esconder en los rincones más recónditos de nuestra conciencia.

Por suerte, a pesar de la fragilidad de nuestra memoria, aún persisten ciertos sectores intelectuales, políticos y religiosos que, al igual que nuestras Madres y Abuelas, continúan dándole sentido a la fraternidad, la empatía y el amor.

Ampliemos pues esa memoria y digamos definitivamente NUNCA MÁS a aquella escuela de Chicago y a sus teorías neoliberales, salvajes e inhumanas que, aggiornadas y disfrazadas de republicanismo, derecha libertaria o falso nacionalismo, intentarán regresar nuevamente con sus políticas expoliadoras plagadas de muerte y desolación.

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Bibliografía consultada:

Walter Benjamin: “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”.

Walter Benjamin: “El capitalismo como religión”.

Theodor Adorno: “Acerca de la relación entre Sociología y Psicología”.

Atilio Borón: “El fracaso y el triunfo del neoliberalismo”.

Umberto Eco: “Apocalípticos e integrados”.

Naomi Klein: “La doctrina del shock”.

Theodor Adorno y Max Horkheimer: “La sociedad, lecciones de sociología”.

Wikipedia: Temas varios.

Francois Dubet: “Repensar la justicia social”

Gustavo Campana: “Culpables”

Salazar Robinson: “La nueva estrategia de control social”

Portal Nodal: “Noticias de América Latina y el Caribe”

Jorge Alemán: Página 12. “Neoliberalismo y Candidatos”

Andreu Jerez y Franco Delle Donne: “Epidemia Ultra”

Claudio Véliz: “La derecha por su nombre”.  Revista “La tecla eñe”.

Nora Merlin: Prólogo de “Colonización de la subjetividad. Medios masivos de comunicación en la época del biomercado.”

Carlos Prigollini (compilador): Del Gobierno Popular al Modelo Neoliberal

Slavoj Zizek «Viviendo en el fin de los tiempos»

Michel Foucault: “El discurso del poder”

Martin Heidegger: “Ser y tiempo”

Dictamen de Comisión de los Organismos y Actividades de Inteligencia; Ley N°25.520.

Matrix: Tetralogía de películas de ciencia ficción escritas y dirigidas por las hermanas Wachowski.

Autor: Alejandro Lamaisón

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